La comida a través de los siglos: significado y origen de la sabiduría popular

Los alimentos están, sin duda, estrechamente unidos a la historia de la Humanidad. La subsistencia misma se asocia, a nivel popular, con los alimentos. No debemos olvidar que la alimentación es, además de una necesidad, un placer. Como decía el gourmet y enciclopedista Brillat-Savarin: “El animal come, el hombre se alimenta y el hombre de talento, paladea. Solo el hombre culto sabe comer”. Plutarco escribe: “Los hombres se invitan no para comer y beber, sino para comer y beber juntos”. Siendo de tan enorme importancia los alimentos para el Hombre, es lógico que estos se hallen presentes tanto en el refranero como en la literatura poética.

La sabiduría popular, manifestada en refranes, cuentos y leyendas, ha sido una forma esencial de transmitir conocimientos y experiencias de generación en generación. Los refranes recopilados en este artículo no son particularistas, sino una colección genérica de grandes rasgos que hace hincapié en tipos o modelos de comportamiento social, problemas de territorialidad y la visión religiosa.

Representación de un banquete romano

El Pan: De alimento básico a símbolo religioso

Hasta el siglo II, los panes se fabricaban en las casas, apareciendo, posteriormente, las tahonas, regentadas en Roma por el acreditado gremio de panaderos denominados pistones. Muchos “gastrólogos” asocian el actual nombre de pistolas al de dicho gremio. Los panes menos elaborados, como el acerosus, plebeious, rusticus y castrensis, se destinaban a las clases más bajas. El secundarius, algo más fino, lo consumían las clases medias y para los patricios se reservaban los mejores, como por ejemplo el ostearius, especial para acompañar a las ostras.

La utilización de las cribas para harina creó la clasificación de esta en tres clases. La más fina se denominaba ador y solo se utilizaba en ofrendas religiosas. De ahí la palabra adorar. El pan con harina de finura media era el utilizado por las clases acomodadas romanas, mientras que la de peor calidad, alimento de las capas humildes de la sociedad, se denominaba sordidus, que ha dado lugar al concepto “sórdido”. El pan se elaboraba, hasta hace no mucho, en láminas muy finas. Reminiscencia de ellas son las conocidas “galianos” manchegos. Los griegos inventaron un lujoso producto que consistía en poner alimentos (sobre todo hortalizas y salazones) picados sobre estas tortas y ponerlas al horno.

El Vino: Un elixir para los privilegiados

Poco podemos decir del vino que no sea ya conocido. No podemos olvidar la borrachera más famosa de la Historia, la de Noé. Al ser un derivado de la uva, debemos hacer coincidir la producción significativa de vino con la popularización de los cultivos de vid. En Grecia era costumbre mezclar el vino con aromas y sobre todo con resina de pino. Actualmente hay en Grecia un popularísimo vino, denominado Retsina, basado en esta mezcla. En Roma y Grecia el vino, como ahora lo conocemos, era consumido exclusivamente por los ricos, reservando para los pobres una bebida repulsiva y agria denominada deuterio, con sabor a pez. Aún no se utilizaban toneles, invento galo, sino pellejos betunados.

Y cuando decimos ricos nos referimos no solo a la posición social sino al sexo masculino. A las mujeres les estaba tácitamente prohibido el consumo de vino, reservando para ellas la hidromiel (mezcla de miel y agua de lluvia), llegándose a establecer por Ley que el marido podía ejecutar “in situ” a la esposa si comprobaba que había ingerido dicha bebida. Esta Ley se basaba en el hecho de que se consideraba a las mujeres carentes de fuerza de voluntad, lo que las llevaría a beber sin freno descuidando sus obligaciones en el hogar. Además, el vino tinto se asociaba con la sangre y una esposa solo podía tener en su cuerpo la de su marido. Estamos seguros de que las actuales asociaciones feministas tendrían algo que decir de esta costumbre.

