La Real Colegiata de San Isidoro de León es un conjunto románico de incalculable valor, célebre por su Panteón Real, apodado la "Capilla Sixtina del Románico" por la belleza y conservación de sus frescos. En este lugar de profunda historia y arte, se custodia una de las piezas más emblemáticas: la Arqueta del Cordero, un relicario que encapsula siglos de fe y maestría artesanal.
Los orígenes de la Colegiata de San Isidoro datan de finales del siglo IX y principios del X, en tiempos del rey Alfonso V, a partir de una primigenia construcción y posterior reunificación, como panteón real, de los monasterios de San Juan Bautista y San Pelayo. En el siglo XI, el Rey Fernando I de León y su esposa doña Sancha, eligieron este conjunto para unificar los diversos Panteones reales que existían, dando origen a la mencionada "Capilla Sixtina".
La Puerta del Cordero y su Simbolismo Apocalíptico
La Puerta del Cordero constituye el principal acceso a la basílica y se localiza en la parte meridional de la iglesia. A ambos lados, se observan las esculturas de San Isidoro y San Pelayo, mientras que en su parte superior, figuran signos zodiacales y referencias a diferentes pecados. La zona central muestra escenas del sacrificio de Isaac y, en su parte superior, un medallón con "el Cordero De Dios", sujetado por dos ángeles.
El Cordero Apocalíptico es una figura central en la iconografía cristiana, y su representación en la Puerta del Cordero subraya la importancia teológica de este conjunto arquitectónico. Este cordero, con su cabeza enmarcada por un nimbo crucífero y un libro entre sus patas delanteras, se sitúa ante una cruz potenzada de brazos iguales, todo ello enmarcado por un círculo con decoración incisa vermiculada y alveolos para colocar cabujones.

Retablos y Paneles Esmaltados: Obras Maestras de Silos
La Colegiata de San Isidoro alberga otras obras de arte que complementan la riqueza de la Arqueta del Cordero. Entre ellas, destacan los retablos y paneles de cobre esmaltados, que son testimonio del florecimiento de talleres artesanales en la región durante la Edad Media.
Retablo o Panel de Cobre de Silos
Es una de las obras maestras del taller de esmaltes de Silos, efectuado hacia 1160-1175. Su función original no se conoce con exactitud, y es posible que haya sido adaptado a diferentes usos a lo largo del tiempo. A cada lado de la placa central hay seis paneles de cobre decorados con una triple arquería grabada, la central más amplia que las laterales, cobijando una figura humana. La mayoría de los arcos son de medio punto y se apoyan sobre columnas. Por encima de la arquería se colocan torreones, cúpulas y tejados, representando a la ciudad Jerusalén Celeste. Estas figuras barbadas y estilizadas visten túnica y manto, y en sus manos portan libros o rollos, señalando a la figura del Cordero Apocalíptico. Todo el conjunto está enmarcado por una doble banda, la más externa decorada con letras cúficas en la que se repite la palabra árabe “alyemen”, traducida como felicidad.
Retablo con Esmaltes o Frontal de Urna del Sepulcro de Santo Domingo
Esta pieza cumbre del taller de esmaltes de Silos, realizada entre 1150 y 1170, posiblemente por un conjunto de artistas especializados, se encuentra en el centro del panel a Cristo Majestad enmarcado por una mandorla decorada con motivos sinuosos grabados y cabujones. En los bordes externos superior e inferior de la mandorla se sitúa la representación del Tetramorfos, o símbolos de los cuatro evangelistas. A cada uno de los lados de Cristo se sitúan seis apóstoles, cuyas figuras están en el interior de una arquería de medio punto, con columnas, capiteles y rosca de los arcos decorados con motivos calados.

Arqueta Relicario de Esmaltes
Esta arqueta está decorada en su centro con una crucifixión (Cristo con la Virgen y San Juan), en su parte superior con una inscripción y en sus laterales con dos tondos con la representación de medias figuras simbolizando el sol y la luna. A izquierda y derecha se sitúan dos personajes a cada lado que miran al crucificado, cobijados por arquerías por encima de las cuales se graban torrecillas. En el panel inclinado superior se coloca en el centro a Cristo Majestad enmarcado por una mandorla sujetada por un ángel a cada lado.
