Mafalda, la icónica niña creada por el humorista gráfico Quino, llegó a nuestras vidas el 29 de septiembre de 1964 en Argentina. Mafalda es, y sigue siendo, una niña curiosa e irónica. Es una rebelde, contestataria, con una cabeza despejada y propensa a filosofar a partir de cualquier hecho cotidiano. Idealista, quiere hacer de este mundo un mundo mejor y le gustaría estudiar idiomas para trabajar de intérprete en la ONU, contribuyendo a la paz mundial. Además, es una defensora del progreso social de la Mujer, algo muy adelantado a la época de su nacimiento.
El significado de Mafalda
Umberto Eco, quien escribió la introducción a la primera edición italiana de Mafalda, dijo amarla «muchísimo» y consideraba muy importante leer la tira para entender Argentina. Mafalda es el único personaje que ha conseguido hacer filosofía sin abandonar la infancia. Los adultos lo intentan, claro, pero con menos éxito. Lo que más asusta de Mafalda es que tiene razón. No siempre, claro, porque también se equivoca, como todos los profetas. Pero acierta lo suficiente como para incomodar. Porque no hay nada más inquietante que una niña que, en vez de jugar a las canicas, se pregunta por el destino del planeta.

En el fondo, Mafalda está convencida de que este mundo tiene arreglo. Al igual que El Principito, Peanuts, El pequeño Nicolás o incluso Calvin y Hobbes, Mafalda pertenece a esa estirpe de niños que no buscan respuestas. La diferencia es que Mafalda no quiere irse a otro planeta, ni jugar con un tigre de peluche. Quiere entender qué demonios pasa aquí. En esta tierra. No por censura o falta de éxito, sino por decisión de su creador, Quino, que entendía los riesgos del estiramiento excesivo, Mafalda permanece en silencio desde 1973.
La omnipresente sopa en la vida de Mafalda
Mafalda detesta la sopa y denuncia siempre que puede los inconvenientes que tiene sobre la salud y sobre el humor de las personas sensatas. Para ella, incluso desenchufada, la televisión nos tiene acostumbrados a frivolidades variopintas. Nos decía que “los diarios inventan la mitad de lo que dicen” y a eso se suma que no cuentan la mitad de lo que pasa. La aversión de Mafalda por la sopa podría entenderse prácticamente en cualquier país de habla hispana, porque no es un alimento, en general, muy querido por los niños.
Mafalda y la sopa
La sopa de Mafalda, desde mi punto de vista, representa gran parte de la crítica que Quino quiere hacer llegar a sus lectores (y a los que no lo son). La sopa es sinónimo de la cruda realidad en la que vive el mundo contemporáneo. Una realidad que es inevitablemente real, por suerte o, más bien, por desgracia. Mafalda es una niña, que como puede hacerlo cualquier otro chico de su edad, detesta la sopa. Sus padres, que representan el mundo de los adultos, obligan a su hija a comer. Sin embargo, ésta con su característica de rebelde y contestona, da un vuelco a la situación, haciendo que sea su madre la que se sienta con un obstáculo. La imposición primera se convierte entonces en una desventaja e inconveniente para los adultos.
De esta forma, Quino nos transmite a través de una simple sopa, una alegoría sobre lo incomestible del mundo real. Sobre la autoridad adulta que impone tragar con los engaños y trampas que conforman la realidad. En el universo de Mafalda, la sopa representa el peso de la tradición servido en un plato hondo. Contra el mundo tal y como se lo presentan: lleno de mapas con fronteras que ella no entiende, de políticos con sonrisa de cartón y de telediarios que convierten las catástrofes en entretenimiento.
Interpretaciones del rechazo a la sopa
«Mafalda criticó duramente la injusticia, la guerra, las armas nucleares, el racismo, las absurdas convenciones de los adultos y, claro, la sopa». El famoso personaje de Quino aborrece la injusticia, la guerra, la pobreza... y la sopa en general, no importa de qué esté hecha.