Historia del Vino 1-2

El Aceite de Oliva: Oro líquido del Mediterráneo

El aceite por excelencia, el aceite de oliva, es un producto genuinamente mediterráneo. Fueron los griegos, primero, y luego los romanos, los que poblaron España de olivos, sobre todo en la Turdetania. Tan alta era la producción que se exportaba mucho aceite a Roma. El aceite ha tenido, además de inmensa importancia alimentaria en el Mediterráneo, connotaciones religiosas. Recordamos los Santos Óleos, derivados posiblemente de la costumbre de impregnar de aceite los cadáveres en el Antiguo Egipto. Los olivos han estado siempre en contacto con la religión Cristiana. Baste recordar, como ejemplo, que la paloma que anunció a Noé el fin del Diluvio traía una ramita de olivo en el pico y que Jesús fue recibido en Jerusalén con “palmas y ramos de olivo”.

Mapa de la expansión del olivo en el Mediterráneo

El Ajo: Un condimento con historia y superstición

El cuarto pilar de nuestra querida cocina mediterránea es el ajo. El más celebrado historiador “alimenticio” romano, Columela, le denomina “delicias de la huerta”. Los obreros que trabajaban en la construcción de la Pirámide de Keops tenían como base de su alimentación cebollas y ajos. Fácil es imaginar el olorcillo que se podría “disfrutar” entre dichos obreros. El ajo era tan popular y tan apreciado que los Egipcios juraban por el ajo. Los romanos lo traen a España. Alium (ajo en latín) significa “exaltador de fuerza”. El ajo, desde su llegada con Roma, ha sido base en España de la cocina. Muy raro es el plato español cuya receta no comience por “se pican unos ajos”, “se sofríen unos ajos” o “se machacan unos ajos”.

Los ajos han estado siempre ligados al esoterismo e incluso a la brujería. Los filtros mágicos de las brujas medievales incluían casi siempre ajos, tanto normales como recolectados un día especial, a la luz de la Luna llena. Famosísima es la aversión al ajo del conde Vlad, más conocido como Conde Drácula. Hoy en día, en numerosas casas de las montañas de Transilvania, los campesinos cuelgan ristras de ajos en las puertas y ventanas, para, según ellos, adornar, aunque su verdadera misión podría pasar por un “haberlos, haylos”, parangonando la famosa frase gallega sobre nuestras entrañables meigas. En algunas épocas, el ajo se consideró impuro, tal vez por su olor, que se debe a la presencia de “alicina”. Por ello, no se podía entrar en el templo de Cibeles después de haber comido ajo. La tarea de detección del controlador de los religiosos que acudían a dicho templo era bien fácil, mediante un sencillo “ajotest” olfativo, que descubriría inmediatamente a los fieles que intentaban desobedecer la orden. La Condesa de Pardo Bazán, en su elitista libro de recetas de cocina, en las que el ajo forma parte obligada en muchos de sus platos, indica que la tarea de cortar y picar ajos debe encomendarse a las criadas, y nunca deben practicarla las señoras.

Uno de los productos, a base de ajo, más conocido, muy utilizado en el Este y Sureste españoles, es el alioli (alium-oleo) exquisita mezcla precursora de la mayonesa para acompañar verduras poco sabrosas. Se dice que el inventor de esta salsa, para saborizar los insípidos puerros o espárragos, fue el propio Emperador Nerón, aunque no nos imaginamos al Divino machacando ajos en un mortero.

La Carne: Desde la caza hasta la controversia religiosa

Los hombres primigenios basaban su alimentación en la carne. En los albores de nuestra Historia, la carne de conejo era muy consumida por la enorme población de los mismos en nuestra Península. No olvidemos que el nombre de España, en fenicio, significa “Tierra de conejos”. La carne procedía siempre de los animales próximos y fácilmente cazables. En zonas frías, por ejemplo, se consumía reno y mamut. Hasta la aparición del fuego, la mayor preocupación de nuestros antepasados era la conservación de la misma.

