La frase "Mami cómprame chicharrones" evoca una imagen de cotidianidad y tradición. Aunque el origen directo de esta expresión no se encuentra explícitamente detallado en los documentos históricos que exploran la conquista y la vida colonial en Perú, podemos inferir su significado y relevancia a través de la rica historia cultural del país. Los "chicharrones" como platillo, y las dinámicas sociales de la época, nos permiten contextualizar el posible uso y la importancia de este tipo de demandas en el seno familiar.

El Contexto Histórico: Conquista y Sociedad
Para entender cualquier expresión cultural en Perú, es fundamental remontarse a los tiempos de la conquista. La llegada de los españoles al territorio incaico marcó un antes y un después en la configuración social y cultural. Personajes como Francisco Pizarro, cuya figura histórica ha sido objeto de variadas y contradictorias opiniones, fueron centrales en este proceso.
Francisco Pizarro: Analfabetismo y Linaje
Sobre Pizarro, se ha debatido si sabía o no escribir. Cronistas sesudos y minuciosos aseveran que ni aun conoció la O por redonda. Así se ha generalizado la anécdota de que, estando Atahualpa en la prisión de Cajamarca, uno de los soldados que lo custodiaban le escribió en la uña la palabra Dios. El prisionero mostraba lo escrito a cuantos lo visitaban, y hallando que todos, excepto Pizarro, acertaban a descifrar de corrido los signos, tuvo desde ese instante en menos al jefe de la conquista, y lo consideró inferior al último de los españoles. Lo que sí está para nosotros fuera de duda, como lo está para el ilustre Quintana, es que don Francisco Pizarro no supo escribir, por mucho que la opinión de sus contemporáneos no ande uniforme en este punto. Los documentos que de Pizarro he visto en la biblioteca de Lima, sección de manuscritos, tienen todos las dos rúbricas. En unos se lee Franx.º Piçarro, y en muy pocos El marqués. En el Archivo general de Indias, establecido en la que fue Casa de Contratación en Sevilla, hay varias cartas en las que, como en los documentos que poseemos en Lima, se reconoce, hasta por el menos entendido en paleografía, que la letra de la firma es, a veces, de la misma mano del pendolista o amanuense que escribió el cuerpo del documento.

Don Francisco Pizarro no fue marqués de los Atavillos ni marqués de los Charcas, como con variedad lo llaman muchísimos escritores. Piferrer en su Nobiliario español dice que, según los genealogistas, era muy antiguo e ilustre el linaje de los Pizarros; que algunos de ese apellido se distinguieron con Pelayo en Covadonga, y que luego sus descendientes se avecindaron en Aragón, Navarra y Extremadura. Y concluye estampando que las armas del linaje de los Pizarros son: «escudo de oro y un pino con piñas de oro, acompañado de dos lobos empinantes al mismo y de dos pizarras al pie del tronco». Sabido es que Pizarro tuvo en doña Angelina, hija de Atahualpa, un niño a quien se bautizó con el nombre de Francisco, el que murió antes de cumplir quince años. Por cédula real y sin que hubiera mediado matrimonio con doña Angelina o doña Inés, fueron declarados legítimos los hijos de Pizarro.
El Estandarte de Pizarro y la Simbología
El pueblo de Lima dio impropiamente en llamar a un estandarte la bandera de Pizarro, y sin examen aceptó que ese fue el pendón de guerra que los españoles trajeron para la conquista. Jurada en 1521 la independencia del Perú, el Cabildo de Lima pasó al generalísimo don José de San Martín un oficio, por el cual la ciudad le hacía el obsequio del estandarte de Pizarro. Poco antes de morir en Bologne, este prohombre de la revolución americana hizo testamento, devolviendo a Lima la obsequiada bandera. La bandera que nosotros vimos tenía, no las armas de España, sino las que Carlos V acordó a la ciudad por real cédula de 7 de diciembre de 1537, y encima de ellas una estrella de oro cuyas puntas tocaban las coronas. Por orla, en campo colorado, se leía este mote en letras de oro: Hoc signum vere regum est. Por timbre y divisa dos águilas negras con corona de oro, una J y una K (primeras letras de Karolus y Juana, los monarcas), y encima de estas letras una estrella de oro. El estandarte que en esa ocasión llevaba su alférez Jerónimo Aliaga era de la forma que la gente de iglesia llama gonfalón. Cuando Pizarro salió del Cuzco (para pasar al valle de Jauja y fundar la ciudad de Lima) no lo hizo en son de guerra, y dejó depositada su bandera o gonfalón en el templo del Sol, convertido ya en catedral cristiana. Civiles de los conquistadores, ni almagristas ni gonzalistas ni gironistas ni realistas se atrevieron a llevarlo a los combates, y permaneció como objeto sagrado en un altar.

