La obra de Carlos García Vázquez, "Ciudad hojaldre: Visiones urbanas del siglo XXI", ofrece un análisis profundo sobre cómo la cultura urbanística aborda el nuevo siglo. Explora sus instrumentos, carencias, certezas y preocupaciones en la era del tardocapitalismo, examinando las diversas formas de mirar, filtrar, proyectar y proyectarnos sobre la ciudad. La "ciudad hojaldre" no se reduce a un único metarrelato, sino que se compone de multitud de pequeños relatos cuyas coincidencias o divergencias son fruto de sensibilidades distintas. Estos relatos se agrupan en cuatro visiones principales, cada una guiada por una disciplina específica: la historia para la visión culturalista, la sociología y la economía para la visión sociológica, la ciencia y la filosofía para la visión organicista, y la técnica para la visión tecnológica.
El libro nos sumerge en el impacto que múltiples realidades contemporáneas (cultura, política, sociedad, economía, filosofía, etc.) ejercen sobre el espacio urbano, a través del cruce con la arquitectura y el urbanismo. Doce ciudades, doce realidades urbanas, convergen en la ciudad del siglo XXI, la "ciudad hojaldre".

La Visión Sociológica: Ciudad Global y Dual
La visión sociológica de la ciudad, guiada por la sociología y la economía, se desglosa en varias capas, comenzando con el origen de la ciudad global.
El Origen de la Ciudad Global
Manuel Castells, un influyente sociólogo urbano, destaca dos características esenciales de la era global: «la retirada del Estado de la economía y la expansión geográfica del sistema hacia una globalización que abarca el capital, la fuerza de trabajo y la producción». Esto configura un sistema integrado de producción y consumo, fuerza de trabajo y capital, fundamentado en las redes de la información. Esta reorganización ha transformado la geografía productiva del planeta, minimizando la importancia de infraestructuras tradicionales como puertos, carreteras o ferrocarriles, ya que el acceso al espacio de los flujos depende más de las nuevas tecnologías, mucho más asequibles.
No obstante, el lugar geográfico sigue siendo esencial, pero para el establecimiento en la ciudad de una nueva clase: los profesionales altamente cualificados que las empresas necesitan. Estos profesionales buscan una calidad de vida específica, lo que explica por qué «no es de extrañar que los planes estratégicos de las ciudades de todo el mundo insistan en esta cuestión». Cuanto más globalizada está la economía, más centrales son los lugares de control.
Raquel Rolnik ha señalado que las ciudades se convierten en campos de batalla del territorio global. Los obreros ya no compiten con empresarios locales por vivienda en el centro, sino con grandes empresas y fondos de inversión. La ciudad se transforma en un codiciado centro de poder y centralidad. Como resultado, las clases menos afortunadas se ven obligadas a desplazarse a las afueras: al extrarradio, a ciudades satélite o a suburbios, dependiendo de la configuración urbana. Esto ha provocado una discontinuidad en la urbanización y la aparición del «efecto túnel», creando enormes vacíos metropolitanos que separan densos núcleos de actividad urbana.
El resultado de este fenómeno es la metápolis, un espacio geográfico cuyos habitantes y actividades económicas están integrados en el funcionamiento diario de una gran ciudad, pero que a su vez es profundamente heterogéneo y discontinuo, con principios organizativos derivados de los sistemas de transporte de alta velocidad.

EXPLICACIÓN DE LA DESIGUALDAD SOCIAL EN EL MUNDO
La Ciudad Dual
La configuración del espacio de los flujos da lugar a la segunda capa: la ciudad dual. «Como apunta Saskia Sassen, la realidad ha demostrado que la polarización social es intrínseca al orden tardocapitalista, donde los trabajos a cambio de bajos salarios son claves para el crecimiento económico.» Ejemplos de esta polarización se observan en París con los magrebíes o en Chicago con los mexicanos.
La gentrificación es otra forma en que las ciudades recuperan sus centros para las clases medias y altas. Esto implica el desalojo de barrios obreros para ser ofrecidos al capital, lo que causa una exclusión constante de las clases bajas hacia las periferias.
La Ciudad Análoga y los Entornos Urbanoides
García Vázquez también alude a la ciudad análoga, un concepto que ya se exploró en "Variaciones sobre un parque temático". Un ejemplo es Calgary, donde 15 km de túneles construidos dos metros sobre el nivel de la ciudad, bajo la excusa de proteger a los ciudadanos del frío, funcionan como un espacio que emula una ciudad, dedicado al consumo y el ocio. Sin embargo, el acceso está restringido para aquellos ciudadanos no considerados "adecuados".
Paul Goldberg, crítico de arquitectura, ha denominado a estos espacios «entornos urbanoides», que ofrecen una experiencia urbana filtrada: «reproducen la ciudad real pero evitan sus aspectos más desagradables. En estos lugares no llueve, no hace frío, no cruzan coches, no hay contaminación, no hay suciedad, no hay ruidos… pero tampoco mendigos, ni carteristas, ni drogadictos ni prostitutas.»
Coexistencia y Conflicto en Enclaves Multirraciales
A estas dinámicas se suman los inmigrantes que, atraídos por las oportunidades laborales, llegan a las grandes ciudades. A menudo, son relegados a los mismos barrios, aumentando la hostilidad de las clases medias. En una interesante paradoja, García Vázquez cita como ejemplos de coexistencia el Raval barcelonés, el Marais parisino o el Kreuzberg berlinés. Estos son «escasos enclaves multirraciales que aún permanecen en los centros urbanos de la ciudad dual, lugares problemáticos pero infinitamente más tolerantes que las purificadas urbanizaciones de la periferia.» En estos lugares, la violencia rara vez ha aflorado porque sus habitantes han aprendido que la conflictividad diaria es consustancial a la vida urbana contemporánea, a diferencia de los guetos de los suburbios segregados norteamericanos.

