¿Creéis en la Iglesia? La Profundidad de la Fe en la Comunidad Eclesial

En el versículo 1 de Juan 14, el Señor dijo: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en Mí”. Este versículo es el tema mismo de este capítulo. La versión China Unida, al traducir este versículo, también usa las palabras Creéis en Dios, creed también en Mí. Sin embargo, la preposición traducida aquí “en” realmente significa “hacia adentro” en el idioma griego. Así que, la traducción correcta debería ser: “Creéis hacia adentro de Dios, creed también hacia adentro de Mí”. El vocablo griego traducido “hacia adentro” es la preposición griega eis. Esta misma preposición es usada en la frase bautizados en Cristo Jesús hallada en Romanos 6:3. Dicha preposición significa “entrar en”. Por ejemplo, si tenemos una caja y presionamos con la mano en la abertura de dicha caja, nuestra mano entrará en la caja. El pensamiento central de Juan 14 es: “Creéis hasta entrar en Dios, creed también hasta entrar en Mí”. Nosotros somos de aquellos que creen en el Señor Jesús y, como tales, necesitamos creer hasta entrar en Dios y creer hasta entrar en el Señor.

Al leer la Biblia es muy importante captar cuál es su tema. Por ejemplo, Génesis 1 comienza diciendo: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Por consiguiente, el tema de Génesis 1 es la creación realizada por Dios. De igual manera, Juan 14:1 dice: “Creéis hasta entrar en Dios, creed también hasta entrar en Mí”. ¡Cuando realmente crees en la Biblia, entonces te lleva a la acción! El creer no es un sentimiento pasivo. Creer es mucho más que el reconocimiento intelectual de lo que está escrito es verdad. Creer, también es más que tener la confianza que la Biblia es inspirada por Dios. Realmente creer, significa tener fe en que Dios vive, que es activo y está muy interesado en mí hoy.

"Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay…" Hebreos 11:6. ¡Aquí está escrito que hay un Dios!, no que hubo una vez un Dios! Lee todo el capítulo 11 de Hebreos, y te harás una idea de cómo los héroes de la fe en el Antiguo Testamento vencieron enormes obstáculos y diversos problemas a través de su fe. Servían a un Dios vivo el cual los ayudaba de asombrosas maneras.

La fe en Dios te impulsa a actuar, como está escrito en la última parte de Hebreos 11:6 "… y que es galardonador de los que le buscan." Los héroes de la fe buscaron diligentemente a Dios y fueron muy activos en su fe: "Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca…" Hebreos 11:7. Hoy día también debemos buscar diligentemente a Dios a través de la lectura, tener fe y simplemente obedecer su palabra y creer que es galardonador de nuestra diligencia.

¿Cómo recompensa Dios a los que le buscan? Hay muchos ejemplos de esto en toda la Biblia. Por ejemplo, podemos leer en 2 Pedro 1:4 y ver que Dios "… nos ha dado preciosas y grandísimas promesas…" para que a través de estas promesas "lleguemos a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia."

Una Preciosa Promesa y la Naturaleza Divina

Participar de la naturaleza divina es una recompensa fenomenal y no algo místico. La naturaleza divina no es más que el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, como podemos leer en Gálatas 5:22-23. Otra forma de describir la naturaleza divina es la vida de Jesús, la cual puede ser manifestada en nuestra carne mortal. (2 Corintios 4:11)

Una vez más, la diligencia y la obediencia son requisitos si queremos participar de estos frutos del Espíritu. Debemos "huir de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia." 2 Pedro 1:4. Debemos llevar "siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús…" 2 Corintios 4:10. Este proceso, donde huimos de esta corrupción, incluido el pecado que mora en nosotros, y experimentamos ser llenos de los frutos del Espíritu, es la esencia misma en el Nuevo Testamento.

