España es un país de enorme tradición alfarera en la que destaca la comunidad de Asturias y que ocupa un lugar privilegiado en la etnografía nacional. No son tantas las diferencias entre la vida de un pueblo rural asturiano y la de los primeros asentamientos poblacionales. Se mantienen estructuras sociales, modelos arquitectónicos, herramientas, sistemas agrarios, y otros vestigios del pasado.
En los albores del Neolítico, el modelado de recipientes cerámicos se realizaba colocando la arcilla sobre una piedra plana o una base cóncava que se hacía girar, a la vez que se estiraba la pared del recipiente pinzándola con los dedos, hasta formar la pieza. Las vasijas, una vez elaboradas, se cocían entre leña en un agujero practicado en el suelo y cubiertas con tierra. Por la precariedad del sistema de cocción se alcanzaba escasa temperatura, aunque suficiente para que las piezas fueran relativamente duraderas.

Con la penetración de los pueblos de las espadas de bronce en el norte de la Península Ibérica, durante el primer milenio a. de C., la cerámica vivió un importante impulso tecnológico. La cultura celta trajo consigo la rueda de mano que permitió fabricar vasijas de paredes más finas y un horno más avanzado con el que se alcanzó mayor temperatura, consolidando la alfarería, al obtenerse piezas mejor cocidas.
Asturias se incorporó a la cultura romana mediante un proceso de adaptación, permaneciendo intactas diferentes estructuras indígenas. La alfarería autóctona convivió con la de uso común romana y la de lujo o Terra Sigillata. Este sincretismo definió la alfarería asturiana desde la época castreña hasta el final del Imperio, desconociéndose el desarrollo que tuvo en el transcurso de la Alta Edad Media.

En territorio astur, a lo largo de la historia se han ido estableciendo poblaciones en las que fueron implantándose alfarerías que con el correr de los años se extinguieron, al igual que ocurrió con otros oficios. Cabe destacar la alfarería gijonesa de Somió de la que salieron miles de jarras y vasos de sidra de diferentes tamaños y medidas que dieron merecida fama a esta producción que abasteció a los llagares y chigres de todo el territorio astur.
En 1908, en el declive de la alfarería asturiana por el efecto de la loza esmaltada y de otros productos de consumo que aventajaron al barro, Primitivo Cuesta García, el Mico, natural de Faro, abandona junto con su mujer y sus cuatro hijos el lugar en busca de mejores oportunidades y se instala en Somió, donde no había la competencia de su lugar de nacimiento, llevando consigo un oficio bien aprendido que desenvolvió sobre la rueda de mano con la que trabajaba en Faro.
La tipología de este obrador se basó fundamentalmente en las mencionadas jarras de sidra, con perfil faruco y de variada medida, y en miles y miles de macetas para abastecer diferentes ajardinamientos, explotaciones agrarias con viveros de eucaliptos u otras plantas o para el Servicio de Repoblación Forestal.

En Ceceda, situado sobre un monte de peña de figura cónica, existía una gran industria de ollería, hecha de barro fino del país de color amarillento. Las mujeres fabricaban las vasijas debajo de los hórreos y en las corradas de sus casas. El torno se reducía a una simple rueda formada de dos círculos de tabla colocados horizontalmente uno sobre otro, y sujetos en la inferior por sus circunferencias. Por el centro, penetra un eje apoyado en la parte inferior en un pie llano, sobre el cual se vuelve, y en su cabeza está de firme una tablilla redonda en la cual se coloca el barro que debe recibir la forma en el torno. La operación se reducía a mover con la mano izquierda la parte voluble de la máquina, tocando en los bolillos verticales de la rueda horizontal, y luego operar con las dos manos. Parecía que no todo el vaso salía torneado, y que el vientre de las ollas se formaba con los dedos.
Olegaria, la MAESTRA ALFARERA. Recogida de tierra y cocción de piezas en horno de leña | Documental
Las "perules" son vasijas de barro fuertes, con una capacidad aproximada de media arroba, boca estrecha y casi sin asiento, de las que se hacía uso para tener aceite. Con ello se describen las peruleras sevillanas, recipientes muy habituales en el comercio entre España y el continente americano entre los siglos XVI y XIX, con apariencia de ánfora, base de apoyo ligeramente apuntada y con la pared acanalada y de coloración clara, denominadas entonces botijas o botijuelas, derivando al vocablo "perulera" por la relación que tuvieron con los "peruleros", vocablo más bien despectivo con el que se conocían a los comerciantes de Perú que llegaban a España vía marítima para abastecerse de mercancías.

Es imprescindible emprender una investigación multidisciplinar, conjuntada e integral en el territorio, estudiando su geología y geografía, la evolución de la ocupación poblacional y sus costumbres, localizando y valorando estratigráficas de casqueros, llevando a cabo análisis mineralógicos y químicos de composición de arcillas y fragmentos, contextualizando los hallazgos de forma rigurosa, todo ello visto desde el prisma multifacético de la alfarería.
Ahora más que nunca es obligado por las instituciones y poderes políticos, que son quienes tienen la fuerza y los recursos, contribuir con sus decisiones inteligentes y comprometidas a crear o a habilitar un espacio que acoja este bien indiscutible de nuestro patrimonio, donde se muestre al mundo y se garantice su pervivencia, constituyéndose en el centro base de las mencionadas investigaciones, donde se generen actividades y proyectos encaminados a poner luz donde hay penumbra, creando trabajo y riqueza cultural.