Arqueta Relicario de Marfiles y Esmaltes
Esta arqueta rectangular con tapa en forma de pirámide truncada fue usada en el monasterio para custodiar reliquias de Santo Domingo. La arqueta original está formada por placas de marfil talladas de tradición califal, efectuadas en la ciudad de Cuenca en 1026, según una inscripción en letra cúfica. La decoración distribuida en bandas horizontales representa escenas cinegéticas. Las placas esmaltadas se colocan en el lateral izquierdo de la caja, en la parte superior de la tapa y en varias bandas de refuerzo y remate de la arqueta. El panel lateral izquierdo representa a Santo Domingo con su hábito y báculo, flanqueado por dos ángeles.
Arqueta de Esmaltes (Museo de Burgos)
Otra de las arcas que contenían reliquias y que fueron trasladadas al Museo de Burgos. Todo el fondo de la caja está esmaltado en azul turquesa. El frente está decorado con tres mandorlas unidas por una pequeña roseta. La central enmarca a Cristo Majestad con las letras alfa y omega, y en los lados externos los símbolos de los evangelistas. En la mandorla de la derecha se representa a la Virgen, nimbada y con una vara de flores. La mandorla izquierda tiene un personaje barbado no identificado, con nimbo, filacteria o cinta desplegada en una mano y libro en otra.
La Arqueta del Cordero de San Isidoro de León
La Arqueta de los Marfiles, también llamada arqueta de San Isidoro de León, es la pieza más antigua que se conserva obtenida del taller de marfiles de León. Fue un encargo de los reyes leoneses Fernando I y Sancha, quienes la entregarían como obsequio a la Colegiata de San Isidoro de León para guardar la mandíbula de San Juan Bautista y el cuerpo del niño mártir Pelayo. La obra data de 1059. Es una caja rectangular de madera cuya tapa es una cubierta a cuatro aguas con la parte superior plana. Tiene la misma forma que las arquetas de marfil de los talleres de Cuenca. Mide 47 cm de largo por 26 de ancho.
En los costados se reparten los 12 Apóstoles cuyas figuras se representan de pie, bajo arcos de herradura y de medio punto que se apoyan en columnas cuyos capiteles son de tema vegetal muy estilizado. Los personajes están de frente, pero sus cabezas y sus manos adoptan distintas posiciones, dando así la impresión de movimiento.
Sobre la parte llana de la cubierta, en el centro, hay otra placa representando la escena apocalíptica del Cordero, con tres patas sobre el libro de los siete sellos y la cuarta sujetando una cruz patada de tradición visigoda. A su alrededor y en cada ángulo están representados los símbolos del Tetramorfos. Los cuatro símbolos son seres alados. En los extremos de la tapa las placas tienen forma de triángulo en los que se representa la simbología de los cuatro ríos del Paraíso. Los personajes simbólicos van vestidos con clámide y en su mano llevan un cántaro por el que se derrama el agua.

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Otras piezas destacadas en el Museo de la Colegiata
El museo de la Colegiata de San Isidoro, además de las obras excepcionales de orfebrería y esmaltes de los siglos XI y XII, conserva otras obras de distintas épocas históricas.
Cáliz de Santo Domingo
Fue utilizado en la liturgia como cáliz ministerial, destinado a distribuir la comunión acompañada del vino consagrado, motivo por el que tiene un gran tamaño. Está realizado en plata sobredorada y toda su superficie está decorada. La copa y el pie son dos medias esferas unidas por un astil cilíndrico con un nudo o empuñadura central de forma esférica. La decoración en la copa y en la base tienen la misma composición, realizada por una arquería constituida por doce arcos en forma de herradura que apoyan en pilares y en cuyo interior cobijan una gota de plata a la que se añade una hoja esquematizada en las arcadas del pie del cáliz. En el listón que bordea la semiesfera de la base lleva una inscripción que indica que fue realizado por el abad Domingo en honor a San Sebastián. El cáliz fue realizado en el taller monástico y está datado entre 1041 y 1073.