Por medio de su fe viva los héroes en el Antiguo Testamento experimentaron el gran poder de Dios para destruir a sus enemigos y adversarios. En el Nuevo Testamento Dios ha hecho algo aún más glorioso: Ha destruido el pecado que mora en la naturaleza humana en la carne de Jesús. (Romanos 8:3) Dios no obligó a Jesús; más bien Jesús mismo creyó y obedeció a Dios en todas las situaciones de su vida. Jesús ha vencido, y ha hecho posible para ti y para mí vencer de la misma forma.

Representación de la naturaleza divina como frutos del Espíritu

El Credo es la oración que resume la fe que profesamos los católicos (profesar significa creer y confesar). Y se llama Credo porque las oraciones suelen recibir el nombre de la palabra o frase con que empiezan. A continuación encontrarás la explicación de cada una de las palabras o frases que componen el Credo.

El Significado de "Creo" en el Contexto de la Fe

En el lenguaje cotidiano decir ‘creo’ expresa cierta duda. Si dices: ‘creo que la fiesta es hoy’, te pueden preguntar: ‘¿crees o estás seguro?’. Ni siquiera puedes decir de alguna persona, institución o causa: ‘creo en ella’, con la total certeza de que nunca te decepcionará. Es que lo que se cree con relación a este mundo tiene siempre un tinte de inseguridad.

Mi papá (qepd), solía recitar un famoso versito de Campoamor: ‘en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira’. En otras palabras, todo aquello en lo que puedes creer en este mundo, depende de seres humanos y por ello es subjetivo, inestable, frágil, sujeto a cambio y error.

En estos tiempos en que se vive la ‘dictadura del relativismo’, se considera ‘de gran altura intelectual’ y ‘políticamente correcto’ que cada persona tenga ‘su propia verdad’, y no pretenda ‘imponérsela’ a nadie. He tenido oportunidad de charlar con personas no creyentes, muchas de las cuales se ufanan de no creer en ningún ‘dogma’ o ‘verdad de fe’, como si ello las elevara por encima del común de los mortales, siendo que en realidad las hunde en las arenas movedizas de la incertidumbre.

Qué diferencia cuando tienes tu fe sólidamente cimentada en Dios y en lo que Él ha revelado. Puedes tener la certeza de que no quedarás defraudado y pronunciar con convicción la primera palabra del Credo: ‘Creo’.

Cuando dices ‘creo’ expresas que aunque no lo veas, sabes que hay una realidad más allá de la de este mundo, y no te conformas con creer sólo lo que ven tus ojos. Si dices ‘creo’ afirmas no sólo que crees que Dios existe, como podrías creer que existe Marte, sin que ello te afecte, sino que crees que Dios está presente e interviene en tu vida, y eso lo cambia todo. Decir ‘creo’ te compromete a responder a Su presencia viviendo como creyente. Significa que tu fe determina tus decisiones…

Cuando dices ‘creo’ reconoces que formas parte de la familia de los hijos de Dios, que creen lo mismo que tú. Como dice un bello himno de la Liturgia de las Horas: “Allí donde va un cristiano, no hay soledad sino amor, pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón, y dice siempre ‘nosotros’, incluso si dice ‘yo’…” Cuando proclamas el Credo en Misa, en medio de otros que lo proclaman también, sabes que estás entre hermanos que comparten tu misma fe y, como tú, procuran vivir cumpliendo la voluntad de Dios.

Cuando dices ‘creo’ te diferencias de quienes no creen que existe Dios, de quienes no hallan sentido a su existencia y piensan que cuando ésta termine todo se va a acabar. Tu firme fe te convierte en testigo, que de palabra y obra puede interpelar su incredulidad, y contribuir a sembrar en ésta una duda que la empiece a resquebrajar…

Representación visual de la diferencia entre la fe humana y la fe en Dios

"En un solo Dios": La Revelación de la Unicidad Divina

En el corazón de todo ser humano hay una intuición religiosa, una sensación de que el mundo que le rodea está regido por la divinidad, por un ser poderoso, superior. Y cuando el hombre por sí mismo trata de determinar cómo es ese ser superior, se equivoca rotundamente. Ahí tenemos el caso de tantas religiones antiguas que, por ser producto de la imaginación humana, atribuían cualidades divinas a lo que no lo tenía, por ejemplo al sol, al mar, a un gato, a una vaca, o inventaban una serie de personajes fantásticos, por cierto, con los mismos defectos de los seres humanos, a los que consideraban dioses. Y tenían muchos. Vemos, por ejemplo, que egipcios, hindúes, griegos, romanos, incluso nuestros ancestros prehispánicos, creían en gran cantidad de dioses. Entonces cabe preguntar, ¿cómo fue que alguien llegó a la conclusión de que había un solo Dios?

