Reinventar el concepto del desayuno. Ese fue el objetivo que se marcaron Laura Ojeda y Rebeca Casillas cuando abrieron la cafetería La Picnictería, en Las Palmas de Gran Canaria. En un país donde lo habitual a primera hora del día es un café rápido con galletas o una pieza de fruta, ellas querían convertir el desayuno en un plan tan atractivo como salir a almorzar o cenar.
Para lograrlo, diseñaron una carta gastronómica de brunch dulce y salado, con propuestas novedosas e influencias internacionales. «Creamos una carta basada en productos de calidad, con desayunos apetecibles que fueran más allá de la típica tostada o el sándwich mixto», explica Casillas. La acogida fue inmediata: «Fue una locura, todos los días teníamos cola».

La Tostada de Flores Silvestres y Otras Delicias
El menú incluye opciones tanto saladas como dulces, y algunas de sus especialidades se han convertido en clásicos desde la apertura. Destacan platos como la tostada de flores silvestres con setas, crema de queso y huevo poché, o la tostada Toscana con tomates de distintas variedades, parmesano y albahaca. «Queremos que los platos estén ricos, pero también que llenen. Tenemos muchos clientes que vienen a las once de la mañana y ese desayuno ya es también su almuerzo, y nosotras encantadas», afirma Casillas.
En Suís & Bowls, un restaurante de Barcelona, el aguacate es uno de los ingredientes fetiche y lo cocinan de diversas maneras. Por ejemplo, en forma de una deliciosa tostada que con apenas cuatro aderezos dejará con la boca abierta. Una forma innovadora de presentar este ingrediente es cortarlo con maestría para montar una rica flor.
Orígenes de La Picnictería: De Pícnics al Aire Libre a Cafetería
Aunque el proyecto culminó en forma de cafetería, sus primeras incursiones en la hostelería surgieron antes, cuando comenzaron a organizar pícnics para combatir la escasez de planes sociales tras la pandemia. Todo empezó, de hecho, con un café entre amigas.
El inicio de su historia se remonta a los ‘pícnics a la fresca’ en 2021, en plena desescalada, cuando aún persistían las restricciones de aforo y preferían las actividades al aire libre. Así nació la iniciativa, una experiencia para disfrutar de la naturaleza y de un picoteo cuidado hasta el último detalle, tanto en sabor como en decoración. «La gente encontró una manera de compartir con familia y amigos, de romper con la rutina y hacer algo diferente en plena naturaleza», recuerda Ojeda.

Punto de Inflexión y Inspiración Viajera
La pandemia supuso un punto de inflexión para ambas fundadoras. Hasta entonces, Laura Ojeda trabajaba como bailarina y modelo, mientras que Rebeca Casillas ejercía como auditora. Sus trayectorias no podían ser más distintas, pero decidieron dar un giro radical a sus vidas. «Nos conocemos desde hace muchos años, y justo cuando nos reencontramos, las dos estábamos atravesando un momento de cambio», cuentan. Aquel café que compartieron marcó el inicio de su aventura conjunta.
La carta de La Picnictería está influenciada por los viajes de sus propietarias. Casillas vivió en Florencia y se empapó de la cultura gastronómica italiana, una de sus favoritas. «Al final, en cada viaje descubres algo que te inspira, y de ahí nacen muchas ideas», añade Ojeda.
Esa inspiración se traslada también a la decoración del local. Gran parte del mobiliario y la vajilla han sido elaborados por artesanos marroquíes y diseñados por ellas mismas. Las paredes están adornadas con ilustraciones que simulan ventanas abiertas a campos floridos, reforzando la idea de que allí «siempre es primavera». «El campo es una parte esencial de nuestras Islas, un paisaje que ya de por sí es una fotografía maravillosa», afirma Ojeda.
💐🌸Flores comestibles 🌸💐
La Flor Ibérica: Un Desayuno Contundente en Mérida
Después del éxito cosechado en la Zona Sur durante casi una década, la Flor Ibérica dio el salto frente al Hospital de Mérida con un amplio local que ha conquistado numerosos paladares de trabajadores, de pacientes que acuden al centro hospitalario e incluso de jóvenes que tras una noche de fiesta quedan atrapados por sus desayunos. José Antonio Pantano e Isabel Parejo, matrimonio responsable de gestionar el negocio, encarnan como muy pocos esos valores del profesional cercano y atento que todos buscan detrás de la barra. Al igual que lo hace el resto de la plantilla en la que se encuentra el hijo de la propietaria (Álvaro). Una buena relación de familia se trabaja cada día. Con mucho empeño, alegría y complicidad.
Por eso, su bar se ha convertido en un lugar donde se para el tiempo para saborear y disfrutar de unas tostadas del tamaño de una piragua, que al igual que su variedad de ibéricos, conquistan el estómago. Su horario de apertura a las 05.00 de la mañana y su localización, les favorece mucho. «Quien desayuna una tostada XXL entera de jamón ibérico al corte con aceite y tomate; parisina; morcilla con rulo de cabra; aguacate con… no vuelve a tener hambre hasta la cena», manifiesta a El Periódico Extremadura con una sonrisa Parejo, mientras sirve un apetitoso pincho de tortilla y un Cola Cao calentito.
Cuidan el café con esmero, también hay zumo natural de naranja, otro de los componentes necesarios en cualquier desayuno sano y saludable que se precie. «Lo importante es asegurar la calidad de los productos y darle una buena atención a los clientes», dice la propietaria, admitiendo humildemente su tirón. Además de ofrecer desayunos contundentes, tapeo, raciones y menú del día casero a precios populares también ponen los partidos del equipo de la ciudad: el Mérida AD.

