El arte de la cocina relacional: Las lentejas y el legado femenino

La cocina es mucho más que un lugar donde se preparan alimentos; es un espacio de relaciones, memorias y afectos. Es un ámbito donde se entretejen historias familiares, se transmiten saberes y se celebra la vida. En este artículo, nos adentraremos en el fascinante mundo de la cocina relacional, explorando cómo los gestos cotidianos, como la preparación de unas lentejas, pueden convertirse en poderosos símbolos de conexión y cuidado.

Las sobras de la felicidad: Un legado de amor y conciencia

Las sobras de comida, lejos de ser un mero desperdicio, representan un tesoro en la cocina. Mi madre, a menudo, me las guardaba para que me las merendara al volver del colegio, un gesto que me brindaba una inmensa felicidad. No hay guiso de mi madre del que no sobre comida para sus hijas, para ella misma al día siguiente o para la vecina.

Las sobras nos hablan de estar con conciencia, del arte de guardar, de pensar en la otra mientras se cocina, de compartir y de tener presencia en la cocina en relación con el mundo. Presencia y relación son ingredientes esenciales de la política del don, de la política de las madres, de la que, como madre, me nutro. Las sobras representan también el máximo de confianza entre mujeres. Volver a casa de mi madre o de mis hermanas, y de niña a la de mi tía materna, y saber que puedo abrir los armarios, el horno o la nevera para ver si les quedó algo (ese tesoro entre dos platos, uno encima de otro), es mi manera de echar raíces en sus casas, que son un poco nuestras. Así nos vamos enraizando en el mundo entero.

A las mujeres nos cuesta mucho tirar la comida. No solo por el dinero, que también, sino sobre todo por el esfuerzo, el cariño y la dedicación que acompañan a cada guiso. Nos sustraemos así a ese doble sinsentido de comprar y tirar compulsivamente, que tanto daño está haciendo a la madre-tierra. Las mujeres civilizamos el mundo mediante muchas resistencias, y las sobras lo son al desperdicio y a la ausencia de autoridad en la cocina. Preferimos conservar y, cuando podemos y deseamos, inventar, crear, recrear, reciclar un pollo frito con un pisto, unos macarrones con una tortilla, incluso un arroz con unas croquetas.

Con “las sobras de la felicidad” también quiero adentrarme en un lugar oscuro y doloroso, que tiene que ver con la dificultad que durante años encontramos mi madre y yo en nuestra relación, a la que parecía bastarle solo las sobras de una felicidad que cada una buscaba por su lado y que no llegaba. La cocina entonces se volvió triste, opaca, fría... por suerte, estamos aprendiendo a recalentarla al baño María.

Mujer cocinando con niños en la cocina

Las Tres Madres: El origen de la cocina relacional

La primera imagen que recuerdo es la de la cocina de mi infancia, donde están mi abuela, mi madre y yo, pequeñísima: las tres en la relación genealógica de las Tres Madres. Ahí empezó mi sentir la cocina como un espacio relacional. De esa primera experiencia he llevado siempre en mí y conmigo una primera imagen/experiencia: el "altercado" que crece sobre un deseo compartido que se pasan de una a otra las generaciones de mujeres. De ahí nace la cocina relacional. Cocinar es también, para mí, un vínculo de doble filo entre el nutrir y la pasión. La pasión aporta un plus a la ya noble acción de alimentar, obra femenina de civilización. Considero la autoridad el ingrediente indispensable para la elaboración del alimento, tanto en las grandes cocinas como en las pequeñas, en las de la amistad: aprender a hablar y a cocinar son obras de la relación materna.

La arquitectura de la cocina y el vínculo entre el dolor y la cocina

También hablaré de la arquitectura de la cocina, concretamente de las aportaciones de las arquitectas y del proyecto de mis cocinas. Finalmente, del vínculo entre el dolor y la cocina: cocinar como modo de sustraerse del dolor y de ganar resistencia: elaborar y ofrecer alimento como fuerza y potencia contra el dolor que debilita y anula.

