Simone Weil: La Filósofa Incandescente que Desafió su Tiempo

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Simone Weil, nacida en París el 3 de febrero de 1909, fue una filósofa, activista política y mística francesa cuya obra, reeditada una y otra vez, sigue siendo incandescente ochenta años después de su muerte a los 34 años, el 24 de agosto de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. Su vida, tan intensa como su pensamiento, estuvo marcada por una búsqueda incesante de la verdad y la justicia, experimentando la historia en carne propia y participando activamente en las luchas sociales y políticas de su época.

Retrato de Simone Weil

Una Vida de Compromiso y Contradicciones

Simone Weil pasó por la tierra como un cometa, pero su tránsito entre la nada y la nada permanece incandescente. Distinta a todos, rabiosamente heterodoxa, trabajando y pensando hasta el agotamiento, fue una intelectual con vocación de comprender, transmitir e intervenir en lo real. En un mundo de hombres, Weil fue la primera de su promoción de Filosofía en la muy elitista École Normale Supérieure francesa (Simone de Beauvoir fue la segunda). Sin embargo, su brillantez no la salvó de tener problemas en la institución por contestataria: fue expulsada por fumar en la zona de los estudiantes masculinos, lo que alegró al director de la École, Célestin Bouglé, que veía en Weil una “peligrosa mezcla de anarquista y mojigata”.

Desde muy joven, Weil mostró una profunda inquietud filosófica y una búsqueda de la justicia y la verdad. A los cinco años, Simone Weil renunció a tomar azúcar para solidarizarse con los soldados franceses que luchaban en la Primera Guerra Mundial. A los diecinueve, tuvo una acalorada discusión con Simone de Beauvoir sobre la hambruna en China, que marcó el fin de la relación entre las filósofas. Su compromiso sin fisuras por el otro asombraba en aquella época de violencia radical. Dejándose llevar por una empatía drástica por los que sufrían, se dejó morir en una clínica de Ashford, cerca de Londres, al negarse a recibir alimento y tratarse de tuberculosis en solidaridad con los que no tenían nada.

Simone Weil en una fábrica

Formación Académica y Primeras Experiencias

Simone Weil nació en el seno de una familia judía intelectual y laica: su padre era un médico renombrado y su hermano mayor, André Weil, un matemático reputado. El ambiente intelectual que se respiraba en el hogar de los Weil hizo que la conciencia social de la joven Simone despertara a una edad muy temprana. Estudió filosofía y literatura clásica, y fue alumna de Alain (Émile Chartier). A los diecinueve años de edad ingresó, con la calificación más alta, seguida por Simone de Beauvoir, en la Escuela Normal Superior de París. Compartió clase con de Beauvoir, pero la relación entre ambas no fue ni muy cercana, ni muy duradera.

En uno de sus escritos autobiográficos, Simone de Beauvoir comentó sobre Weil: «Una gran hambruna había sacudido China, y me dijeron que ella (S. Weil) prorrumpió en sollozos cuando recibió aquella noticia; esas lágrimas me obligaron a respetarla aún más que por sus dotes para la filosofía. La envidiaba porque tenía un corazón capaz de latir para todo el mundo. Un día pude conocerla. No sé cómo entablamos conversación; me explicó en un tono cortante que una sola cosa contaba hoy en toda la Tierra: una revolución que diera de comer a todo el mundo. De manera no menos perentoria le objeté que el problema no es hacer felices a los hombres, sino encontrar un sentido a su existencia. Ella me miró fijamente. "Cómo se nota que usted nunca ha pasado hambre". Este fue el final de nuestras relaciones».

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Tras graduarse, Simone Weil empezó a trabajar como profesora de filosofía en varios liceos para mujeres. Sin embargo, tuvo problemas con sus superiores por sus acciones políticas y su metodología docente. A los veintitrés años de edad fue transferida del liceo donde trabajaba por encabezar una manifestación de obreros cesantes. Inmutable ante aquel rechazo, la activista siguió desarrollando su compromiso político: cooperó en la formación de obreros dando charlas y clases sindicales, continuó escribiendo en revistas políticas y ayudó a los refugiados que huían de Hitler y Stalin.

A los veinticinco años, Weil abandonó provisionalmente su carrera docente para huir de París y, durante 1934 y 1935, trabajó como obrera en Renault: «Allí recibí la marca del esclavo», dijo. De aquella impactante experiencia de servidumbre industrial, la filósofa concluyó en una carta a su amiga Albertine Thénon: «Al ponerse ante la máquina, uno tiene que matar su alma ocho horas diarias, el pensamiento, los sentimientos, todo».