La Evolución del Desayuno Tradicional Español
Hubo un tiempo en el que el desayuno en España no necesitaba explicación. Bastaba con entrar en una cafetería, acercarse a la barra y dejar que todo sucediera con una naturalidad casi invisible. No había que mirar una carta ni tomar decisiones complejas; el gesto era sencillo, cotidiano, casi automático. Y, sin embargo, en esa simplicidad se concentraba algo profundamente valioso.
Porque en aquellas cafeterías tradicionales no eras un cliente más. Eras alguien que volvía cada mañana. Y eso, con el tiempo, dejaba de explicarse para empezar a sentirse. El camarero levantaba la vista y bastaba un gesto. No hacía falta decir nada. Ya sabía si eras de porra o de dos churros, de media con tomate o de tostada con mantequilla. Sabía cómo tomabas el café, si en vaso o en taza, si templado o muy caliente, con más o menos leche. Pero no era solo memoria. Era atención, costumbre y una forma de reconocimiento silencioso que convertía lo cotidiano en algo propio.
Había algo profundamente reconfortante en no tener que explicarse cada mañana. En no empezar de cero. En saber que, al otro lado de la barra, alguien ya te conocía.

La Barra como Patrimonio Cotidiano de la Mañana Española
La barra de cafetería era mucho más que un lugar donde desayunar. Era un punto de encuentro sin necesidad de citas, un espacio donde coincidían las mismas personas a la misma hora, donde el saludo era suficiente y el silencio también tenía sentido. El sonido de la cafetera, el golpe leve de las cucharillas, el gesto repetido de servir un café. Todo formaba parte de una coreografía discreta que no necesitaba ser explicada.
El desayuno en barra forma parte de una cultura que rara vez se reivindica, pero que define una manera de estar. Es rápido, sí, pero no es frío. Es cercano sin invadir. Es repetitivo sin resultar monótono. En cualquier ciudad o pueblo, entrar en una cafetería tradicional significaba reconocer ese mismo lenguaje compartido.
No se trataba solo de lo que había en el plato -esa tostada con tomate, ese café bien servido, ese churro recién hecho-, sino de todo lo que ocurría alrededor. De la confianza que se construía sin esfuerzo, de la familiaridad que no necesitaba presentación, de la sensación de pertenecer, aunque solo fuera durante unos minutos al día.
Cuando el Desayuno Deja de Ser Cotidiano
Con el paso del tiempo, la forma de desayunar ha cambiado, como cambian todas las costumbres. Han aparecido nuevas propuestas, nuevas formas de entender el café y la gastronomía matinal. Y en esa evolución también hay valor. Pero en medio de ese cambio, hay algo que empieza a hacerse evidente: el desayuno ha dejado de ser, en muchos casos, un gesto cotidiano.
Sin darnos cuenta, algo ha empezado a cambiar. Hoy, desayunar fuera en España ya no siempre es automático. Es una decisión. Se piensa, se mide, se compara. Y no solo por lo que se pide, sino por lo que cuesta. Lo que antes formaba parte del día a día empieza a situarse en un terreno más cercano al capricho. Hoy no es extraño que ese café con algo sencillo se acerque al precio de un menú del día.
Cuando el desayuno deja de ser accesible, deja también de ser cotidiano. No es solo una cuestión económica. Es una cuestión de vínculo. Porque lo cotidiano no se construye desde la excepción, sino desde la repetición. Desde lo que se puede permitir cada día sin pensarlo demasiado. Cuando eso desaparece, desaparece también una forma de relación con el tiempo, con el espacio y con quienes lo habitan.
Quizá por eso, volver a una barra de las de siempre -o a lo que queda de ella- produce algo difícil de explicar. No es solo el café, ni el pan, ni siquiera el gesto. Es la sensación de que todo encaja sin necesidad de decirlo. De que alguien al otro lado recuerda. De que no hace falta empezar de cero cada mañana. Porque antes el desayuno era rutina. Ahora, en muchos casos, empieza a parecer un pequeño lujo. Y tal vez ahí esté la verdadera pérdida. No en lo que ha cambiado, sino en lo que hemos dejado de repetir sin darnos cuenta.