Patena del Santo
Se la llama “patena del Santo” porque se utiliza con el cáliz del Santo, pero su datación es posterior al año 1440. El ancho borde de la patena está decorado con filigrana de motivos ondulados y un conjunto de cabujones o piedras preciosas de distinto tamaño. Hay cuatro grandes cabujones formando una cruz y entre ellos otros ocho de menor tamaño, lo que hace un total de treinta y dos piedras reutilizadas de obras anteriores. Destaca el camafeo principal realizado en ágata de época romana bajo imperial - entre fines del siglo III y siglo V d.C.- que representa un rostro femenino de perfil.
Paloma y Cabeza Femenina
Estas dos piezas están unidas, según las referencias históricas, por su función y simbolismo. En el catálogo de reliquias del siglo XV del monasterio se refiere que existió una corona votiva, formada, entre otras piezas, por “una paloma que está en sommo de la cabeza”. De sus hipotéticos componentes se conservan una cabeza femenina y una paloma eucarística. La cabeza de época romana está realizada en bronce. La Paloma Eucarística se denomina de esta forma por tener en su dorso un receptáculo, con puertecilla, donde se guardaba la Forma Eucarística. En el siglo XV ya no tenía esa función y según el citado inventario contenía varias reliquias. Está realizada en plata dorada, fundida en una pieza excepto la cabeza, con el plumaje cincelado y grabado.
Báculo de Abad
Es símbolo del poder espiritual y jurisdiccional del Abad de Silos. Está ejecutado en cobre dorado, grabado, tallado y esmaltado. Fue hallado en la excavación arqueológica realizada en 1960 de la tumba del Abad Juan Gutierrez II (muerto hacia 1198). La voluta del báculo está decorada con escamas y anillos de plata nielada y termina en una cabeza de dragón que conserva en uno de sus ojos un aplique de lapislázuli.

Historia y Contexto de la Colegiata
La Real Colegiata de San Isidoro de León se asienta en el ángulo noroeste interior de la muralla romana de la ciudad de León. Todo el subsuelo de la colegiata es romano, con gruesos muros de ladrillo soterrados, alcantarillas abovedadas, atarjeas de láteres con el sello de la Legión VII, tégulas, cerámica. No queda ningún vestigio ni constancia del período visigótico, tampoco del árabe, ni de los dos primeros siglos cristianos de la Reconquista.
Es a partir de mediados del siglo X cuando comienzan a aparecer las referencias cronísticas y documentales a las iglesias de San Juan y San Pelayo. Según la historiografía antigua, el rey leonés Sancho el Gordo (956-966) mandó levantar un templo en honor de San Pelayo para recoger los restos del niño mártir. Su hermana Elvira, monja en el monasterio leonés de Palaz del Rey, y la reina madre viuda fueron las que consiguieron la entrega de los restos del niño Pelayo y los depositaron en la nueva iglesia. Las primeras noticias sobre el traslado de los restos de San Pelayo de Córdoba a León nos las proporciona el cronista Sampiro que escribía su crónica unos cincuenta años después.
Hacia 988 avanzó sobre León Almanzor con sus tropas y destruyó la ciudad. A comienzos del siglo XI ocupa el trono legionense Alfonso V, que trató de reconstruir la ciudad de León. Entre las tempranas reconstrucciones de este rey se cuentan el monasterio de San Pelayo y la iglesia de San Juan, al que trasladó casi todos los cuerpos de los reyes leoneses, sus antecesores, junto con los de sus padres, Vermudo II y Elvira.
Doña Sancha, la hija de Alfonso V, ingresó muy joven en el monasterio de San Pelayo ejerciendo como abadesa y domina del Infantado. Cuando en 1037, casada con el conde-rey de Castilla, Fernando Sánchez de Navarra, heredó el Reino de León, trató de engrandecer el monasterio de San Pelayo y convenció a su esposo Fernando para que éste eligiera para su sepultura el Panteón que ya había erigido en la iglesia leonesa de San Juan su suegro Alfonso V. Fernando I ordenó tirar la iglesia de su suegro Alfonso V, construida de pobres materiales, y levantar un nuevo templo y el contiguo Panteón de sillares, introduciendo por primera vez en sus reinos el arte románico.
