"La forja": El Madrid de Arturo Barea y la Búsqueda de la Identidad

El primer volumen de la trilogía "La forja de un rebelde", titulado "La forja", nos sumerge en la niñez y adolescencia de Arturo Barea hasta el año 1914. En este relato autobiográfico, el autor narra las historias, andanzas y experiencias vividas en el Madrid de principios de siglo, describiendo con precisión y expresividad la vida y las calles de la capital.

Escrito desde la madurez del locutor de la BBC, "La forja" ofrece un retrato sencillo y vigoroso de una sociedad injusta, pobre y estancada. Barea recuerda con asombrosa precisión y fuerza anécdotas, situaciones y sentimientos pasados, mostrando su rabia ante la pasividad de una población que sufre con resignación grandes injusticias.

Las reflexiones críticas del narrador se explican por la distancia temporal y su condición de hombre maduro, exiliado y separado de su familia. Como él mismo confiesa: "Veo hoy la escena con ojos que entonces no tenía", al recordar sus juegos infantiles.

En "La forja" resalta la sencillez con la que Barea habla de su vida, sus juegos y las actividades de un muchacho despierto que observa y valora con ojos críticos la realidad familiar y social que le rodea. Asistimos a la formación y evolución de un personaje que conmueve por su sinceridad y ternura al expresar su cariño hacia su madre, y por su valentía al enfrentarse a las injusticias.

Madrid, con sus calles, cafés, teatros, cines, estaciones de autobuses, librerías, bancos, perfumerías, colegios y monumentos, es el escenario que da soporte a este vasto cuadro de personajes, situaciones y vidas retratadas. La obra también incluye referencias a pueblos cercanos a Madrid como Brunete, Méntrida y Navalcarnero, donde el protagonista pasaba los veranos rodeado de parientes.

Plano del Madrid de Arturo Barea

La descripción de los carruajes y viajeros que se desplazaban desde la Cava Baja hasta estos pueblos es tan viva que permite al lector casi oler el pan y la tortilla que le ofreció un viajero.

La obra se estructura en dos partes, cada una con diez capítulos. La primera parte narra los años de formación del niño, mientras que en la segunda se observa una mayor actuación del joven Barea, más crítico y rebelde. El capítulo X, último de la parte I, titulado "La Iglesia", sirve de transición y muestra el despertar crítico del estudiante de Bachillerato, quien comienza a cuestionar su fe y a buscar conocimiento como vía hacia la riqueza y el poder.

La primera parte se corresponde cronológicamente con la niñez transcurrida en las zonas de Palacio, Teatro Real y Lavapiés, así como en los pueblos cercanos donde pasaba las vacaciones de verano. Barea vive en el barrio de Arenal con sus tíos, pero pasa tiempo en la buhardilla, donde se divierte más que en casa de sus tíos, al no tener que cumplir con las rutinas religiosas.

El primer capítulo de esta parte I presenta los dos espacios de su vida infantil: los lavaderos de la Casa de Campo, la casa de sus tíos cerca de Arenal, los juegos infantiles en el barrio de Palacio, el paseo desde la Virgen del Puerto hasta la Cuesta de la Vega, la descripción de la buhardilla y su lectura de "Los hijos del Capitán Grant". Los siguientes nueve capítulos llevan títulos como "Rutas de Castilla", "Tierras de Pan", "Tierras de Vino", "Café Español", "Antesala de Madrid", "Madrid, el Colegio" y "El Teatro Real".

La segunda parte aborda la adolescencia. El capítulo "La muerte" relata la desolación por el fallecimiento del tío José en 1910. En esta parte, más cargada de reflexiones, Barea realiza una "revisión de la infancia" y una dolorosa reflexión sobre la situación española: el mundo del trabajo, los enfrentamientos familiares, el colegio, la iglesia, el capitalismo, el proletariado y su pérdida de fe.

El último capítulo, "Rebelde", es un grito de protesta contra la resignación, el inmovilismo, el tradicionalismo y la hipocresía. Es el estallido de un joven de 17 años, harto de trabajar y de una sociedad injusta, que se enfrenta a su jefe en el banco, Corachán, al que llama ladrón y canalla, exigiéndole el pago de su liquidación y el certificado de dimisión. Al salir a la calle de Alcalá, escucha las noticias sobre el estallido de la guerra europea.