El Cerdo en la Cultura y la Religión

Dos de las características básicas de la alimentación árabe y judía eran la prohibición de beber alcohol y comer cerdo. La razón de la limitación alcohólica parece evidente por los trastornos que, abusando, pueden conllevar. Los árabes ortodoxos consumían zumo de uva cocido al que denominaban al rubb, nuestro actual arrope. Pero, ¿cuál es la razón de la prohibición de consumir cerdo por parte tanto de árabes como de judíos? Se dice que Mahoma fue arrollado por una piara de cerdos y, ofendido, maldijo al rico animal. Otra teoría, más verosímil, indica que El Profeta trató de evitar algunas enfermedades transmitidas por el cerdo, como la triquinosis. Algunos autores han expuesto otras teorías, como la de la similitud cerdo-hombre, que daría lugar, en caso de la ingestión del maldito animal, a canibalismo. La teoría del carácter sedentario del cerdo, que le hace inútil en las largas marchas por el desierto, parece no tener una base estable, habida cuenta de las caminatas que soportaron las piaras de cerdos en la conquista de América. Otras teorías más prácticas aducen que el calor del desierto y la postura de los nómadas sentados encorvados durante la comida, no congenian bien con una copiosa ración de tocino, aunque en países muy cálidos como Indonesia y las Islas del Pacífico el consumo de porcino no está vetado por sus respectivas religiones.

Respecto a la prohibición judía hay dos teorías que tienen visos de verosimilitud: Moisés, que había sido criado como hijo del Faraón, pudo impregnarse de la aversión de los egipcios por el pobre animal. Otra teoría invoca el innegable carácter endogámico del pueblo judío. Considerado como Pueblo Elegido, no debía mezclarse con otras culturas. Sus vecinos más próximos, sobre todo los Cananeos, eran grandes consumidores de carne de cerdo. Evitando que se mezclasen ambos pueblos en las celebraciones gastronómicas, se garantizaba la pureza de la sangre hebrea.

El cerdo ha sido un animal muy popular en nuestra gastronomía y, consecuentemente, está presente con profusión en nuestro refranero:

  • “Del puerco hasta el rabo es bueno”
  • “Allí se me ponga el sol, donde me den vino y jamón”
  • “Olla sin tocino, es como bota sin vino”
  • “Más quiero una salchicha que cien palabras bien dichas”
  • “Cuando no hay jamón ni lomo, de todo como”
  • “Echa en tus ollas tus pergaminos mientras yo echo en la mía mi jamón y mi tocino”
  • “Estudiante torreznero poco librero”
  • “De lo terrestre, el jamón y de la mar el salmón”
  • “Si el cerdo volase, no habría ave que le ganase”
  • “Entre pueblo y populacho hay la misma diferencia que entre jamón y gazpacho”, refrán con el que los devotos gazpacheros no pueden estar de acuerdo.

Terminada la Reconquista, los Reyes Católicos ofrecen a moros y sefarditas la opción de convertirse o dejar España. Los judíos que permanecieron en España se denominaban “marranos”, que en hebreo sefardita significa “converso con dolor”. Estos “marranos” estaban muy controlados por la Inquisición para asegurarse de su sincera conversión, por lo que era frecuente que llevasen siempre consigo un trozo de tocino o de magro de cerdo que les servía como salvoconducto o prueba irrefutable de conversión a la Doctrina Cristiana. De ahí la denominación de “marrano” al cerdo. Muchos árabes y judíos que habían olido con delectación las cocinas cristianas donde se utilizaban productos porcinos, vieron, en su conversión, la posibilidad de añadir cerdo a sus populares alfaina mora y adafina sefardí.