La Filosofía como Experiencia Vital

Weil rechazaba el concepto de “sistema filosófico” porque creía que el misterio de la existencia no era reducible a un esquema. Para ella, la filosofía debía ser habitada y vivida, y si no era así la consideraba un mero ejercicio académico, como escribir un tratado sobre el tenis sin tener práctica ninguna en el juego, apunta Robert Zaretsky, autor de La subversiva Simone Weil (Melusina, 2022).

En ese pensar actuando y observando, Weil avanzó que nos dirigimos a un tiempo ausente, desprovisto de futuro, desconectados unos de otros, donde manda el distanciamiento y la diferenciación entre el yo y el mundo. Ante ese vacío, Weil llama a aprovechar los tiempos de crisis para repensar cómo vivimos, a preservar la cotidianeidad y lo local. Activista política inclasificable en tiempos furiosamente ideológicos, afirmaba que “la verdad es siempre una verdad sobre algo”.

La Importancia de la Atención y los Cuidados

Para la parisina, el pensamiento es un trabajo a través del cual cada persona se mide con la realidad. Por ejemplo, “cuando nos enfrentamos a una dificultad normalmente la cubrimos para no verla, o la ficcionamos”, alerta Carmen Revilla, catedrática de Filosofía de la Universidad de Barcelona. Y para ello es determinante la atención, “la forma más escasa y pura de generosidad”, decía. Para la pensadora francesa, ver el mundo correctamente significa “dejar de lado lo que la filósofa inglesa, novelista y admiradora de Weil Iris Murdoch llamaba ‘el ego gordo e implacable”, reflexiona Zaretsky.

Es un tipo de atención que acompaña a “la voluntad de suprimir nuestro propio yo para hacer sitio al yo de los demás”. Una capacidad entendida en esa “acepción francesa de attendre: pararse a pensar, atender y esperar con paciencia”, abunda Revilla, quien recuerda que en sus últimos escritos Weil subrayó que la educación de los más jóvenes debe ser sobre todo eso: formarlos en el desarrollo de la atención, algo imprescindible en tiempos de informaciones y notificaciones infinitas.

Esquema de las necesidades humanas según Simone Weil

Para Weil es una cuestión fundamental preguntarnos qué debemos a los demás, en lugar de lo que los demás nos deben a nosotros, según Zaretsky. En esa senda, cree que hay obligación incondicional de ayuda, cuidados y soporte entre personas, según se explica en la obra de Weil Raíces del existir. Preludio a una declaración de deberes hacia el ser humano (Comares, 2023). Y llegar a una realidad cívica decente solo es posible a través de una escucha compasiva, genuina y activa, según la pensadora francesa.

A partir de esa escucha los humanos podremos atender nuestros deberes de cubrir las necesidades físicas y morales de unos y otros: hambre, protección contra la violencia, refugio, cuidados en caso de enfermedad, libertad, responsabilidad, igualdad, seguridad, etcétera. Según Weil, esta senda es posible porque hay una raíz invisible que agrupa a todos los seres humanos “por su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva ciertos tesoros del pasado y ciertas premoniciones del futuro”.

Crítica a la Sociedad Tecnificada y el Trabajo Abstracto

Décadas atrás Weil ya alertó sobre los peligros de una sociedad tecnificada, donde nada tiene valor si no se puede medir. “Nos dejamos hipnotizar por las cifras”, y “al sucumbir bajo el peso de la cantidad, al espíritu no le queda otro criterio que el de la eficacia”, escribió. Para Weil, la ilusión científica sin humanismo lleva a la alienación, y anima a cuestionarse todo lo nuevo para no hundirnos “en el desconcierto o en la inconsistencia”, destaca José Luis Monereo en Simone Weil: filosofía del trabajo y teoría crítica social (Intervención Cultural, 2023).

La parisina no se fiaba de los poderes que fomentaban el escepticismo y el descrédito social -paralizantes para la sociedad civil- y retaba a la reconstrucción de la vida pública a partir de lo pequeño y lo cercano. Hablaba de despertar, de actuar a favor de la democracia y la libertad y de no dejarnos llevar por lo que denominaba “el letargo social”.

Weil no se cansaba de subrayar “la trampa que ha llevado al ser humano a ser esclavo de sus propias creaciones”. Para ella, el trabajo abstracto -ese que no tiene sentido para el que lo ejerce, que no ve ni principio ni fin, organizado a partir del mando, la vigilancia y el control- degrada a la persona, subraya Monereo, catedrático del Derecho del Trabajo y la Seguridad Social de la Universidad de Granada.

