La letra con sangre entra: Mitos y realidades del castigo en la infancia

España es un país en el que acostumbramos a incluir un refrán o frase hecha en casi cualquier momento. Sin embargo, el origen de ellos a veces es incierto. De lo que no hay duda, es de que muchos de ellos fueron recogidos por Cervantes en El Quijote.

La mayoría de ellos son bonitos, pero hay otro que si naciste hace unas cuantas décadas seguro que recuerdas con miedo: La letra con sangre entra. Lo curioso es que cuando apareció en la segunda parte de El Quijote, ya se consideraba un consejo anacrónico. Es decir, algunos todavía defienden un modelo de educación, que hace 400 años ya levantaba ampollas.

Miguel de Cervantes Saavedra escribiendo El Quijote

El refrán que se usó durante años en España como modelo de educación

El refrán español La letra con sangre entra no fue inventado por Miguel de Cervantes pero, como hizo con tantas otras expresiones, fue el que lo hizo inmortal gracias a su obra magna. El significado es muy claro. Como indican en el Centro Virtual Cervantes, denota que es necesario el trabajo y el estudio para triunfar en cualquier cosa que uno se proponga. Sin embargo, algunos manipularon este refrán para utilizarlo hace décadas en un contexto educacional. Especialmente, para defender el castigo físico como método de enseñanza.

¿Dónde aparece la expresión ‘La letra con sangre entra’ en ‘El Quijote’?

Muchos refranes escritos por Cervantes son pronunciados por Sancho Panza, ya que representa la sabiduría popular. Sin embargo, en esta ocasión es otro personaje el que se lo dice. Concretamente, ocurre en el capítulo XXXVI de la segunda parte de El Quijote:

-Eso -replicó la duquesa- más es darse de palmadas que de azotes. Yo tengo para mí que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura: menester será que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de canelones, que se dejen sentir, porque la letra con sangre entra, y no se ha de dar tan barata la libertad de una tan gran señora como lo es Dulcinea, por tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada.

Sancho Panza y Don Quijote

El impacto del castigo en la infancia

Hay pocas cosas que desesperen más a unos padres que ver cómo su hijo se niega a comer. El plato intacto, el reloj avanzando, la sensación de que no ha comido “nada” en todo el día… y, de fondo, esa preocupación tan difícil de apagar: "¿y si no se está alimentando bien?". En ese momento, cuando el cansancio y el miedo se mezclan, suelen aparecer frases muy normales que casi salen solas. Están tan normalizadas que las decimos casi en automático, buscando una solución rápida. El problema es que algunas de ellas, aunque parezcan inofensivas, no ayudan a nuestros hijos a relacionarse bien con la comida y pueden complicar justo lo que intentamos resolver.

Comer no es solo ingerir alimentos. Comer es escuchar al cuerpo, reconocer el hambre y la saciedad, disfrutar, compartir… Y todo eso se aprende, poco a poco, en la mesa de casa. Por eso, los padres debemos ser conscientes de las frases que decimos a nuestros hijos en la hora de la comida, ya que contribuyen a construir la relación que tienen con la alimentación y el ejemplo que les ofrecemos.

“Si te comes todo, de postre un helado”: qué hay detrás de esta frase

¿Cuántas veces te han dicho eso de "si te comes todo, de postre helado"? ¿Se lo has dicho alguna vez a tu hijo o hija? Esta frase es un clásico. Parece inofensiva, incluso práctica. El niño come, para conseguir ese postre, el adulto respira tranquilo y todos contentos. ¿O no?

Cuando usamos el postre como recompensa, sin querer estamos lanzando varios mensajes a la vez: que hay alimentos “buenos” que cuestan y alimentos “buenísimos” que se ganan; que comer aunque no tengas hambre tiene premio; que el cuerpo y sus sensaciones no son tan importantes como cumplir la norma... A largo plazo, esto puede hacer que el niño deje de escuchar sus señales internas y coma por obligación, por miedo o por premio, no por hambre.

Alimentación Saludable

Otras frases muy comunes que tampoco ayudan

Estas son algunas de las frases sobre la comida que no ayudan en nada a tu hijo:

  • “Una cucharadita más” (y la cuchara entrando en la boca). Aquí el mensaje es claro: no confío en que tú sepas cuándo estás lleno. Aunque se diga sin mala intención, anulamos su capacidad para autorregularse.
  • “Si no comes, nunca crecerás”. El miedo como motor. Comer deja de ser algo natural y pasa a ser una fuente de ansiedad.
  • “Si no quieres pasarte la tarde castigado, ¡comételo todo!”. La comida se convierte en una obligación asociada al castigo, no al cuidado.
  • “La abuelita se pondrá triste si no te lo comes todo”. Cargamos al niño con una responsabilidad emocional que no le corresponde. Que él coma o deje de comer no debería afectar el estado de ánimo de ningún adulto.
  • “¿Cómo puedes dejar comida en el plato con la cantidad de niños que pasan hambre en el mundo?”. Una frase muy repetida que mezcla culpa, comparación y confusión. ¿Crees que tu hijo entiende algo cuando se la dices?