Esquema de las prohibiciones alimentarias religiosas

La Sal: Moneda, magia y superstición

La enorme importancia de la sal hizo que se la considerase, durante siglos, como algo divino, adjudicándole propiedades mágicas e incluyéndola en el mundo esotérico. Como expresión máxima de negar el auxilio a un semejante necesitado, se dice “negarle el pan y la sal”. En las Ordenanzas Militares de Carlos III, vigentes hasta hace pocos años, se obligaba a la población civil a “proporcionar al soldado pan, un lugar junto al fuego y un puñado de sal”. En muchas regiones y en diferentes épocas se pagaba con sal, sirviendo como moneda de cambio, dando nombre al actual “salario”. Tan preciada era la sal que su pérdida, aunque fuese mínima, se consideraba una desgracia. De ahí el origen de las numerosas supersticiones basadas en la sal, como la muy conocida de que la caída de un salero es signo de mala suerte.

La Gastronomía a través de las culturas

Nuestra cultura gastronómica ha sido siempre paralela a los diferentes pueblos que han pasado por nuestra Península. Los romanos nos aportaron el primer libro de recetas: De Re Coquinaria, atribuido a Marcus Gavius Apicius (Marco Apicio) (Siglo I a.C.) y un gran número de platos sofisticados, perdidos la mayoría de ellos. Los romanos acomodados disfrutaban de cuatro comidas al día:

  • En el desayuno (ientaculum) era frecuente comer pan con ajo y aceite (costumbre que, afortunadamente, ha llegado hasta nuestros días).
  • Luego el almuerzo (prandium), generalmente ligero.
  • Más tarde la merenda.
  • Y, por fin, la más importante: la cena.

Las cenas “sociales” eran tan abundantes que en toda casa romana de buen tono tenían una sala, el vomitorio, donde los comensales acudían varias veces para poder continuar el festín. Nuestro compatriota, el insigne cordobés Lucio Anneo Séneca, les reprochaba esta costumbre diciendo “Vomitan para comer y comen para vomitar”. Se cenaba recostado en un triclinio, en donde frecuentemente había grabados de calaveras con inscripciones incitando a la gula: “Mírame, bebe y diviértete, porque en esto has de acabar”. Se consideraba signo de elegancia decorar los comedores con flores, sobre todo con rosas.

La Cocina Visigoda: Austeridad y Superstición

La alimentación de los visigodos era mucho más espartana. En esta época se acrecientan aún más las diferencias entre ricos (potentiones) y pobres (humiliores), embriones de las palabras “potencia” y “humilde”. La monarquía visigoda era electiva y, por ello, se pusieron de moda los envenenamientos políticos. Debido a esta peligrosa costumbre, en las mesas de los posibles candidatos, era frecuente encontrar rábanos, limón y nueces, supuestos antídotos contra los venenos, y el vino se tomaba en copas de vidrio, por creerse que estas se quebrarían si en esa bebida un celoso contrincante había depositado algún producto extraño. Un oficio muy en boga en esa época era el de catavenenos, analistas cuya principal preocupación era la de no dar nunca un resultado positivo.

La Cocina Medieval: Monasterios y Abstinence

En la Edad Media, la cocina la preservan los monjes. En los monasterios se come con profusión, dando lugar a la conocida figura del monje gordo y colorado. Existía el par de huevos fritos del fraile, que constaba, contra toda lógica matemática, de tres piezas. En el siglo XIII, los monjes sin graduación tenían derecho a tres huevos, los priores a cuatro y el abad a seis, mientras que en ciertos conventos, las monjas tenían derecho a ¡seis litros! Con el fin de limitar el consumo de carne, se promulgan las abstinencias. Curiosamente, los ricos, únicos con poder adquisitivo para degustarla, se libran de ellas mediante las bulas mientras que los pobres no la prueban, no solo durante las abstinencias, sino durante todo el año. Había en Galicia dos monasterios, uno a orillas del mar y otro en el interior. Los monjes costeros, durante las abstinencias, deleitaban su paladar con pescados deliciosos, sobre todo rodaballo mientras que los del interior tenían que conformarse con verduras.