“La Cultura que Vive en la Cocina”

Mi madre y las lentejas: Poesía, memoria y sabores

La poesía sostiene una continuidad insospechada entre la lengua y la acción humana. Darle voz, cantarla a viva voz - fuera del libro - devuelve a la poesía a su verdadero ámbito: el de la escucha y las relaciones. Cantar o recitar poesía forma parte de una acción antigua y relacional que más mujeres que hombres han llevado a cabo en los templos y en los campos, en las calles y en las casas, en los zocos y en los pozos. También se trata de una acción que pone en marcha un movimiento que interesa: el de las palabras y la música que estas traen consigo bajo la gracia del timbre y la voz de quien canta, movimiento que también actúa sobre quienes se acercan a escuchar.

«Mi madre y las lentejas» es una propuesta de canto y escucha de poemas de poetas españolas del siglo XX que han puesto en juego la relación con la madre a través de la memoria, los sabores y los saberes de la cocina. Matria chica y gigante que algunas poetas han recogido recordando recetas, propiedades, hechizos, olores y experiencias que atan los sabores a los saberes, los saberes a los cuerpos y a la madre. Este recital tuvo lugar en la Sala La Cuina. Centre de cultura de dones Francesca Bonnemaison.

Ilustración de un plato de lentejas humeantes

Lentejas en kamado: Tradición y sabor potenciado

Las lentejas son un alimento saludable que conviene incluir en la dieta habitual, ya que tienen gran cantidad de proteína vegetal y hierro. Son perfectas para entrar en calor en un día de frío y para disfrutar del sabor de un buen plato de cuchara tradicional. La ventaja de cocinar unas lentejas en el kamado es que tendrán un sabor bastante más potente que las cocinadas simplemente al fuego. Y es que el kamado no solo permite disfrutar de un buen asado, sino también de pequeños placeres como este guiso tan tradicional.

Siempre recomiendo utilizar productos de calidad para que la receta tenga un sabor insuperable. En este caso, las lentejas me las han proporcionado Garbanzos de Daganzo, unos agricultores que proporcionan legumbres naturales de excelente calidad. Los productos cárnicos son de Bienastur, y dado el buen resultado que me dieron al cocinar aquella fabada, tenía muchas ganas de probarlos en este guiso para kamado.

Preparación de las lentejas en kamado

  1. He dejado las lentejas reposando en agua la noche anterior para que se hidraten.
  2. Después, he encendido el kamado. Es importante utilizar un carbón de calidad para obtener el mejor resultado final posible en el cocinado.
  3. Las lentejas se harán en una olla de barro, que le dará un toque de sabor maravilloso a esta receta. Esta olla hecha de barro de Pereruela de Alfarería Marisol es uno de mis productos favoritos y me dio un resultado excelente cuando cociné el caldo de pollo. También es perfecta para que las lentejas queden en su punto.
  4. A partir de ahí, hay que colocar encima las lentejas pardinas, y encima de ellas las verduras. He cortado la cebolla en dos trozos, porque así quien quiera las puede retirar y triturar para engordar el caldo, o puede dejarlas en el guiso para que se puedan comer. Los dos dientes de ajo van sin pelar, para poderlos rescatar luego. La patata se coloca troceada para que se pueda comer.
  5. A este guiso para kamado se le puede añadir un toque extra de sabor si se añaden zanahorias. Yo no las he puesto porque a mí no me gustan, pero cada uno cocina en base a su gusto personal. Al colocar las verduras arriba, van a recibir menos calor.
  6. Al principio hace falta que el kamado tenga fuego fuerte, para que así las lentejas ganen velocidad y temperatura. Hay que abrir el kamado al máximo, pero cuando las lentejas hiervan, hay que bajar la fuerza, estabilizar en torno a 100-110 grados y cocinarlas durante un par de horas.
  7. Después, sin quitar la olla de barro del kamado, he retirado el pimiento y las dos cebollas para triturarlos y añadirlos a las lentejas para engordar el resultado final.
  8. El último paso antes de llevar las lentejas en kamado a la mesa es ligar la salsa. Para ello, hay que agarrar la olla y darle unas vueltas. ¡Y ya lo tenemos!
Esquema del kamado con las lentejas en su interior

Cocinar con las entrañas: El XXIX Seminario Internacional de Duoda

La lectura de la Revista número 55 ha sido muy interesante para mí, porque el año pasado asistí como alumna de primer año del máster al XXIX Seminario Internacional de Duoda. Cuando Isabel me propuso que la presentara y la leí, había pasado casi un año, y en este tiempo me he dado cuenta de que aquel guiso que se fue cocinando con tanto amor durante aquellos dos días del Seminario quedó impregnado en mí como se impregnaron de niña las lentejas que nos hacía mi abuela los miércoles al mediodía los años que viví con ella. Todavía las huelo, y durante estos meses, sin ser muy consciente de ello, ha hecho su propia cocción en mi cuerpo.

