El Valle de Gallinera: Un Viaje Histórico y Cultural

El Valle de Gallinera se erige como un corredor natural de vital importancia, sirviendo de nexo entre los pueblos del interior de las comarcas del Alcoià y el Comtat y la costa de la Marina Alta. Su topónimo, Gallinera, ha sido objeto de estudio y explicación por Roberto Fauré Sabater, quien postula que su origen se remonta a una palabra prerromana, 'galinar', compuesta por 'kal' (roca, peña) y 'inar' (corte, apertura, agujero, horado), lo que sugiere una descripción geográfica del terreno.

Este valle, alargado en forma de corredor con una orientación suroeste-nordeste, es el cauce del río o rambla de Gallinera. Está flanqueado por dos imponentes cordilleras: al norte, L’Albureca, la Safor y L’Almirant, y al sur, la sierra Foradada.

Vista panorámica del Valle de Gallinera con sus cordilleras

Prehistoria y Primeros Asentamientos

Los vestigios de ocupación humana en el Valle de Gallinera se remontan a la Prehistoria. En la Cova d’en Pardo, ubicada en el límite con Planes, se han encontrado materiales pertenecientes a cazadores-recolectores, así como evidencias del Epipaleolítico (12.000-5000 a. C.), el Neolítico (5000-3000 a. C.) y el Eneolítico (3000-1800 a. C.). Otros yacimientos, como la Cova de l’Àguila y la del Passet, también revelan la presencia de materiales del Neolítico.

Durante la Edad del Bronce (2000-1000 a. C.), la cultura ibérica, con su propia estructura estatal, religiosa y cultural, comenzó a florecer en la región. Destacan en este periodo el poblado del Xarpolar y el Castellot de Alpatró, que mantuvo su ocupación.

Época Romana y Tardorromana

Los asentamientos de la época romana y tardorromana (siglos I-VII) en el Valle de Gallinera parecen haber sido escasos y de menor relevancia. Los hallazgos más significativos, fragmentos de cerámica de 'terra sigillata', se han localizado en cuevas que probablemente sirvieron como lugares de pernoctación o refugio, como la Cova de l’Hedra y la Cova de les Llànties. Una investigación más exhaustiva podría desvelar la existencia de asentamientos similares a las 'villas' encontradas en la cercana Vall d’Ebo. En contraste, el término vecino de Pego presenta numerosos asentamientos romanos, indicando una ocupación territorial mucho más densa.

La Presencia Islámica y la Reconquista

La época precalifal (711-929) en el Valle de Gallinera permanece en gran medida desconocida. Sin embargo, de la época califal data una inscripción funeraria islámica, la estela de Alpatró del año 942, conservada en el Museo Arqueológico de Alcoy. Otra estela, la de Benirrama, se atribuye al siglo XI.

Tras la desintegración del Califato de Córdoba en el año 1009, la guerra civil (fitna) tuvo un impacto en la región. Los pobladores de la Vall eran principalmente grupos bereberes, como los Banû Marzûq, que organizaron la alquería de Benimarsoc y crearon un espacio irrigado en la Font de la Mata. También existían pequeños grupos árabes, como los Banû Ru‘ayn. En el siglo X, ya se observaba la existencia de redes de alquerías dedicadas al cultivo, con una veintena documentadas en los siglos XIV al XVI, oscilando entre trece y dieciséis en un momento dado. Estas alquerías se distribuían en tres grupos según la proximidad a los sistemas hidráulicos: uno en la parte alta, otro en la zona central y un tercero en el sector más bajo. El núcleo de la organización islámica era la aljama, un consejo de ancianos que tomaba decisiones sobre asuntos comunitarios y la administración de bienes comunes.

En el momento de la conquista cristiana, el Valle de Gallinera estaba bajo el dominio del caudillo al-Azraq. La conquista resultó en la división del territorio en unidades de dominación señorial. El señorío de Gallinera, centrado en el castillo del mismo nombre, abarcaba tanto el Valle de Gallinera como la Vall d’Ebo. El alzamiento armado de al-Azraq en 1247 prolongó el dominio musulmán durante una década más. A pesar de que al-Azraq murió en 1276 durante una sublevación, su figura marcó un periodo de resistencia. A lo largo del siglo XIII, los valles de Ebo y Gallinera constituyeron una frontera cambiante con el mundo musulmán, pasando por manos de diversos señores feudales. A mediados del siglo XIV, estos señoríos fueron concedidos a Guillem de Vich, y posteriormente vendidos a la familia Borja en 1487-1491. El señorío de Alcalà-Benissili recayó en los Català de Valleriola a principios del siglo XVI, manteniéndose hasta el fin del Antiguo Régimen.

La Era Morisca y la Conversión Forzada

Entre 1519 y 1526, por orden del rey Carlos I, los moriscos del Reino de Valencia fueron obligados a convertirse al cristianismo. Este decreto puso a los musulmanes bajo el control de la Iglesia, pero la integración parroquial fue un proceso lento. Inicialmente, existía una única parroquia para los valles de Alcalà, Ebo y Gallinera. A partir de 1534-1535, la diócesis de Valencia estableció una red parroquial, dividiendo la antigua parroquia de Gallinera en cuatro rectorías: Jovada, Ebo, Benirrama y Alpatró, con Benissili adscrita a Alpatró.