Ilustración de un banquete medieval en un monasterio

La sabiduría del refranero

Todos los refranes surgen en el mismo contexto, un contexto relacionado en su origen por la sociedad de la que provienen con una finalidad muy clara: reproducir en las nuevas generaciones un modelo de trabajo, convivencia y experiencias comunes. Este contexto es el del aprendizaje conducido por la gente de más edad, y dirigido a los más pequeños, en un "lugar" concreto que, para incidir más en el hecho de que están transmitiendo el conocimiento colectivo, es asimismo un "lugar" colectivo: las "veladas" invernales, reunión de todos los habitantes del pueblo durante el invierno para hilar las mujeres, que aprovechan los ancianos para repetir a los niños estos refranes, además de cuentos y leyendas, machaconamente, hasta que dan por cierto que se les ha grabado en la memoria la letra tanto como el significado. Este aprendizaje se remacha en la casa, donde los viejos siempre están a disposición de los niños (no así los mayores, que salen del ámbito doméstico para realizar faenas en el campo) para reconstruir en su totalidad el refrán que solo se recuerda a medias, o el cuento especialmente bonito. Por este motivo, todos los informantes sin excepción tienen alguna palabra de recuerdo para el abuelo respectivo, "que era el que de verdad sabía refranes", lo cual nos dice mucho del modo de transmisión: los varones (ancianos, en este caso), se ocupan de ella en la medida en que es un medio de socialización importante, y, por tanto, encomendado implícitamente al elemento masculino por considerarlo una tarea o un deber social, y estar las tareas de "representación" o públicas encomendadas a los varones.

Los refranes recopilados en este artículo no son particularistas, de detalle; son más bien una colección genérica, de grandes rasgos, que hace hincapié en tipos o modelos de comportamiento social (los refranes englobados en el epígrafe de "Carácter" y algunos sobre el "buen labrador", "buen segador", la elección de esposa, etc.), por un lado, y en las constantes de la vida tradicional, fundamentalmente los problemas de territorialidad (Justicia y relaciones entre vecinos) y la visión religiosa, perfectamente diferenciada en Dios y la Iglesia.

La Persona y sus Virtudes

Los refranes referentes al individuo hacen hincapié en las relaciones interpersonales, bien definiendo al hombre de bien y su contrario, el poco de fiar, bien preocupándose por su futuro inmediato (salud, muerte, herencia), bien definiendo valores y virtudes generales: fe, justicia, honradez, trabajo, etc. No son refranes "privados" en el sentido de que puedan aplicarse al individuo no interactivo (excepto, quizás, los de salud): al refrán no le interesa el individuo en tanto en cuanto su comportamiento o actividad no altere (para mejorar o para degradar) la marcha del común.

Carácter y virtudes

El carácter y las virtudes o sus contrarios definen al hombre en una pieza, sin matices que afecten a su esencia, como no puede ser menos en una sociedad tradicional, en que el cambio (al menos el radical) no es un elemento positivo. Por ello no se confía en que el hombre se transforme de "bueno" en "malo" o viceversa, ni tampoco en que soporte contradicciones que le hagan tener comportamientos dispares, según las ocasiones:

  • Doma a tu hijo de pequeño, que de grande no tiene remedio (aunque no se usa en el contexto en que lo utilizo en este caso, el corolario es que las personas adultas se ven imposibilitadas a modificar sus comportamientos y carácter).

