Durante mucho tiempo, comer en un gran recinto no era lo más apetecible del mundo. Daba igual si hablabas de un pabellón, un estadio... La comida solía estar ahí para cumplir y acompañar más bien a la bebida. Algo rápido antes del concierto, algo funcional durante el partido, algo sin demasiada complicación para salir del paso. Por eso, lo que está ocurriendo en el Roig Arena tiene algo de excepcional y bastante de declaración de intenciones.
Aquí, la restauración no aparece como un añadido ni como un mal necesario, sino como una parte central del proyecto, casi como otra forma de contar Valencia. Ese es seguramente uno de los rasgos más interesantes del recinto impulsado por Juan Roig, presidente de Mercadona, y financiado íntegramente con su patrimonio personal a través de una inversión de 400 millones de euros. Se acabó el comer mal cuando se va de concierto o a ver deportes.
Más allá de la magnitud del proyecto, de sus cifras o de su ambición como gran infraestructura para conciertos, deporte y eventos corporativos, lo que llama la atención es cómo se ha querido levantar un nuevo lugar pensado para ser vivido más allá del propio espectáculo. No solo ir a ver qué pasa dentro, sino llegar antes, quedarse después, cenar, picar algo, enseñar el sitio a alguien de fuera o incluso ir un día cualquiera sin entrada para ningún evento.

La visión gastronómica de Miguel Martí
Miguel Martí, al frente de la dirección gastronómica del proyecto, lo resume de una forma bastante clara cuando cuenta cómo empezó todo. “Nos dimos cuenta de que en todas las arenas se hacía lo mismo”, me explica. “Veías hamburguesas, costillas, pizzas, perritos calientes… y dijimos: nosotros estamos haciendo una arena en Valencia, esto tiene que tener identidad propia. Queremos que cuando la gente venga sepa que ha estado en Valencia”. Esa idea, que parece tan lógica dicha así, es en realidad la base de todo lo que han conseguido, una propuesta pensada para funcionar a gran escala, sí, pero sin renunciar a una personalidad muy local.
Poble Nou: El Alma Valenciana de Roig Arena
La oferta se articula en tres grandes espacios, cada uno diferente. Está Poble Nou, el restaurante más estructurado y el que lleva más lejos el discurso de cocina valenciana contemporánea. Poble Nou es probablemente el mejor ejemplo de esa voluntad. Ubicado en el segundo anillo y con vistas directas a la pista, este restaurante se presenta como un homenaje a la ciudad, al producto y a la cultura del arroz. ¿Su lema? Km 0, fuego y origen.
“Cuando les dijimos a los arquitectos e ingenieros que queríamos hacer paellas a leña dentro de la arena, claro, hubo un momento de tensión”, recuerda entre risas. “Pero para nosotros era importante, porque es una cosa tradicional nuestra”. Así que en vez de optar por sistemas más cómodos, se liaron la manta a coll (la manta a la cabeza), como dice la popular canción valenciana.

La Carta de Poble Nou: Un Viaje por la Terreta
La carta de Poble Nou refuerza esa intención desde el principio, con una propuesta con muchos clásicos del picoteo y de la Terreta, como un esgarraet con bacalao ahumado, una sepia cocida a baja temperatura servida con tres mayonesas, la ensaladilla con láminas de atún Balfegó o un brioche de mantequilla con tartar de vaca madurada y yema curada.
El momento fuerte llega, claro, con los arroces y fideuàs. Hay una amplia variedad de arroces para satisfacer todos los gustos, con un mínimo de dos raciones por pedido y solo un tipo de arroz por mesa.
Selección de Arroces y Fideuàs:
- Arroz de marisco (27,95 €/ración): Gamba roja, calamar y alcachofas confitadas.
- Paella valenciana deshuesada (23,95 €/ración): Alitas deshuesadas, picaña de pato a la brasa, garrofón, roget y tirabeques.
- Arroz de cocido (24,95 €/ración): Pelota, tataki de presa Joselito a la brasa, calabaza asada, manitas y blanquet.
- Arroz de verduras (25 €/ración).
- Fideuá de marisco (27,95 €/ración): Gamba roja, calamar y alcachofas confitadas.
- Fideuá de cocido (24,95 €/ración): Pelota, tataki de presa Joselito a la brasa, calabaza asada, manitas y blanquet.

