Diego Velázquez, uno de los pintores barrocos españoles más universales, nos legó en su juventud obras maestras que ya anunciaban el genio que llegaría a ser. "Vieja friendo huevos", pintado en Sevilla en 1618, es un claro ejemplo de esta etapa formativa, una obra que, a pesar de su aparente sencillez, revela una profunda maestría en el tratamiento de la luz, la textura y la psicología de los personajes.
El cuadro se pintó en 1618. "Vieja friendo huevos" es un cuadro de juventud de Velázquez, pintado en Sevilla en 1618, solo un año después de su examen como pintor. Seguramente fue pintada en el taller de Pacheco, donde se había formado y donde cultivó el género que tanto gustaba al pinto sevillano, el bodegón. Velázquez pintó este cuadro cuando sólo tenía 19 años y es evidente el entusiasmo del joven pintor, pues quería detenerse en cada elemento de la tela.
La escena se desarrolla en el interior de una cocina poco profunda, iluminada con fuertes contrastes de luz y sombra. La luz, dirigida desde la izquierda, ilumina por igual todo el primer plano, destacando con la misma fuerza figuras y objetos sobre el fondo oscuro de la pared, de la que cuelgan un cestillo de palma y unas alcuzas o lámparas de aceite. La composición de Velázquez se desarrolla en el interior de una cocina poco profunda con gran contraste de luces y sombras. El bodegón: Una cocina iluminada con fondo en penumbra (ahí no se puede negar la influencia de Caravaggio en el sevillano…).

Una anciana con toca blanca cocina sobre un anafe u hornillo un par de huevos flotando en líquido dentro de una cazuela de barro. Mención aparte merece la cazuela de barro donde se fríen los huevos. La cazuela de barro donde se fríen los huevos. La anciana con toca blanca cocina en un anafe u hornillo un par de huevos, que pueden verse en mitad del proceso de cocción flotando en líquido dentro de una cazuela de barro gracias al punto de vista elevado de la composición. Aunque algunos autores argumentan que la vieja está escalfando los huevos. Ciertos autores lo han catalogado como escalfados pese a que claramente se están friendo. El artista ha sido capaz de captar perfectamente la textura de los huevos. Logra mostrar el proceso de cambio por el cual la transparente clara del huevo crudo se va tornando opaca al cuajarse.
Con una cuchara de madera en la mano derecha y un huevo que se dispone a cascar contra el borde de la cazuela en la mano izquierda, la anciana suspende la acción y alza la cabeza ante la llegada de un muchacho que avanza con un melón de invierno bajo el brazo y un frasco de cristal. Con una cuchara de madera en su mano derecha y a punto de cascar el huevo, se capta el momento de máxima tensión de la acción junto con la llegada del joven demostrando así ser una escena particularmente barroca. La cocinera tiene un huevo en la mano mientras cocina. Las acciones de los personajes -agitar la cuchara para que no se pegue la clara, cascar el huevo, acercar la jarra de vino- han sido sorprendidas en un instante y los actores de ellas han quedado inmovilizados, sin comunicación entre sí.

Delante de la mujer y en primer término se disponen una serie de objetos vistos con el mismo punto de vista elevado: una jarra de loza vidriada blanca junto a otra vidriada de verde, un almirez con su mano, un plato de loza hondo con un cuchillo, una cebolla y unas guindillas. Apoyado en el anafe brilla un caldero de bronce. Vemos un caldero en el suelo. Tiene sobre la mesa las pieles del ajo que, suponemos, acaba de pelar. La cazuela y almirez metálicos suponemos que son de cobre (habitual hasta hace muy poco). El repertorio de objetos magistralmente descritos por Velázquez en sus varios colores y brillos, con los que se hacen reconocibles las diferentes texturas y calidades táctiles, pueden ser reconocidos por el espectador, como también por el muchacho que con la mirada llama su atención, mediante el sentido de la vista, en tanto la anciana, con la mirada perdida, «con expresión de ciega» según Gállego, parece tantear con la cuchara la distancia a la cazuela.