Ninguna de estas frases nace del odio ni del reproche; más bien nacen de la educación heredada y del deseo de querer hacerlo bien. Pero eso no quita que podamos revisarlas y reflexionar sobre ellas.

La importancia de construir una buena relación con la comida desde la infancia

La infancia es el momento en el que se sientan las bases de la relación con la comida. Aprender a reconocer el hambre, respetar la saciedad y entender que comer también es placer es tan importante como saber qué alimentos son más saludables. Diversos estudios sobre alimentación infantil y crianza respetuosa señalan que los niños que crecen en entornos donde se respeta su apetito y se evita la presión para comer desarrollan una mejor autorregulación alimentaria y menos conductas problemáticas relacionadas con la comida en el futuro.

Un estudio publicado en Nutrition Reviews (2016) destaca que las prácticas de alimentación basadas en la presión y el control están asociadas a una peor relación con la comida y a una menor capacidad de los niños para escuchar sus propias señales de hambre y saciedad.

Niños comiendo con libertad y escuchando sus señales de hambre

No se trata, por tanto, de que el niño mande, decida los menús familiares a su antojo ni de que coma siempre lo que quiera. Lo importante es que los padres tratemos de hacer el ejercicio consciente de reflexionar sobre cómo favorecemos que se empiecen a construir esas bases que deben sustentar los hábitos alimenticios de nuestro hijo para el resto de su vida.

Por qué no usar la comida como premio ni como castigo

Cuando la comida se usa como premio o castigo, deja de cumplir su función principal: nutrir. Pasa a ser una moneda de cambio, una herramienta de control o una fuente de conflicto en casa. Y cuando la hora de la comida o la cena se convierte en una pesadilla, hay algo que conviene revisar.

El niño puede acabar deseando más el premio que la comida en sí o rechazando ciertos alimentos porque están asociados a momentos de tensión. Además, se refuerza la idea de que hay alimentos “malos” y otros “buenos”, cuando lo realmente importante es el equilibrio, la variedad en la alimentación y el contexto en el que se presentan los alimentos. Una alternativa mucho más sana es separar siempre la comida de la conducta. Comer no debería servir para portarse bien, ni dejar de comer para portarse mal. Para ello, la mesa puede (y debería) ser un espacio tranquilo, sin chantajes ni amenazas.

Dejar de lado estas frases tan normales puede parecer complicado, porque las tenemos muy interiorizadas, y puede generar incluso culpa. Pero, si has llegado hasta aquí, ya has demostrado tu interés por reflexionar sobre ellas y mejorar el momento de la comida. Recuerda que la buena relación con la comida no se enseña con normas estrictas, sino con calma, acompañamiento, ejemplo y mucho respeto. Y eso, aunque no siempre sea fácil, sí está en nuestras manos.

No quiero que obliguen a comer a mi hijo en la escuela

Antes de intentar responder a la cuestión que da título a este texto, es imprescindible que ustedes, amables lectores, entiendan la importancia que tiene no obligar a un niño a comer algo que no le apetece. Intentaremos que lo comprendan recurriendo tanto al sentido común como a investigaciones científicas, o a recomendaciones de entidades de referencia en nutrición humana o salud pública.

¿Volvería usted a un restaurante en el que el camarero le obligase a comer todo lo que usted ha pedido? ¿Volvería usted a un restaurante en el que le dijeran, “hasta que no te lo acabes no te levantas”? Y, ¿volvería si además dicho camarero escogiera lo que usted va a comer, la cantidad de comida y la velocidad a la que se la debe comer? Nosotros no solo no volveríamos, sino que saldríamos por la puerta en menos que canta un gallo, y hasta acudiríamos a las autoridades para denunciar lo que podría ser calificado, muy probablemente, como coacciones; esto es, como una conducta con relevancia incluso penal.

Niño en el comedor escolar con un plato de comida sin terminar

No admitiríamos en modo alguno matices que intentaran justificar el proceder descrito, por más que dichos matices sean a veces esgrimidos para justificar el mismo comportamiento cuando los destinatarios son los niños. Piensen ahora en los comedores escolares. Miles de niños padecen en ellos a diario, y en silencio, porque ciertos monitores e incluso algunos profesores se creen en posesión de una autoridad que les faculta para adoctrinar en el “recto camino dietético”.