La respuesta es que no fue una conclusión, fue una revelación. Para comprenderlo cabe considerar lo siguiente: Si quieres saber algo de un ser inferior a ti, por ejemplo de un insecto, puedes adquirir un conocimiento muy completo con sólo observarlo, medirlo, disecarlo, analizar sus partes en el microscopio. Si quieres saber algo acerca de un ser semejante a ti, puedes averiguar mucho con sólo mirarlo, pues si tiene, como tú, ojos, nariz, boca, orejas, manos, pies, puedes deducir que, al igual que tú, puede mirar, oler, hablar, oír, tocar, caminar. Claro que hay mucho que no podrías saber con sólo mirarlo, por ejemplo su nombre, su ocupación, su historia, pero basta que te comuniques con él para averiguarlo. Pero cuando se trata de saber algo de Dios, un ser superior a ti, invisible, del que no conoces nada y del que sólo puedes ver las huellas de Su presencia en lo que te rodea, no tendrías la menor posibilidad de conocerlo por tus propios limitados medios.

Fue lo que sucedió con los pueblos antiguos: lo intuían, pero lo desconocían, y por eso inventaban lo que se les ocurría y a cualquier cosa llamaban dios y se ponían a adorarle. Hasta que Dios se dio a conocer. Eso marcó la diferencia. Permitió a los hombres entrar en contacto con Él, no como lo imaginaban sino como es en realidad. Los ayudó a descubrir que las religiones politeístas eran falsas, que no hay numerosos dioses, que sólo uno es el verdadero. No fue una conclusión humana, fue una revelación divina.

Así pues, decir ‘creo en un solo Dios’ expresa que aceptamos lo que Dios ha revelado: que Él existe, y que no hay otro fuera de Él. Expresa también que, con Su ayuda, queremos vencer una tentación que desde la antigüedad hasta nuestros días ha estado siempre presente en la vida humana: la de la idolatría, la de rendir culto a otros dioses. Y no me refiero sólo a los de antiguas religiones paganas (que se han estado poniendo nuevamente de moda), sino a los que el mundo nos pone hoy delante: el dios poder, el dios dinero, el dios hedonismo, el dios frivolidad, el dios promiscuidad, el dios consumismo, el dios adicción, el dios rencor, el dios violencia y todos los demás dioses falsos ante los cuales es tan fácil postrarse cuando no se conoce al verdadero Dios. Proclamar ‘creo en un solo Dios’ es atrevernos a declarar públicamente que rechazamos toda forma de idolatría, y que ni tenemos ni queremos servir a otros señores, porque sólo Dios es nuestro Señor.

Comparación de religiones politeístas y monoteístas

"Padre": La Paternidad Divina y Nuestra Relación con Dios

¿Por qué sabemos que Dios es Padre? Porque Él también nos lo reveló. En el Antiguo Testamento Dios se muestra como Padre en el sentido general de Creador, dador de vida. Es un concepto que se comprende en colectivo, Dios se da a conocer como Padre de Su pueblo elegido: “Padre me llamaréis y de Mi seguimiento no os volveréis” (Jer 3,19).