Su atención al mundo laboral le venía de lejos: siendo una niña se escapó de la casa familiar junto a los Jardines de Luxemburgo para unirse a la manifestación de unos trabajadores que marchaban entonando La Internacional. Y ya no paró. En diferentes momentos de su vida participó en huelgas, dio clases a obreros y conoció los distintos significados del trabajo desde dentro: se embarcó con pescadores en Normandía, bajó a pozos mineros en Le Puy, faenó en una granja de animales en Bourges y trabajó en fábricas como la Renault, que la alejó definitivamente, según sus palabras, de “un mundo de abstracciones”.

Manifestación obrera en París

En la cadena de montaje de coches, Weil sintió lo que catalogaba de “aflicción”, una sensación de ser “enterrado vivo”, una opresión inexorable que no engendra rebelión, sino sumisión. Por eso abogó por hacer lo posible por transformar a los afligidos “en seres incapaces de aceptar la servidumbre”, escribió.

Guerra Civil Española y Pacifismo

A los veintisiete, viajó en tren a Barcelona y se unió a la Columna Durruti para luchar en la Guerra Civil española contra el levantamiento militar encabezado por Franco. “La guerra no me gusta, pero lo que más me indigna de ella es la actitud de los que se cruzan de brazos”, escribió en una carta al escritor Georges Bernanos. Su experiencia apenas duró 45 días, pero la violencia ciega que vivió la descorazonó. Lo que empezó siendo “una guerra de campesinos hambrientos contra propietarios terratenientes y un clero cómplice de los propietarios” se había convertido “en una guerra entre Rusia, Alemania e Italia”, escribió en una carta recogida en La columna, de Adrien Bosc (Tusquets, 2023), a Georges Bernanos.

Simone Weil en la Columna Durruti

En sus reflexiones, Weil muestra su profunda animadversión a las consignas y advirtió que en esas semanas en guerra en ningún momento vio a nadie “expresar, ni siquiera en la intimidad, la repulsión, el desagrado ni tan solo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente”. Y quizás le heló la sangre respirar esa especie de embriaguez en la que caen “los humanos cuando entienden que pueden matar sin castigo ni culpa”.

Después de vivir la guerra en España, Simone Weil se reafirmó en su pacifismo radical. Escribió sobre el terrible efecto que la guerra producía en el alma de las personas y abandonó el activismo para seguir el camino de la búsqueda de la verdad.

Misticismo y Legado

A finales de los años 30 tiene tres experiencias místicas que serán determinantes en su evolución intelectual. La primera le sobreviene al contemplar una romería en Portugal de una tristeza desgarradora: «Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, de que los esclavos no podían dejar de adherirse a ella, y yo entre ellos». La segunda le sucede en Asís, en la pequeña capilla románica del de Santa María de los Ángeles, cuando «algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas».

Pese a sentir una profunda conexión con Dios, Simone Weil se resistió a formar parte de la Iglesia cristiana porque la veía como una colectividad en la que el individuo quedaba supeditado a la masa, al igual que sucedía en los regímenes totalitarios de Europa. La filósofa se había criado en una familia de origen judío, pero rechazaba explícitamente el judaísmo y, al igual que con el cristianismo, la identidad comunitaria judía.

En 1943 fue diagnosticada de tuberculosis e ingresó en un sanatorio de Ashford. Pese a estar enferma, Simone Weil renunció a comer cualquier cosa que superara las raciones de la Francia ocupada e insistió en dormir en el suelo, buscando maneras de solidarizarse con su país. El 24 de agosto de 1943, a los treinta y cuatro años, la pensadora falleció de un paro cardíaco mientras dormía.

Tumba de Simone Weil en Ashford

Todas sus obras fueron editadas y publicadas por sus amigos de manera póstuma, un total de veinte volúmenes que cautivaron los filósofos e intelectuales por su ética de la autenticidad, su brillante lucidez y su desnudez espiritual. Albert Camus, uno de sus editores y amigo, admiró su obra como una de las más importantes del fin de la guerra. Camus la describió en 1951 como «el único gran espíritu de nuestro tiempo». T.S. Eliot dijo que la obra de Simone Weil pertenecía a ese género de «prolegómenos de la política, libros que los políticos rara vez leen, y que tampoco podrían comprender y aplicar».

Sus obras más importantes son La gravedad y la gracia, una colección de reflexiones y aforismos espirituales; Echar raíces, ensayo en el que explora las obligaciones del individuo y el estado; Opresión y libertad, un texto político y filosófico sobre la guerra, el trabajo en las fábricas y otros temas; y Esperando a Dios, su autobiografía espiritual. Su filosofía, de una sensibilidad extraordinaria, y su profundo análisis del mundo y de la condición humana siguen cautivando y resonando hoy en lectores de todo el mundo.

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