La rebeldía del último capítulo se forjó antes, cuando Barea, con trece años, se enfrenta a su tía y decide abandonar su protección para irse con su madre. También se manifiesta en su decisión de rechazar el ofrecimiento del rector de las Escuelas Pías para continuar sus estudios como interno pobre. En este momento, valora la sensibilidad del Padre Joaquín, quien lo escucha y le dice: "Tienes razón… No se puede hacer nada. A este niño lo han estropeado entre unos y otros". En estos tres momentos cruciales, contó siempre con el amor y la comprensión de su madre.

El libro cierra con un recuerdo tierno hacia su madre, quien, abatida y triste por el relato, le acaricia la cabeza y le dice: "Ves como todavía eres un niño".

"Desde mi barrio hasta mi colegio" nos invita a pasear por las calles que recorrió Barea: "Todos los días, durante muchos años de mi vida de niño he bajado desde las puertas del Palacio Real a las puertas del Mundo Nuevo". Este paseo, que atraviesa la obra, nos lleva a dos zonas queridas por Barea: la zona de Palacio y la de Lavapiés.

Estas dos caras opuestas de Madrid reflejan la dura experiencia de un niño que vive dos realidades: el barrio acomodado de sus tíos y el barrio de Lavapiés, donde viven su madre y sus hermanos. El camino "desde mi barrio hasta mi colegio" se percibe también como un descenso físico y social.

La actitud contradictoria del joven Barea se manifiesta en su sufrimiento cuando sus parientes lo tachan de señorito, pero a la vez se enorgullece al comprobar que ha conseguido hacerse amigo de los niños ricos antes que otros, porque vive en un barrio rico y conoce más cosas. Además, va mejor vestido y no se entretiene con juegos de "golfillos".

La relación con sus tíos, el cariño de su madre, las visitas al Café Español, los juegos con amigos, las salidas al cine, los puestos de libros de Callao y las visitas al Teatro Real evocan con nostalgia ese Madrid que "huele mejor. No huele a mulas, ni a sudor, ni a humos, ni a corrales sucios… Madrid huele a sol por las mañanas".

Los recuerdos de Lavapiés están ligados a su madre, hermanos, la buhardilla, el colegio y los mendigos. Hay pocas referencias a sus juegos infantiles en esta zona. Desde la buhardilla, acompaña a su madre al lavadero, donde juega con los hijos de otras lavanderas.

"Si resuena 'el Lavapiés' en mí, como fondo sobre todas las resonancias de mi vida, es por dos razones: Allí aprendí todo lo que sé, lo bueno y lo malo. A rezar a Dios y a maldecirle. A odiar y a querer. A ver la vida cruda y desnuda, tal y como es. Y a sentir el ansia infinita de subir y ayudar a subir a todos el escalón de más arriba. Y la otra razón es que allí vivió mi madre."

Bolsos bandolera Desigual

La Plaza de Isabel II, también conocida como plaza de Ópera, era un lugar emblemático en la época. Antiguamente llamada plaza de los Caños del Peral, contaba con una fuente y servía para beber y lavar la ropa. Debajo de la plaza se conservan restos de la antigua fuente en el Museo de los Caños del Peral.

En el centro de la plaza se alza la estatua dedicada a la reina Isabel II. El Real Cinema (Cine de la Ópera) fue construido en 1920 y contó con mil butacas, siendo uno de los cines más grandes de España. Tras sufrir daños en la Guerra Civil, fue reformado y adaptado como cinerama y multicines.

La calle Arenal vivió su mayor esplendor a mediados del siglo XIX, cuando las "noches" del Real atraían a aristócratas y burgueses. Su nombre proviene del terreno arenoso a ambos lados del arroyo que desembocaba en el Manzanares.

Arturo Barea vivió con sus tíos en una casa situada en una calle perpendicular a la de Arenal. La casa debió estar en la calle de la Independencia o en la de la Unión, una calle empinada como la que describe al ver subir el coche en el que trasladaban a su tío José, ya muy enfermo.

Mapa de calles mencionadas en 'La forja'

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#Reseña. La forja. Arturo Barea

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