Para mayor dignidad de la iglesia de San Juan, que quedó constituida en iglesia palatina, procuró dotarla de reliquias insignes. Así hizo trasladar desde Sevilla el cuerpo de San Isidoro, Doctor de las Españas, celebrando con grandes solemnidades la consagración de la iglesia y la fiesta de la traslación (21-22 de diciembre de 1063). El monasterio de San Pelayo y la iglesia de San Juan cambiaron su titularidad por la de San Isidoro, nombre con el que se conoce todo el complejo hasta el día de hoy.
El Panteón de Reyes: "Capilla Sixtina del Románico"
El Panteón de Reyes es el pórtico o nártex pegado al muro occidental de la iglesia de Fernando y Sancha con la que se comunicaba por una puerta con arco de medio punto, tímpano liso, columna con su capitel por cada banda. La planta del Panteón es sensiblemente cuadrada, de unos 8 m de lado, la mitad de la iglesia a la que servía. En el centro del Panteón, dos recias y achaparradas columnas exentas de fustes monolíticos de mármol sostienen siete arcos sencillos de medio punto, peraltados los laterales; queda así dividido el volumen en tres naves y seis bóvedas. Las bóvedas, todas ellas esquifadas, están construidas de piedra toba.
La labor escultórica del cementerio real se limita a la colección espléndida de sus veintiún capiteles que, con sus diecisiete gemelos del pórtico que lo rodea, forman una de las más célebres colecciones del románico primitivo. Dos sorprendentes capiteles son los de las columnas de la puerta de ingreso a la iglesia. Parece que son los primeros en el románico español con historias del Evangelio. El de la izquierda reproduce la Resurrección de Lázaro, y el capitel de la derecha va dedicado a la curación del leproso.

Manuscrito del Corán sobre Piel de Cordero
Un ejemplar notable, que exhibe la Universidad inglesa de Birmingham, es un trozo del libro sagrado del Islam sobre piel de cordero de la época del profeta (siglo VII). Las pruebas del Carbono 14 datan el pergamino -de piel de cordero o cabra- entre los años 568 y 645, lo que lo hace contemporáneo a la época en que vivió Mahoma, entre 570 y 632. El profeta recibió la revelación del texto sagrado entre los años 610 y 632, fecha de su muerte. Según esto, el manuscrito podría ser uno de los fragmentos más antiguos del Corán que se conservan.
El profesor David Thomas, especializado en Cristianismo e Islam en la Universidad de Birmingham, baraja la posibilidad de que "la persona que los hubiera escrito podría haber sido coetáneo de Mahoma, le hubiera visto predicar o le hubiera conocido incluso personalmente". Si esto fuera así, podría haber sido uno de los Sahaba al Nabi (compañeros del profeta), su círculo más cercano y la generación que se convirtió en transmisora de las revelaciones y los dichos del profeta.
Sin embargo, hay que precisar que el hecho de que el pergamino date de esas fechas no significa que lo que está escrito en él corresponda también a la misma época. "Los pergaminos eran un material escaso y muy preciado, por lo que se lavaban para volverlos a utilizar. Hay que tener cautela: puede que la escritura sea contemporánea al pergamino, puede que sea posterior", explica Juan Pablo Arias, profesor de la Escuela de Traductores de Toledo.
Los folios del manuscrito presentan separaciones entre azoras y aleyas, lo que también hace sospechar a los expertos de que su escritura sea posterior al pergamino, posterior a la época en la que predicó Mahoma. El Corán como libro no quedó fijado hasta 650, unos 20 años después de la muerte del profeta. Todos estos fragmentos fueron recopilados en lo que se conoce como vulgata, por orden de Uzmán ibn Affan, yerno del profeta y convertido en el tercer califa en 644. Zabit se encargó de reunir, ordenar y redactar los 114 capítulos o azoras durante el resto de su existencia. Murió en 655.
Según la tradición musulmana -y la teoría más aceptada por los investigadores-, el Corán ha permanecido inmutable a través de los siglos, desde los primeros días del islam. Por tanto, el Corán tal y como existe hoy es un texto fijado en el siglo VII. Y el fragmento de Birmingham corrobora esta teoría: "El Corán que leemos hoy se parece mucho al que existía en tiempos del profeta", afirma Arias.