Saber que Dios es Padre nos descubre dos aspectos fundamentales acerca de Él: Primero, que no es un Dios lejano. Se equivoca quien cree que Dios hizo el mundo y se desentendió. Considera esto: si a un papá cuyos hijos están pasando por dificultades, le preguntas: ‘¿cómo estás?’, jamás te responde: ‘¡muy bien, gracias!’; sino te dice: ‘mal, mi niña está enferma’, o ‘preocupado, pues mi hijo no halla empleo’. Su paternidad le hace sentir como propios los asuntos de sus hijos, inquietarse y conmoverse por ellos. Así también sucede con Dios Padre: Se interesa y se conmueve por todo lo nuestro, hasta el último detalle, y no nos pierde de vista, no porque quiera tenernos ‘checaditos’ para ponernos ‘tache’ si hacemos algo malo, sino porque está atento a ver cómo puede ayudarnos. Y cuando ve que nos tropezamos, que fallamos, que caemos, se compadece de nosotros. Dice el salmista: “Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por Sus fieles, se acuerda de que somos barro” (Sal 103, 13).

El segundo aspecto que descubrimos de Dios como Padre es que no es uno de esos papás que nunca están en casa, que no saben lo que sucede con sus hijos y para compensar sus ausencias les regalan y conceden todo lo que éstos quieren, hasta volverlos ‘juniors’ buenos para nada. Dios Padre está siempre al tanto de lo que nos pasa y nos conoce bien, y como todo buen papá, es educador, pedagogo, formador; nos va guiando, moldeando, puliendo para hacer surgir lo mejor de nosotros y ayudarnos a superar lo malo; no teme reprendernos cuando hace falta (ver Prov 3,12), y no nos echa a perder dándonos todo lo que se nos ocurre pedirle. Que Dios sea nuestro Padre nos da la certeza de saber que interviene en nuestra vida para bien (aunque no siempre sepamos reconocerlo ni agradecerlo), y sólo nos da, concede y permite lo que conviene para nuestra salvación.

En el Nuevo Testamento el concepto de Dios Padre adquirió una nueva dimensión, desde que Jesús enseñó a Sus discípulos a llamar ‘Padre’ a Dios, usando la palabra ‘Abbá’ que es una especie de balbuceo con el que un niño pequeño, que apenas está aprendiendo a hablar, se dirige a su papá: abbá, abbá, abbá (podría traducirse como: ‘pa’ o ‘papi’). Antes de Jesús nadie se había atrevido a dirigirse a Dios Padre con tanta familiaridad, hubiera sido considerado irrespetuoso. ¿Por qué lo propuso Jesús? Desde luego porque Él mismo se dirigía o refería así a Dios (en los cuatro Evangelios hay ciento setenta ejemplos de ello), y también porque esta palabra expresa a la perfección cómo quiere que nos relacionemos con Dios: como niños pequeños, para los cuales su papá es lo máximo, el que les explica el mundo, el que los cuida y protege, el que indica lo que pueden y no pueden hacer, el que admiran, el modelo que quieren seguir cuando sean grandes, al que aman y en el que confían de todo corazón.

Y cabe hacer notar que Jesús no sólo nos enseñó a llamar ‘Padre’ a Dios, sino que realmente ¡nos introdujo a Su familia!: nos envió el Espíritu Santo, que recibimos en el Bautismo y que nos hace hijos adoptivos del Padre (ver Gal 4, 4-7). Así pues, cuando en el Credo proclamamos nuestra fe en un solo Dios, Padre, también proclamamos nuestro gozo y gratitud de saber que no sólo somos barro en manos del Alfarero que nos ha creado (ver Is 64,8), sino Sus hijos amados.

Ilustración de la relación de un niño con su padre

"Todopoderoso": El Poder Ilimitado de Dios y Su Amor Paternal

Solemos entender la palabra ‘poder’ de dos maneras: como expresión de que haya capacidad y posibilidad de hacer algo (decimos: ‘temo no poder’ o ‘sí voy a poder’), y también como término que expresa fuerza y dominio sobre otros (hablamos del ‘poder’ del dinero; el ‘poder’ político…). En este mundo todo poder, entendido en cualquiera de sus sentidos, está necesariamente limitado por alguna barrera física, de tiempo, de espacio, social, cultural, económica.