Hecha esta salvedad, la definición del hombre honrado sería la suma de las siguientes virtudes:

  • Hospitalidad:
    • En la olla de San Francisco igual comen cuatro que cinco.
  • Trabajo:
    • Al que madruga Dios le ayuda.
    • El hombre, para ser hombre, necesita tres partidas: hacer mucho, hablar poco y no alabarse en la vida.
  • Prudencia:
    • Cuenta como bienes los males que no tienes.
    • Quien anda con el fuego, quemarse luego.
    • No digas "sape" hasta que no haya pasado el último gato.
    • Hasta el rabo, todo es toro (no cantes victoria antes de tiempo).
  • Inteligencia:
    • El hombre no se mide por la altura ni por la anchura, se mide por la inteligencia.
    • El peor mal de los males es tratar con animales.
  • Continencia:
    • Para vivir honesto, no toques lo sexto.
    • A la mujer y al ladrón hay que quitarle la ocasión.
    • La mujer puede tanto, que hace pecar a un santo.
  • Experiencia:
    • Los libros no enseñan mucho al buen maestro en el mundo.

El contrario del hombre de bien tiene alguno o varios de los defectos que siguen, y que son de dos tipos: los "naturales" y los "sociales", es decir, los que moralmente se podrían considerar negativamente, como la hipocresía, la falta de honradez, etc., y las carencias importantes para una sociedad pequeña y con una rica vida comunal como esta, a saber: la introversión y la falta de integración que, en el caso de estos refranes, se define a través de un matrimonio tardío o fuera del grupo.

a) Vicios "naturales":
  • Hipocresía y falsas apariencias:
    • Caricias de puta y convite de tabernero siempre cuestan dinero.
    • Es de villano tirar la piedra y esconder la mano.
    • Del agua mansa me libre Dios, que de la brava me libro yo.
    • El buey ruín en cuernos medra.
    • El que no fuma ni bebe vino el diablo se lo lleva por otro camino.
b) Vicios "sociales":
  • Introversión:
    • Guárdate del hombre que no habla y del perro que no ladra.
    • Arca cerrada con llave, lo que guarda no se sabe.
  • Falta de integración:
    • Hombre cobarde se casa mal y tarde.
    • El que lejos va a casar, va engañado o va a engañar.

Como se puede comprobar, en el apartado de "virtudes" solo se apuntan cualidades del tipo que hemos definido en los defectos como "morales", no sociales; además, estas virtudes no afectan a la relación con los demás, ya que, exceptuando la de la hospitalidad, el resto son cualidades del hombre en su relación consigo mismo o con sus actividades inmediatas (trabajo, etc.). Esto quiere decir, a mi modo de ver, que los grupos sociales son bastante tolerantes, o, dicho de otro modo, que la colectividad considera válidos a todos sus miembros mientras no demuestren que son incapaces de seguir sus reglas; por ello solo define estas reglas de rechazo en negativo, es decir, enumerando a los individuos que las infringen: los introvertidos y los no integrados, en cuanto a rechazo global, y los hipócritas, en cuanto a rechazo en sus relaciones personales. Otra cosa es la catadura moral de dichos miembros, ya que, aunque no rechace a ninguno por ella, sí define a los elementos más valiosos (virtudes).

Un ejemplo de que estos refranes se organizan en función de cómo perjudican (o son indiferentes) a la comunidad en su conjunto puede ser el contexto en el que se utiliza el refrán sobre la pereza en la comarca: según la informante de la que procede, "cuando alguien trabajaba lento en la hacendera (trabajo obligatorio comunal en el que se tiene que participar una persona adulta de cada casa del pueblo), se le decía: Come y bebe y ponte gorda/o, y cuando te llamen hazte la sorda/o.

Apartado especial hay que hacer a la virtud del ahorro y la prevención de la riqueza. En esta comarca fue tradición dedicarse al oficio de la arriería en un porcentaje de vecinos relativamente alto, como complemento a los trabajos agrícolas; pero, al contrario que otros complementos como los telares, las fraguas u otras manufacturas, la arriería generó riqueza neta, por lo que se originó una relativa desigualdad entre vecinos en la mayor parte de los pueblos, ya que los arrieros, según el Catastro de Ensenada por poner un ejemplo, alcanzaron en muchos lugares porcentajes superiores al 10% de la población, y, en las capitales de la arriería, como Santiago de Millas o Castrillo de los Polvazares, bastante más. Dados estos altos porcentajes, está justificado que aparezca este motivo ligado a dicha actividad (ya que la agricultura no genera riqueza) en gran número de refranes, en los que tanto se elogia el ahorro, virtud básica del comerciante, como se previene contra la mala administración de la fortuna conseguida, el desprecio del nuevo rico hacia sus antiguos convecinos y los vicios de la riqueza en general:

  • Sobre el ahorro:
    • El que ahorra siempre tiene, el ahorrar siempre fue bueno, el sombrero de aquel mozo es del padre de su abuelo.
    • El dinero del pobre va dos veces al mercado.
  • Sobre la riqueza:
    • Hacienda, señores, la comen los administradores.
    • No compres al que compró, compra al que heredó que no sabe lo que costó.
    • Padres arrieros, hijos comerciantes, nietos señoritos y biznietos mendicantes.
    • La riqueza es madre de la pereza y abuela de la pobreza.
    • Dos andares tiene el dinero, viene despacio y se va ligero.
  • Sobre la molicie del rico:
    • El que no está enseñado a bragas, le rozan las puntadas.

En resumen que: No hay mucho que no se acabe ni poco que no alcance, por lo que, subyacentemente, el rico, además de saber administrar su hacienda, no debe mirar mal al pobre, puesto que, a la postre, pueden igualarse algún día.

Esta prevención de la riqueza con sus avisos catastrofistas tiene su razón de ser en la necesidad de reforzar vínculos igualitarios, al menos en intenciones y en obligaciones de ayuda mutua, en unos grupos humanos expuestos a catástrofes naturales de todo tipo que solo pueden ser tratadas y resueltas por la colectividad. La tendencia igualitaria debe ser mayor que las desigualdades de hecho, y los refranes, así como la realidad vecinal (la gran cantidad de obligaciones y trabajos comunales que soportan) insisten en ello.

Y dos refranes de especialidad arriera:

  • Al burro y al mulo, la carga al culo.
  • Carro untado, mula menos.

Mujer y Matrimonio

Las relaciones de pareja, hoy, en estos pueblos habitados mayoritariamente por matrimonios ancianos y solos, pues los hijos emigraron hace años, son fundamentales. Por ellos se puede reconstruir una ideología sobre la mujer y el matrimonio bastante completa, ya que han rememorado una gran cantidad de refranes sobre el tema.

La mujer:

Respecto a la mujer, la ideología tradicional se basa en tres supuestos:

a) La mujer es un aliado del diablo:
  • Al diablo y a la mujer nunca les falta quehacer.
b) Que persigue al varón:
  • Las mujeres corren delante de los ratones y detrás de los hombres.
  • La viuda joven llora al muerto en la cama y por un vivo clama.
  • Las mujeres no son de quien las quiere, sino del último que viene.
c) Para arrastrarlo al pecado:
  • No regaña el amo a la moza, que con ella retoza.
  • Mas tarda el hombre en decirlo que la mujer en consentirlo.

Es decir, se sigue, con respecto al sexo femenino, la tradición religiosa tridentina: la Carne, representada por la mujer, es el aliado del Diablo, el enemigo del Hombre.

Ahora bien, esta mujer se santifica por el matrimonio, bendecido por la Iglesia e imprescindible para generar fuerza de trabajo para labrar las tierras: los hijos. Como el hombre necesita del matrimonio, tanto para el trabajo -ya que un hombre soltero no puede sostener, por falta de brazos, una hacienda-, como para su estatus jurídico y social en la comunidad, ya que un hombre soltero no es "vecino", y, por tanto, no tiene voto en las decisiones comunales; y como, asimismo, la mujer es mala por naturaleza, se han generado multitud de refranes en torno a la elección de esposa, (sin perder de vista esta maldad congénita de su sexo), ya que una buena elección crea paz, felicidad y riqueza.