El desarme de 1563 y la llegada de Juan de Ribera al arzobispado de Valencia en 1569 marcaron un punto de inflexión en la actividad eclesiástica. Se aumentó el número de parroquias y se mejoraron sus dotaciones para asegurar la presencia de clérigos comprometidos. En 1575, se creó la parroquia de Benissivà en el centro del Valle de Gallinera, abarcando varios anexos.

Entre 1578 y 1597, se intensificó la presión pastoral para sustituir los signos del islam por los del cristianismo. Se ordenó el derribo de mezquitas y la conversión de antiguos cementerios musulmanes en campos de cultivo. Se implementaron medidas de adoctrinamiento, obligando a los rectores a enseñar la doctrina cristiana a los niños y a los feligreses a demostrar su conocimiento de las oraciones y mandamientos para poder contraer matrimonio. Se intentó también la sustitución de ritos relacionados con el ciclo vital, como el parto, el bautismo y la muerte, bajo la supervisión eclesiástica.

Repoblación y Transformación Social

Muchos moriscos, insatisfechos con su condición de "nuevos cristianos" y las cargas feudales, esperaban invasiones norteafricanas que los liberaran. El "camino de los mallorquines" se convirtió en una ruta migratoria para aquellos que buscaban un nuevo comienzo en los valles interiores de la Marina, que habían quedado despoblados tras la expulsión de los moriscos. A lo largo de la primera mitad del siglo XVII, un flujo constante de familias mallorquinas se asentó en el Valle de Gallinera, aunque algunas buscaron mejores condiciones en comarcas vecinas.

Mapa de la distribución de las alquerías en el Valle de Gallinera

Esta repoblación supuso una reordenación del asentamiento humano. De las dieciocho alquerías previas a la expulsión, se pasó a once, a las que se sumaría Benissivà a finales del siglo XVII. Predominaron las familias campesinas extensas que se asentaban en bloque, creando comunidades de origen homogéneo y cohesionadas culturalmente, lo que provocó recelo entre los valencianos circundantes, que las denominaban "garruts". A pesar del dinamismo demográfico de los recién llegados, la recuperación económica no se hizo evidente hasta mediados del siglo XVII, aunque se observó un aumento repentino de nacimientos en las primeras décadas de la repoblación.

Siglos XVIII y XIX: Conflictos y Crecimiento

El siglo XVIII comenzó con la Guerra de Sucesión, que tuvo un impacto significativo en el Valle de Gallinera, convirtiendo sus montes en refugio de "migueletes" y generando inseguridad. La gente de los valles se negó a satisfacer los derechos señoriales, alegando haber pasado a jurisdicción real. El rector de Benissivà, Josep Guillem, dejó un valioso testimonio en su obra "Báculo pastoral de la parroquia de Benisiva" (1762).

A finales del siglo XVIII, se observó un considerable aumento de la población, como documentó Josep Antoni Cavanilles en su visita al Valle de Gallinera en 1792. Este crecimiento se reflejó en la construcción de abancalamientos hasta la cumbre, evidenciando la aplicación de los habitantes al trabajo y su aprovechamiento del terreno. El siglo XIX se caracterizó localmente por la Guerra de la Independencia.

VALL DE GALLINERA. Alicante pueblo a pueblo

La gastronomía, por su parte, es un reflejo de la rica historia y la diversidad cultural del Valle de Gallinera. Las razones de esta pasión culinaria son numerosas, abarcando desde la cocina marinera hasta la olla podrida, pasando por la cocina vasca y la gastronomía antropológica. El aprecio por los productos de temporada, como las setas en otoño, y el compromiso con el movimiento 'slow food', son pilares fundamentales. La caza, tanto de aves como de mamíferos, ha sido tradicionalmente importante, junto con la preparación de platos contundentes como las judías, las lentejas y los guisos de invierno. La calidad de las carnes, el uso de hierbas aromáticas como la menta y el hinojo, y la diversidad de frutas, enriquecen la paleta de sabores. La influencia de cocinas internacionales, como la china, la coreana y la italiana, se entrelaza con las tradiciones culinarias locales. Las mesas corridas, los panes del mundo, y la importancia de la compañía y la sobremesa, subrayan el carácter social de la gastronomía. La pasión por descubrir nuevos platos, conocer a quienes los crean, y comprender el ecosistema, el clima y la herencia que influyen en la producción de alimentos, son motores de esta exploración culinaria. Las recetas de la madre, los aromas, los sabores y las tradiciones familiares, evocan nostalgia y emoción, fomentando el diálogo y la experimentación en la cocina. La gastronomía se presenta como un gozo, un consuelo, un descubrimiento y, en definitiva, como vida, invitando a pensar, dudar y sentir.

Infografía sobre la evolución de los asentamientos en el Valle de Gallinera

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