La Ciudad del Espectáculo
A pesar de todas las problemáticas, las ciudades contemporáneas lucen más espléndidas que nunca. La ciudad del espectáculo, según Jean Baudrillard, se caracteriza por la desaparición de la esencia de los hechos humanos y una vida urbana exenta de experiencias auténticas, plagada de hábitos precodificados. La exigencia en la ciudad ha inducido una dinámica de simulaciones que ha desembocado en lo que Baudrillard denomina «el tercer orden de simulacros», donde lo real desaparece y lo que queda es una copia exacta del original, una imagen hiperreal. Cuando este fenómeno se expande por el espacio urbano, nace la ciudad del espectáculo, donde lo real ha cedido su lugar a lo hiperreal, a la pura materialidad y a la fría superficialidad. De ahí su vivacidad cromática y luminosa, un esplendor radiante e intenso que puede llegar a ser alucinatorio y desembocar en lo que Fredric Jameson ha denominado «euforia posmoderna».
En la ciudad del espectáculo, todo es táctil y visible, pero carece de significado profundo. Los grandes temas del pensamiento negativo (segregación, injusticia, rebelión) son desactivados. Jameson entiende que la euforia posmoderna ha generado una nueva forma espacial: el «hiperespacio».
Los edificios de la ciudad del espectáculo funcionan como mónadas, envoltorios que encierran un interior, protegiéndolo del exterior y mostrando indiferencia por la ciudad circundante. En el interior, sin embargo, se intensifican los simulacros para que el visitante experimente una incapacidad de representarse en el espacio, flotando en un estado de debilidad psicológica que lo hace vulnerable a los intereses comerciales del hiperespacio. La separación radical interior-exterior de la mónada y el énfasis en la interioridad como ambiente fantástico y alucinatorio del hiperespacio confluyen en edificios de la industria del ocio, la cultura y el consumo.
Aquí se incluyen los parques temáticos (Disney, Anaheim), Las Vegas, centros urbanos edulcorados que reconstruyen un pasado irreal (Times Square, Covent Garden), o barrios que ofrecen una experiencia «real», como un barrio gay o Harlem con sus góspel para turistas. «En todos estos lugares, lo que una vez fue verdadero y cotidiano está dando paso a lo simulado y lo superficial, es decir, la realidad está dando paso a la hiperrealidad.»
«La segunda actividad económica disneylandizada en la ciudad del espectáculo es la cultura.» Esto se refiere a la cultura entendida como centro cultural en el seno de la ciudad, ejemplificado por el Centro Pompidou, el Guggenheim, el MoMa, entre otros. Estos museos se han reconvertido en espacios sociales («hipermercados del arte», según Baudrillard) y están rodeados de salas de exposiciones, librerías y cafeterías.
La concepción de la ciudad como parte de una red global genera una intensa competencia entre ellas por un número limitado de plazas en el ranking y los enormes beneficios económicos asociados. Robert Venturi, Steven Izenour y Denise Scott Brown fueron pioneros en celebrar esta dinámica con su obra "Aprendiendo de Las Vegas", analizando la calle principal de la ciudad de Nevada como un hito de la modernidad. Koolhaas hizo lo mismo con "Delirio de Nueva York". Sin embargo, a diferencia de Baudrillard, quien consideraba la ciudad del espectáculo perniciosa, la «cultura de la congestión» de Koolhaas la celebra y la reconoce como base de la sociedad contemporánea.
Esta espectacularización es problemática, no solo por lo expuesto, sino también por la narcotización a la que somete a sus ciudadanos. Siguiendo una línea de pensamiento iniciada por Baudelaire y continuada por Simmel, Benjamin y Neil Leach (en "La an-estética de la arquitectura"), se argumenta que, «cuando la ciudad se reduce a un reino estético, todo, incluso sus aspectos más crueles, se convierte en aceptable. Es lo que ocurre con las fotografías urbanas de última generación: nos fascinan las destartaladas fachadas del Kowloon de Hong Kong, y esto nos hace olvidar a las miles de personas que viven tras ellas en condiciones deplorables.»

Sostenibilidad y Megalópolis del Tercer Mundo
El concepto de «huella ecológica» mide la superficie natural necesaria para producir los recursos que demanda una ciudad. Los datos muestran que ninguna ciudad es sostenible por sí misma. Si a esto le sumamos que en 2025 la población urbana del planeta alcanzará los 5.000 millones de habitantes, es evidente la necesidad de revisar el consumo de recursos de las ciudades. El «desarrollo sostenible» implica que las ciudades deben satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las suyas. Considerando que la mayoría de las ciudades más pobladas no pertenecen al Primer Mundo, «el futuro medioambiental del planeta se está jugando en las megalópolis del Tercer Mundo».
| Ciudad | Población (millones) | Huella Ecológica (hectáreas globales per cápita) | Sostenibilidad (Sí/No) |
|---|---|---|---|
| Nueva York | 8.4 | 8.0 | No |
| Bombay | 20.7 | 2.5 | No |
| Londres | 9.0 | 6.5 | No |
| Lagos | 21.0 | 1.8 | No |
| Tokio | 13.9 | 5.0 | No |