La esposa:

Para elegir mujer propia deben seguirse ciertas reglas, tanto sobre el individuo como sobre las circunstancias familiares:

a) La persona:

Como en el caso del hombre, la esposa idónea se define en negativo, tanto como individuo como en cuanto a las prevenciones generales sobre su sexo:

  • Vicios individuales: los celos y la coquetería
    • De celosa a puta, dos pulgadas justas.
    • Mujer compuesta, quita el hambre de otra puerta.

Ya que sus consecuencias pueden provocar fricciones entre los miembros de la comunidad. Estos y otros vicios de la mujer se resumen en uno: el no conocer su lugar propio, que es el doméstico; para delimitar este papel o lugar hay un refrán "positivo" que define la virtud femenina en general: La mujer y la gallina, caserina.

Su maldad intrínseca viene dada por su naturaleza:

  • Quien su mujer fía a un amigo, en la frente llevará el castigo.
  • A la sombra de un hilo se la pega la mujer al marido.
  • A feria y fiestas, con mujer y burra ajena.
  • A las mujeres, quererlas, pero que no lo sepan ellas.
  • Hijo de mi hija nieto mío ser, hijo de mi hijo no lo puedo saber.
b) Las circunstancias familiares, asimismo definidas en negativo:
  • No debe ser familiar cercano (razones biológicas):
    • Casamiento de parientes, trae inconvenientes.
  • Ni convivir con las respectivas madres (razones de convivencia, sociales):
    • Mujer y armas, una en cada casa.
    • Las patatas y las suegras, para que den fruto han de estar bajo tierra.
    • A los padres y a los burros negros, o matarlos o venderlos.

Estos refranes de convivencia sancionan los problemas que provoca el sistema de la "casa" en la zona: la pareja anciana se ve acompañada en la vivienda familiar por la pareja formada por uno de los hijos, generalmente el menor. Aunque el sistema de herencia es la iguala, se mantiene -hasta que se despobló el hábitat- el sistema de permanecer el último hijo soltero en la casa de los padres una vez casado, con el compromiso de, a la hora de partir la vivienda entre los herederos, permanecer en ella a cambio del pago a los hermanos del precio estipulado por la parte de cada uno.

c) Elementos realistas (positivos) en la elección:

Estos elementos positivos ya restringen el ámbito de la elección; la diferencia con los anteriores creo que está en que los anteriores son excluyentes, provocan rechazo social, en tanto que estos son "mejoras" de convivencia para la pareja en el ámbito familiar exclusivamente. Los primeros son o pueden convertirse en un problema de todos, mientras que estos solo competen al seno de la familia.

  • Valorar a la mujer por sí misma (de nuevo prevención de la riqueza):
    • Coge mujer por lo que valga, no por lo que traiga.
  • Y casarse entre iguales:
    • Coces de garañón, para la yegua caricias son.
    • No cases con mujer que te gane en saber.

Una vez bien elegida, ya que La honra del marido está en manos de su mujer, el matrimonio es el mejor estado posible para ambos cónyuges:

  • Mujer casada, mujer ganada.
  • Matrimonio bien avenido, mujer junto al marido.

Una última palabra sobre el matrimonio: hemos visto que todos los refranes sin excepción se refieren al carácter de la mujer y la elección de esposa, excluyendo totalmente la elección de esposo. Quizás haya, y yo lo ignore, un corpus de refranes de "esposo", pero el hecho de que no haya surgido una muestra al menos en el proceso de investigación, aun sin preguntar por ellos expresamente, creo que supone que dicho corpus, si existe, es muy reducido, y, en todo caso, menos importante -se insiste menos- que el de elección de esposa. Creo que de esta inexistencia se puede inferir que lo importante -y lo peligroso a la vez- para la comunidad (no para la pareja) es la elección de esposa. ¿Por qué? Mi opinión es que se carga la responsabilidad en el hombre como cabeza visible o representante de la familia y, por extensión, de la comunidad.

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