Si usted tiene o ha tenido hijos que se hayan quedado a comer en la escuela, sabrá que no exageramos ni un ápice. Sucede en los hogares (hasta el 85% de los padres obligan a comer a sus hijos incluso cuando ya han saciado su apetito), y ocurre en los comedores escolares.

El "Club del Plato Limpio" y la obesidad infantil

Muchos monitores de comedor insisten, presionan, intimidan, realizan torticeros “pactos” e incluso obligan a los niños a comer algo que no les apetece, o a acabarse el plato (en breve hablaremos del “club del plato limpio”). También instrumentalizan la comida, o les engañan diciendo cosas como que “la zanahoria te ayuda a leer y a contar” o “la galleta te fortalece”. No estamos diciendo que los adultos que presionan a los niños para comer lo hagan con mala idea (no es el caso), pero sí que su formación es insuficiente. Porque es bien sabido que las tácticas más comúnmente utilizadas para conseguir que el niño coma más o mejor no funcionan. ¿Sabían que hay investigaciones que incluso indican que alentar o presionar a los niños a consumir más frutas y verduras se asocia con una menor ingesta de dichos alimentos?

Y, ¿si les dijéramos que pertenecer al (degradante) “club del plato limpio” no es “trigo limpio”? A juzgar por las múltiples publicaciones del acreditado investigador Brian Wansink, los “socios” de dicho “club” tienen más riesgo de padecer obesidad años después. “[…] Estos datos muestran que un niño que solo se come entre la mitad o dos terceras partes de la comida que él mismo se ha servido no está siendo derrochador, beligerante o irrespetuoso. Pero, desde luego, no es el único experto en nutrición que opina así. Todo adulto a cargo de un menor debería recordar que los niños comen en función de lo que tienen que crecer.

Sabemos que las anteriores recomendaciones chocan con la manera tradicional de alimentar a los niños, ésa que promueve que el niño coma, tanto si tiene hambre como si no. Pero son absolutamente necesarias. “El problema más habitual con la comida de un niño pequeño es el intento de los adultos (padres y abuelos, y a veces maestros o monitores de comedor) de intentar obligarle a comer. Es un grave problema, que produce sufrimiento, angustia, humillación y a veces vómitos e, incluso (si se tiene éxito), obesidad. Obligar a comer a un niño, como cualquier otra conducta coercitiva, no es en absoluto aconsejable.

Alimentación Saludable

Implicaciones legales y sanitarias

Dejando de lado los nada desdeñables peligros de minusvalorar al menor, de generarle sentimientos de culpa y de fomentar la sumisión y la obediencia ciega, nos preguntamos lo siguiente: ¿acaso nadie sabe que la obesidad infantil en España es “un grave problema de salud pública”, tal y como ha declarado el Ministerio de Sanidad recientemente? Lo ha hecho tras conocer, gracias al estudio Aladino, las alarmantes cifras de niños con exceso de peso. Unas cifras que, según apunta el reputado doctor Miguel Ángel Royo-Bordonada, es probable que se traduzcan en que nuestros hijos tendrán una esperanza de vida menor a la nuestra.

Y es que las conductas coercitivas de alimentación deterioran la capacidad innata de los niños para regular su consumo de energía, según mostraron Fox y colaboradores en una interesantísima investigación publicada en enero de 2006 en la revista Journal of the American Dietetic Association. Por ello, tanto la Facultad de Salud Pública de Harvard, como el Instituto de Medicina de Estados Unidos (Comité para las Políticas de Prevención de la Obesidad en Niños) declaran que los niños a los que se les permite que autorregulen su ingesta calórica presentan un menor riesgo de padecer obesidad años después.

La obesidad infantil es uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI y resulta conveniente que seamos conscientes de ello, así como de que uno de los factores que puede contribuir a este trastorno es presionar al niño para que coma. Pero hay más. “La presión para comer no es efectiva en la promoción de la ingesta de alimentos y, de hecho puede traducirse en una aversión dietética. Las consecuencias de estas prácticas experimentadas en la infancia perduran en la adolescencia y la edad adulta. En apoyo de esta idea, los datos retrospectivos han hallado que adolescentes y adultos jóvenes informaron de aversiones alimentarias, y negativas a comer los alimentos que habían sido presionados para comer cuando eran niños. Esto explica, de nuevo, por qué no conviene obligar a los niños a comer alimentos, aunque sean saludables.

«Lo dicho, si tienes hijos pequeños, no desesperes a la hora de lo que comen o no. Trata de comer con ellos todas las ocasiones que puedas. Haz de tu comida un ejemplo de lo que ellos podrían comer. Que comen bien (según lo que tu consideras bien) estupendo, que no, pues también estupendo. No presiones, no premies y no castigues. La mejor guía sobre cuánto tiene comer un niño sano es… ese mismo niño. Su apetito ha de ser la guía.