Paella Valenciana a leña | Receta express
Martí insiste mucho en eso de la experiencia compartida, en el hecho de que el arroz llegue al centro de la mesa y forme parte de una forma de comer muy nuestra. “Intentamos que todas las picaditas sean muy típicas, muy de aquí. Que la experiencia tenga sentido, que las cosas sepan a lo que tienen que saber”.
También en los postres aparece esa mezcla entre memoria y actualización. Nos habla de un helado artesanal de leche merengada y de una versión revisada del pijama, ese postre de bodas y celebraciones de otra época que aquí reaparece afinado. “El restaurante no está todos los días lleno, está lo siguiente. Es una locura”, cuenta Martí. “Y lo bonito es que hay gente que viene un día, le gusta, y a la semana siguiente vuelve con amigos o con alguien de fuera para enseñarlo”. Esa figura del comensal que se convierte en prescriptor, casi en “evangelista”, como él mismo dice, es seguramente una de las mejores pruebas de que el proyecto está funcionando más allá del reclamo inicial.
Ultramarinos Roig: Un Homenaje a los Orígenes
Por su parte, Ultramarinos Roig se mueve en otro registro. Más relajado, más cotidiano. Pero no por eso menos cargado de relato. De hecho, aquí se concentra uno de los detalles más significativos del proyecto, porque este espacio conecta directamente con los orígenes de la familia Roig. “La carnicería empezó siendo ultramarinos porque empezaron a vender latas de tomate y de ahí nace Mercadona”, explica Martí. “Era como volver al origen y preguntarnos qué habría pasado si hoy aquello hubiera evolucionado”.

La gracia de este espacio es que quiere convertirse en una especie de casa de comidas contemporánea donde caben los platos del día, el desayuno, el almuerzo, el aperitivo y ese picoteo previo a un concierto que normalmente acaba resolviéndose de cualquier manera. Aquí, en cambio, la carta juega a favor.
Hay bravas con all i oli, torreznos, conservas, salazones, encurtidos, croquetas, tortillas, bocatitas y mini burgers, pero también un repertorio de cocas que hay que mencionar sí o sí. Sobre todo porque la masa viene de Pont Sec, el proyecto de Pep Romany en Dénia. “La masa es de Pont Sec. Ellos nos la hacen y nosotros la actualizamos”, nos cuenta.
El Mercat: Comida Variada para Todos los Gustos
Alrededor de los dos anteriores, aparecen otras propuestas que permiten esa transversalidad de la que hablan. Puedes ir a por algo muy valenciano, puedes pedirte un bocado más informal, puedes hacer una comida rápida o montarte casi una merienda cena con varias cosas al centro. Y precisamente para todos los gustos está pensado El Mercat, quizá la parte más abierta y más híbrida del proyecto.

Se trata de un gastromarket con terraza y comedor compartido donde conviven varios conceptos y que, en lugar de resolver lo fácil con las cadenas internacionales de siempre, ha optado por un mapa de propuestas que mira más al entorno. “Lo fácil era poner un par de cadenas y ya está”, admite Martí. “Pero decidimos que fuera todo de empresas de aquí”. El resultado es un espacio donde caben pizza y cocas, pollo, hamburguesas, dulce, propuestas de street food o algún operador más cambiante, dependiendo del momento. La idea con todo esto es que tanto el fan, como el que va allí a comer, tenga opciones, que la experiencia sea versátil y que incluso en el formato rápido haya un cierto cuidado.
Un Espacio que "Hace Ciudad"
Martí insiste en que este tipo de equipamientos “hacen ciudad” porque atraen a gente que antes tenía que desplazarse a Madrid, Barcelona o fuera de España para vivir ciertas experiencias. Ahora, en cambio, Valencia cuenta con una infraestructura capaz de traer conciertos, eventos deportivos y perfiles de público que quizá antes no la tenían en el radar de la misma manera. Y si esa gente llega antes, cena, se queda después, duerme en un hotel o vuelve otro día solo para comer, el impacto va mucho más allá del espectáculo.
“Estamos viendo reservas de gente de Cuenca, de Albacete, de todas partes...”, cuenta. “Gente que viene a la experiencia”. Esa idea habla de una nueva forma de entender estos grandes recintos no solo como contenedores de ocio, sino como motores urbanos. Lugares que generan desplazamientos, consumo, conversación y hasta orgullo local. “Los valencianos teníamos que irnos fuera para ver ciertas cosas. Ahora lo tenemos aquí”.
A diferencia de muchas arenas levantadas en la periferia o directamente aisladas de la vida urbana, esta está integrada en la ciudad y conectada de forma bastante natural con su entorno. “La mayoría de las arenas que hemos visto por el mundo están cerradas. Esta es una arena abierta a la ciudad”, dicen. En un clima como el valenciano, esa apertura se traduce en terrazas, circulación fluida, posibilidad de entrar y salir... Por lo que se ha convertido en un punto de encuentro.
“Hay un boom de estos centros porque traen turismo, traen actividad, generan ciudad”, dice Martí. “Y, además, en este caso ha habido la generosidad de Juan Roig de hacer una inversión muy fuerte y dársela a la ciudad con todos los medios”. En apenas unos meses de funcionamiento, el recinto ha rozado el millón de visitantes. Y eso, más allá de la cifra, significa una cosa bastante concreta, que la gente lo está incorporando a su vida y que esto no ha hecho más que empezar.