Hay quien ha interpretado que la sopa es una metáfora para el rechazo al militarismo de las dictaduras de América Latina. Sin embargo, una interpretación más personal y fundamentada sugiere que la aversión de Mafalda a la sopa viene de la aversión del propio Quino a ese plato. Quino venía de una generación en la que el almuerzo y la cena típicos argentinos estaban compuestos de dos o tres platos más el postre. Siempre el primero (o el último, según las familias y las zonas) de los platos era una sopa: espesa en invierno y más líquida en verano.
La exposición ‘Gastro Quino. La gastronomía según Quino’ es una ingeniosa recopilación de viñetas que entrelazan la comida y el humor desde la perspectiva crítica y satírica del maestro historietista Joaquín Salvador Lavado ‘Quino’. Desde las divertidas peripecias de Mafalda a la hora de enfrentarse a la sopa, hasta las sátiras más mordaces sobre los hábitos alimenticios de la sociedad, Quino nos muestra que la gastronomía es mucho más que un simple acto de comer.
La filosofía de vida de Mafalda
“¡Paren el mundo, que me quiero bajar!” Es una de las maravillosas frases que el genial dibujante Quino puso en boca de la niña filósofa Mafalda. Quino se ha bajado definitivamente del mundo. Pero ese personaje inventado, ahora más real que cualquier otra cosa, le sobrevive. Supo mostrarnos con ingenio tanto las miserias como las esperanzas del ser humano. Para Mafalda, “lo malo es que la mujer en lugar de jugar un papel, ha jugado un trapo en la historia de la humanidad”. La Mafalda crítica y mordaz reconoce el papel embrutecedor de los medios. Para ella, incluso desenchufada, la televisión nos tiene acostumbrados a frivolidades variopintas.

«Lo ideal sería tener el corazón en la cabeza y el cerebro en el pecho». En lugar de las violencias y los mezquinos intereses, Mafalda rompe una lanza por la cultura, por todo cuanto hace que vivir sea un ejercicio de dignidad. Y a pesar de las conspiraciones contra la felicidad, la vida es linda; no es tan complicada como nos quieren hacer creer quienes todo lo enmarañan. Pero no es sencillo advertir la belleza de lo que nos rodea y abrir los ojos de par en par para apreciar los cielos abiertos. ¡Qué triste y revelador que se impriman más billetes que libros! ¡Que la gente escuche más política que música!
Mafalda nos despierta y nos obliga a formular preguntas fundamentales, como ocurre en los buenos cuentos. ¿Se han planteado ustedes qué merece la pena en sus vidas? ¿Se han parado a sopesar si no es preferible la lentitud y parsimonia a la rutina diaria, tan repleta de cosas por hacer y por decir como vacía de sentido? Mafalda nos enseñaba a ser inconformistas, a ver el mundo desde los ojos de una niña que no lo esconde tras velos de optimismo ingenuo.
Nuestra querida Mafalda descubre el mundo tal cual es: imperfecto y desordenado. Pero aún así nos invita a la carcajada que recorre el universo desde la mente abierta y lúcida de una niña de seis años. Como sugerían los Beatles en Hey Jude: “Toma una canción triste y hazla mejor”. Mientras pregunta, mientras duda, mientras se indigna, nos deja a nosotros con la incomodidad de la respuesta. En el fondo, es como si Roland Barthes hubiera decidido reencarnarse en una niña de seis años; Mafalda lanza interrogantes que todavía tienen todo su sentido. ¿Por qué hay pobres? ¿Por qué hay guerras?
Los amigos de Mafalda y su impacto social
Mafalda no está sola. Vive rodeada de una pandilla que casi es un resumen de la sociedad:
- Felipe: el soñador paralizado por sus propias dudas.
- Manolito: el capitalista que vendería a su madre a plazos.
- Susanita: que aspira a la maternidad como quien aspira a una medalla olímpica.
- Miguelito: que parece leer a Kant sin entenderlo y aun así se cree más listo que todos.
Cada uno representa una actitud ante el mundo. Y Mafalda los interroga a todos con la misma ferocidad. No hay tregua. Lo curioso es que, en medio de tanta reflexión, Mafalda nunca deja de ser niña. Aún cree en los Beatles, en la ONU y en la posibilidad de que la humanidad se enmiende. Ese es su verdadero drama: no su inteligencia precoz, sino su esperanza persistente.