Cuando abro esta revista es como si de un recetario sublime se tratara, pero no un recetario común donde te indican cómo hacer un plato, cuáles son los tiempos de cocción y qué ingredientes exactos has de poner, sino de un recetario lleno de ingredientes para que cada cual los pueda mezclar, pueda añadir, quitar, crear, rescatar, para hacer su propio plato o para traer aquí aquel que tanto le gustaba y quedó olvidado en algún rincón del tiempo. Ingredientes hechos experiencia viva en las voces de mujeres que, en esta revista, nos guisan en palabras sus platos de vida, platos que aprendieron a cocinar en la cocina de su casa natal, y en relación con la madre o, como dice Luisa Muraro, la que estuviera en su lugar. Recetas que me han servido para adentrarme en cuál había sido la cocina de mi casa y la importancia que tiene el traerla al presente para ver qué se cocía allí entre los pucheros, como dice en el monográfico Stefania Giannotti.

María José Clement López, que inicia la revista con el artículo “Arts domestic. Las artes de vivir o hacer la vida más vivible”, comparte una experiencia con su hija que la hace interrogarse y escribe: Allí donde fui creé el nido, que fue para mí un deseo y una necesidad a la vez. Pilar Babi, en su artículo “Sentit i relació. El meu exercici de la medicina”, explica cómo un viaje iniciático a Guatemala le llevó a traer el orden simbólico de la madre a su consulta, como si se tratara de su cocina. Laura Mercader, con el texto de “Presentació del XXIX Seminari Internacional de DUODA”, plantea que pensar la experiencia adulta con la cocina o la alimentación está atravesada por la memoria de la relación con la madre. Lola Santos, en “Les sobres de felicidad al baño María”, nos habla de cómo aprendió a guardar las sobras y cómo ha llenado de sentido político este gesto. Stefania Giannotti dice que nutrir, preparar la comida y disponer la mesa es una gran obra de civilización femenina, y que la nutrición es un gesto de sustracción de la muerte. Nieves Muriel, en su texto “Mi madre y las lentejas. Recital de Poesía Española del siglo XX”, explica que desde pequeñita su abuela y su mamá siempre le estaban cantando y se crio más de palabras que de pucheros. Y Marga Ximénez nos muestra “Un mar a la cuina”, una preciosa intervención artística que proviene de la instalación Domus Àurea del proyecto “Trilogia de la privadesa” que hizo Marga junto con Nora Ancarola.

Todas ellas, mujeres que, entre palabras cantadas, haciéndose espacio en los hornillos, a través de las sobras de la cocina, a través del arte, hablan del misterio que se da entre madre e hija en relación nutricia cuyo lugar de intercambio es la cocina, sea la que sea. Guisos que hicieron orden simbólico. Lo que se dio en el Seminario y la lectura de la Revista núm. 55 de Duoda me ha hecho entender, desde mi experiencia, que la cocina va mucho más allá de la palabra y que vale la pena adentrarse en ella. Quizás es necesario un tiempo, quizás hay resistencias, quizás hay que dejar el pensamiento en reposo como quien deja un guiso para que los ingredientes se impregnen y se transformen. No hay que olvidar que estamos hablando de la cocina, entonces ha de ser un tiempo de cariño, ternura y mucho amor, amor y compasión hacia una misma, para que pueda salir un plato que arrope nuestra falta, si la hay, o que haga más grande lo que este pensar nos trae. Hay algo mágico que se cuece en la cocina de nuestra infancia que vale la pena rescatar y abrazar. Esta revista es un tesoro, y lo importante es que cada cual pueda entrar en ella como quien abre la puerta de la cocina, la propia, y vaya descubriendo, a través de la experiencia de otras, aquello que también es propio, porque todas tenemos una madre y una cocina, y lo más interesante es el proceso que se vive al poder redescubrirla y traerla aquí desde lo que cada una es.

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