Los objetos han sido estudiados de forma individual, maravillosos en su singularidad pero mal integrados en el conjunto. Ciertos problemas de perspectiva y alguna incongruencia en las sombras que proyectan no impiden, sin embargo, apreciar la sutileza en el tratamiento de sus texturas por el sabio manejo de la luz, que es parcialmente absorbida por los cacharros cerámicos y se refleja en los metálicos, casi alternadamente dispuestos. Pero más allá de la atención prestada a estos objetos y a su percepción visual, Velázquez ha ensayado una composición de cierta complejidad, en la que la luz juega un papel determinante, conectando figuras y objetos en planos entrecruzados. El estudio artístico de los objetos ha sido realizado de manera pormenorizada debido al interés de los efectos ópticos buscados por el artista sevillano.
LA PINTURA BARROCA: VELÁZQUEZ
La relación entre los dos protagonistas del lienzo resulta, sin embargo, ambigua. Lejos de ser «figuras ridículas» para provocar risa, como decía Pacheco a propósito de los protagonistas de los bodegones más convencionales, anciana y joven están tratados con severa dignidad. El escorzo de la cabeza del muchacho coincide con el del adolescente que recibe la copa en El aguador de Sevilla, adoptando un gesto reconcentrado, como transido por la importante responsabilidad que desempeña en la cocina. El mismo muchacho no deja de recordar al más joven de los Tres músicos, pero la incidencia de la luz, más matizada, y la expresión seria le dotan de una dignidad y atractivo que no tenía aquel. Las personas del cuadro casi parecen también objetos. Lo digo porque parecen haberse quedado inmovilizados, y Velázquez los trata con el mismo distanciamiento y objetividad que a la cebolla o al cesto colgando del techo.
Julián Gállego llamó la atención sobre la quietud que el cuadro desprende, alejada del dinamismo de las obras de Caravaggio, con el que algunos críticos lo han relacionado por el tratamiento del claroscuro, «quietud desconcertante» que sólo encontraría paralelo en algunos pintores nórdicos, como Louis Le Nain o Georges de La Tour. Conforme a la interpretación tradicional de los primeros bodegones de Velázquez, en los que se apuntaban paralelismos con la novela picaresca, el cuadro se ha visto como una ilustración de un pasaje del Guzmán de Alfarache, donde Mateo Alemán presentaba a una vieja friendo huevos para un muchacho. En esta dirección, Julián Gállego sugirió que el cuadro pudiera ser interpretado como una representación del sentido del gusto, y aunque él mismo se decía no convencido con esa explicación, Fernando Marías ha profundizado de forma original en la relación con los sentidos corporales, que encuentra aludidos en otros bodegones, en los que «las referencias literarias -por ejemplo con respecto a la novela picaresca- brillan por su ausencia».
Una interpretación distinta ofrece Manuela Mena, para quien no sería casual la semejanza entre esta anciana y la dueña que aparece en Cristo en casa de Marta y María. De la mirada de la anciana, que «roza» al niño pero no se fija en él, «se desprende una extraña sugerencia de sabiduría y de experiencia».
El cuadro aparece mencionado por primera vez junto con otros bodegones de Velázquez en 1698 en el inventario de las pinturas de Nicolás de Omazur, comerciante flamenco establecido en Sevilla y amigo de Murillo, donde se describe como lienzo de una vara de alto sin marco con «una vieja friendo un par de huebos (sic), y un muchacho con un melón en la mano». A comienzos del siglo XIX se encontraba ya en Inglaterra, en la colección de John Woollett, subastada en Christie's de Londres el 8 de mayo de 1813. En 1883 Charles B. Curtis (Velázquez and Murillo: A descriptive and historical catalogue) publicó el cuadro por primera vez como obra de Velázquez, una atribución que fue unánimemente acogida por la crítica posterior. Tras pasar por distintas colecciones británicas, en 1955 ingresó en el museo de Edimburgo. El porqué «Vieja friendo huevos» está hoy en Edimburgo se debe a que el pintor David Wilkie lo compró casi como una baratija en la Sevilla de 1827 y lo vendería en Londres por 40 libras. Tras pasar por las manos de varios viejos y acartonados millonarios británicos, la National Gallery compraría la obra por 57.000 libras en 1955. Hoy su valor es incalculable.