El Asesinato de Atahualpa y sus Consecuencias
El inca Titu-Atauchi, hermano de Atahualpa, se dirigía a Cajamarca con gran comitiva de indios cargados de oro y plata para aumentar el tesoro del rescate, cuando tuvo noticia de que el 29 de agosto de 1533 habían los españoles dado muerte al soberano. Vistos emprendieron su marcha al Cuzco, sosteniendo combate diario con las tropas de Quizquiz. Dice la historia que en el simulacro de juicio que se inició y feneció en un día para asesinar a Atahualpa, tuvo éste muchos que abogaron por su vida; y es opinión uniforme que a haber estado presente en Cajamarca el ilustre Hernando de Soto, no se habría manchado la conquista con tan inicuo como estéril crimen. De los veinticuatro jueces de Atahualpa, sólo trece lo condenaron a muerte. Los once que se negaron a firmar la sentencia son dignos de que consignemos sus nombres, en homenaje a su honrada conducta: Haro, Francisco de Fuentes, Diego de Chávez, Francisco Moscoso, Alfonso Dávila y Pedro de Ayala.
El JUICIO a ATAHUALPA EXPLICADO: Delitos y Sentencia
La Venganza de Titu-Atauchi
Titu-Atauchi no sólo conocía los nombres de los que con su voto habían autorizado la muerte del inca, sino de aquellos que como Juan de Rada lo habían defendido, exponiéndose a caer en desgracia cerca de Pizarro. Titu-Atauchi había jurado vengar la sangre de su hermano en el primero de sus verdugos que tomara prisionero. Había además ofrecido grandes recompensas al que le entregara la persona de Felipillo, el infame indezuelo que sirvió de intérprete a las españoles, y que por vengarse de los desdenes de una de las mujeres de Atahualpa, influyó con chismes en el ánimo de los principales capitanes para que condenasen al soberano.
Una tarde, ciento cincuenta españoles, mandados por Francisco de Chávez, cubrían la retaguardia de Pizarro. Detenidos por una tempestad, acamparon a cinco leguas de distancia del grueso de sus compañeros. De repente se encontraron atacados por seis mil indios. Titu-Atauchi se informó de los nombres de los prisioneros, platicó afectuosamente con los principales, hizo asistir con esmero a los heridos, y cuando éstos se hallaron fuera de peligro, tuvo la nobleza de ponerlos en libertad, dándoles así escolta de indios que en hombros los condujesen hasta las inmediaciones del Cuzco. En los momentos de despedirse del joven inca notó Francisco de Chávez que faltaba uno de los trece prisioneros. ¡Ah! ¿Quién era ese español escogido para víctima expiatoria? Sancho de Cuéllar era, y con justicia, muy querido de don Francisco Pizarro. Los indios conservaban el garrote que sirvió para el suplicio de su monarca, y llamábanlo el palo maldito.