El castigo en la alimentación infantil: una práctica vejatoria

En numerosos casos, incluso se castiga a nuestros desamparados menores de edad por no comer, o por comer despacio. Algo que, en nuestra opinión, solo merece un calificativo: vejatorio. Tan vejatorio como sería castigar a un niño porque tiene pecas o porque su pelo es de color castaño oscuro. Y tan absurdo como castigar a un árbol porque crece más o menos de lo deseado. ¿Qué clase de “educación” (entre ineludibles comillas) fomenta quien sanciona a un inocente niño al que no le apetece comer mejillones? Que hable Paloma Blanca Ciscares: “Odio mi antiguo comedor escolar y odio los mejillones con pelos que le echaban a la sopa, y que nos obligaban a comer a tantos escolares, incluso después de haberla vomitado en el plato”.

Sea como fuere, estamos muy de acuerdo con la siguiente sentencia del pediatra Carlos González, antes citado: “El castigo es inútil en la educación de los niños, pero incluso sus partidarios estarán de acuerdo en que no se puede aplicar por un acto involuntario”. Que no les quepa duda, el apetito del niño, además de involuntario, resulta que es el mejor indicador de cuánta comida (saludable, se entiende) tiene que comer dicho niño. Es preciso, por cierto, que nuestra sociedad en pleno tenga presente que no es lógico esperar que un niño tenga hambre si consume a menudo (como sucede en España) alimentos superfluos.

Niña llorando, reflejo del malestar por la presión para comer

¿Qué puedo hacer si no quiero que obliguen a mi hijo a comer?

Lo primero será poner en conocimiento del centro educativo nuestra voluntad. Con respeto, pero con la seguridad de saber que nuestra decisión, expresada como titulares de la patria potestad, tiene el aval de estudios realizados por instituciones sanitarias de primera línea en la investigación. Debería bastar, entendemos, con hacerlo en una entrevista, es decir, de manera verbal. La evidencia, puesta de manifiesto, también es aval suficiente en el plano legal, como veremos más adelante.

Como cuestión previa, las Administraciones Públicas y Entidades que actúan en ejercicio de potestades públicas están vinculadas por el principio de legalidad: han de basarse en las normas, en la ley, para poder actuar. Muy resumidamente: el artículo 53.2 de la Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común (la famosa Ley 30/92, de 26 de noviembre) determina que los actos de las Administraciones se ajustarán a lo dispuesto por el ordenamiento jurídico.

Argumentos legales para la no coacción alimentaria

  1. En primer término, en favor de no obligar -también analizaremos por qué creemos que obligar, además, es contrario a la ley-, las decisiones -políticas o educativas- en el ámbito de la alimentación y nutrición son realmente una “actividad sanitaria”: así lo establece, además de la lógica, el Real Decreto 1277/2003, de 10 de octubre, por el que se establecen las bases generales sobre autorización de centros, servicios y establecimientos sanitarios. “Actividad sanitaria” es, según su artículo 2.1.b), el conjunto de acciones de promoción, prevención, diagnóstico, tratamiento o rehabilitación, dirigidas a fomentar, restaurar o mejorar la salud de las personas realizadas por profesionales sanitarios.
  2. Artículo 40. Medidas especiales dirigidas al ámbito escolar. 3 Las autoridades competentes velarán para que las comidas servidas en escuelas infantiles y centros escolares sean variadas, equilibradas y estén adaptadas a las necesidades nutricionales de cada grupo de edad. Eso es. Tenemos las acciones de fomento, restauración o mejora de la salud y también a los profesionales sanitarios: tenemos por tanto una actividad sanitaria. Y también tenemos que la norma no habla de supervisión de menús, sino de comidas.
  3. Las autoridades educativas competentes promoverán la enseñanza de la nutrición y alimentación en las escuelas infantiles y centros escolares, transmitiendo a los alumnos los conocimientos adecuados, para que éstos alcancen la capacidad de elegir, correctamente, los alimentos, así como las cantidades más adecuadas, que les permitan componer una alimentación sana y equilibrada y ejercer el autocontrol en su alimentación.
  4. Igualmente con rango de ley y carácter de normativa básica, la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias, Ley 44/2003, de 21 de noviembre, establece (art. ¡Lo tenemos! La conclusión es que las decisiones relativas a la alimentación y nutrición infantil tomadas para su aplicación en el centro escolar son, tanto por su naturaleza, como por el tipo de profesional -sanitario- que la legislación estima idóneo para tomarlas, una actividad sanitaria. Y tanto por su carácter como por las obligaciones que quedan impuestas al profesional que debe tomarlas, han de basarse en la evidencia científica.

Artículo 3 De los principios generales de acción en salud pública. Las Administraciones públicas y los sujetos privados, en sus actuaciones de salud pública y acciones sobre...

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