| Año | Evento |
| 1618 | Pintura de "Vieja friendo huevos" en Sevilla. |
| 1698 | Primera mención del cuadro en el inventario de Nicolás de Omazur. |
| Principios del siglo XIX | El cuadro se encuentra en Inglaterra, en la colección de John Woollett. |
| 1813 | Subasta en Christie's de Londres. |
| 1883 | Publicación del cuadro por Charles B. Curtis como obra de Velázquez. |
| 1827 | David Wilkie compra el cuadro en Sevilla. |
| 1955 | Ingreso en el museo de Edimburgo (National Gallery). |
La pintura destaca por su habilidad para capturar la simpleza y la cotidianidad de la vida diaria. Además, la calidad de la luz que se refleja en la composición asegura que la vieja friendo huevos sea una de las obras más representativas de la pintura barroca. El Barroco fue un período de la historia en la cultura occidental originado por una nueva forma de concebir las artes visuales (el «estilo barroco») y que, partiendo desde diferentes contextos histórico-culturales, produjo obras en numerosos campos artísticos: literatura, arquitectura, escultura, pintura, música, ópera, danza, teatro, etc. Se manifestó principalmente en la Europa occidental, aunque debido al colonialismo también se dio en numerosas colonias de las potencias europeas, principalmente en Latinoamérica. Cronológicamente, abarcó todo el siglo XVII y principios del XVIII, con mayor o menor prolongación en el tiempo dependiendo de cada país. Como estilo artístico, el Barroco surgió a principios del siglo XVII (según otros autores a finales del XVI) en Italia -período también conocido en este país como Seicento-, desde donde se extendió hacia la mayor parte de Europa.

Diego Velázquez (1599-Madrid, 1660) es el pintor barroco español más universal. Sevilla a la sombra de Herrera el Viejo y Francisco Pacheco. en Madrid y fue nombrado pintor de cámara de Felipe IV. Viajó a Italia en 1629 y 1649. mitológicos, paisajes, religiosos y retratos. formación del pintor, anterior a 1623. Su trayectoria abarca desde los bodegones de juventud, como "El Aguador de Sevilla", donde ya se aprecia su sensibilidad por la textura y la luz, hasta los complejos retratos de la corte y sus grandes pinturas de historia. "Las Meninas" es su cima, un lienzo que juega con la perspectiva y la relación entre el observador y lo observado, un espejo de la propia pintura. No olvidemos la humanidad de "La Rendición de Breda" o la audacia de "La Venus del Espejo", una rareza en la austera España de su tiempo. Se le encuadra en el Barroco, pero su voz es tan particular que trasciende cualquier etiqueta. Predominó en el retrato y la pintura de historia, usando el óleo sobre lienzo con veladuras y una pincelada suelta que construía forma y luz. En sus inicios, la sombra de Caravaggio se percibe en su tenebrismo, mientras que el contacto con Tiziano en la colección real le abrió horizontes en el color y la libertad de la pincelada.
La obra "Vieja friendo huevos" destaca por su realismo y la naturalidad con la que se presenta la escena. La calidad de la luz, que se refleja en la composición, asegura que sea una de las obras más representativas de la pintura barroca. Velázquez, con 19 añitos, nos presenta una escena con dos figuras de clase popular (joven y vieja, muy distintos de los reyes y dioses que pintaría después), pero sobre todo una sucesión de objetos que maravillan por su singularidad. Cada objeto del cuadro tiene sus distintas texturas, matices y esencias… Cada uno su vida propia. El genio de la pintura tiene incluso el detalle de distorsionar un poco la perspectiva para que veamos lo que hay sobre la mesa (y eso en el barroco no era lo habitual precisamente).