Las Guerras Civiles y la Desestabilización
La inestabilidad continuó con las guerras civiles entre los conquistadores. Hasta hace poco más de veinte años, veíanse en la plaza Mayor de Lima dos cruces de madera incrustadas en la pared. Una de ellas estaba sobre el arco del portal que conduce al callejón de Petateros. Desde entonces se colocó la cruz a que nos hemos referido y que algún arquitecto o albañil de este siglo progresista y enemigo de antiguallas, ignorando la historia que con ella se relaciona, hizo desaparecer.
La Rebelión de Gonzalo Pizarro
Vino al cabo la noticia de hallarse en Panamá el licenciado La Gasca con plenos poderes del monarca para meter en vereda a los bochincheros de estos reinos. Entonces Vela Núñez pensó, no en tomar las armas contra Gonzalo, sino en burlar la vigilancia de éste y escaparse para España; que harto estaba el general de aventuras, peligros y desengaños. Junto con Vela Núñez debía marchar el capitán Bernardino de Loayza, que había intentado en Huánuco alzar bandera por el rey, y que malograda su empresa, no tuvo otro recurso que venirse a Lima y tomar asilo en el convento franciscano. Todo estaba ya listo para la escapatoria; pero en la mañana del día para ella señalado, tuvo minucioso aviso Gonzalo Pizarro y... ¡adiós mi plata! El capitán Juan de Latorre y Villegas, conocido más generalmente por el Madrileño, fue uno de aquellos desalmados que en Iñaquito ultrajaron el cadáver del virrey. El Madrileño llevó su ferocidad hasta el punto de arrancar algunos pelos de la barba y bigote del muerto y adornar con ellos el escudo de su chambergo. En las ruinas de Pachacamac tuvo este pícaro la buena suerte de descubrir una riquísima huaca, de la cual sacó en metales y piedras preciosas un tesoro que se estimó en ochenta mil duros. Gonzalo Pizarro, en nombre de la corona, le reclamó los quintos; pero negose el Madrileño a satisfacerlos y entabló querella ante el trampantojo de Audiencia que por entonces había. Gran amigo era el capitán Villegas del guardián de San Francisco, y fuese a él un día, y pidiole consejo sobre la manera de fugar de Lima y llevarse a España el tesoro. Su padre, el anciano de la isla del Gallo, al recibir la noticia del desastroso fin del rebelde mancebo, la festejó paseando por las calles de Arequipa embozado en una capa roja.
Hallábanse en ese momento con Gonzalo el oidor Cepeda, el capitán Gaspar Mejía y el alguacil mayor Antonio de Robles. Llamábase éste Baltasar de Loayza; había sido gran partidario del virrey, y más que de sus deberes eclesiásticos habíase ocupado siempre de cosas políticas y mundanas. El capitán Juan de Latorre y Villegas fue hijo de uno de los trece famosos compañeros de Pizarro en la isla del Gallo, a quienes la reina doña Juana agració con el título de caballeros de espuela dorada. En el suplicio de Gonzalo encontraron a Latorre oculto en una cueva y La Gasca lo mandó ahorcar. La víspera de Corpus Christi del año 1547, Diego Centeno se presentó con los suyos a una milla del Cuzco. Algunos dirán que en aquellos tiempos, en que tigres y lobos se devoraban sin piedad, no era difícil pronosticarle a un hombre de guerra que acabaría desastrosamente; pues tal fue el fin de dos tercios por lo menos de los conquistadores.
Guayaquil y la Identidad Costeña
Por los años de 1560 era Guayaquil, aunque fundada en 1536, una de las más florecientes ciudades de la costa del Pacífico. Guayaquil, con la única aduana productiva del Ecuador, es la gran arteria que alimenta la vida de la nación. Los habitantes, en medio de esa indolencia inherente a los moradores de regiones cálidas, no carecen de vigor físico. La inteligencia de los hombres es generalmente menos clara que la del bello sexo. Grandes talentos, como el poeta Olmedo, don Pedro Carbo, don Vicente Piedrahita y muy pocos más. No busquéis en Guayaquil segundas ni terceras lanzas; perderíais lastimosamente vuestro tiempo. Allí no hay sino primeras lanzas.

La Mujer Guayaquileña
La guayaquileña tiene la belleza del diablo; cuerpo gentil, ojos animadísimos, expresión graciosa, no poco arte y vivísima fantasía. En ella hay mucho de la mujer de Oriente. Ama las flores más que una holandesa; pero por pereza jamás cultiva un jardín. Nadie como ella tiene cierta coquetería instintiva para prender una flor en el peinado. Olvidaba decir que el jazmín del Cabo es allí el complemento de la mujer. La guayaquileña aborrece las medianías. Ama los buenos versos y la buena música. Byron y Bellini habrían hallado en Guayaquil su paraíso. Sobre todo, es abnegada y odia la prosa de los números. Para ella las matemáticas maldita la falta que hacen sobre la tierra, y se apasiona por todo lo romancesco. Precisamente lo poético de su organización la hace creer en todo lo maravilloso y sobrenatural, como el espiritismo o las mesitas parlantes.
Tuturuto: Un Pirata en la Costa
Cuando los balseros creían haber escapado, se les aparecía, saliendo de un estero, el bote pirata de Tuturuto que, como un fantástico Neptuno, iba de pie junto al timón, mientras seis vigorosos remeros hacían deslizarse rápidamente la embarcación sobre la superficie del agua. Tuturuto tenía pretensiones de sultán. Si en la embarcación sorprendida encontraba mujeres jóvenes las hacía prisioneras, llevándolas al monte, donde las conservaba, haciendo las delicias de su serrallo, hasta que nuevas cautivas venían a reemplazarlas. En vano la autoridad dispuso batidas en el monte y armó celadas en el río. Pero tanto va el cántaro a la fuente, hasta que sale sin asa. Una de las cautivas de Tuturuto, con humos de sultana favorita, le clavó un día tan soberbia puñalada en el corazón que lo dejó difunto, y la banda, sin jefe que la dominase, se dispersó por el monte. Lo particular es que realmente se vio la balsa iluminada y que aun en nuestros días se la ve.
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