Nos alegramos de ello, pues no es difícil imaginar que si el poder de los seres humanos no tuviera límites, no tardarían en destruirse. Y es que se dice que el poder embriaga a la gente, y quien lo tiene no suele resistir a la tentación de abusar de él, cometer injusticias y atropellos. Pero lo que aplica al hombre no aplica a Dios. Dios sí tiene poder ilimitado; sólo Él tiene todo el poder, es decir, es Todopoderoso.

Varias veces en la Biblia se hace referencia al ilimitado poder de Dios. El propio Jesús afirmó que “para Dios todo es posible” (Mt 19, 26). Eso significa que tiene toda la capacidad, la posibilidad y la fuerza para hacer lo que quiera, como quiera y cuando quiera. Saber esto podría ser motivo de preocupación, de temor para nosotros. Resulta inquietante considerar que estamos a merced de un Dios que tiene todo el poder para perjudicarnos y acabar con nosotros. Y sin embargo no nos inquietamos en lo más mínimo. ¿Por qué? Porque Dios no es solamente Todopoderoso, es también Padre nuestro.

Lo decimos en el Credo: ‘Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso’. Eso lo cambia todo. Significa que este Dios, para el que nada es imposible, le ha puesto voluntariamente límites a Su poder: cuando se trata de ejercerlo en nosotros lo emplea sólo para nuestro bien, sólo para beneficiarnos, porque nos ama con amor paternal. Como un león que esconde sus garras mortales cuando empuja juguetón con sus patas a sus cachorritos, como una loba que transporta a su lobezno prensándolo por el cuello con su hocico sin encajarle jamás los colmillos, el poder de Aquel cuya sola voz puede descuajar los cedros, sacudir el desierto, retorcer los robles, descortezar las selvas (ver Sal 29), cuya sola presencia hace temblar y retemblar la tierra (ver Sal 18), el poder avasallador, temible, tremendo de Dios, se disuelve como una ola que se convierte en espuma en la arena de la playa, se vuelve delicado, silencioso, discreto, no nos avasalla, no nos atropella, no nos daña, no nos da pavor porque los prodigios que obra son siempre en nuestro favor.

Tenemos sobrados ejemplos de ello: Con Su poder creó el mundo, el universo, nos hizo a nosotros, nos dio todo para que fuéramos felices, y cuando nos apartamos de Su lado, no usó Su poder para aniquilarnos sino para salvarnos. Y tal vez en este punto valga la pena aclarar que ser hijos del Todopoderoso no nos da el derecho a pedir lo que se nos ocurra esperando -incluso exigiendo- que nos lo conceda, como si Él fuera un papi millonario que le concede a sus niños todos sus caprichos. Saber que Aquel que todo lo puede es nuestro Padre nos permite abandonarnos confiados a Su cuidado, poner nuestra vida en Sus manos con la certeza de que intervendrá en ella para bien, sostenernos si tropezamos, levantarnos si caemos, rescatarnos si nos perdemos, conducirnos de Su mano y hacia Él.

Representación artística del poder y la ternura de Dios

"Creador del cielo y de la tierra": El Origen de Todo

Actualmente parece que acaparan más nuestra atención las creaciones humanas que la Creación así con mayúsculas, es decir, lo creado por Dios. Nos dejamos apantallar por la tecnología, y estamos tan pendientes de una pantalla, un teclado, un motor, un foco o la carátula de un reloj, que ya no nos asombra el milagro de las estaciones del año, que a cada noche le siga el día; que haya árboles y aves que aniden en ellos; que una flor brote en un muro de piedra; que un colibrí se mantenga inmóvil en el aire.

Entonces rezamos el Credo, cuando menos una vez por semana en Misa y nos ubicamos, recuperamos la perspectiva; recordamos que por más creadores y creativos que nos sintamos, no somos dioses, somos humanos; criaturas de Aquel que creó el cielo y la tierra y cuanto hay en ellos, incluidos nosotros.

¿Por qué podemos afirmar que Dios lo creó todo? Tenemos al menos dos razones para hacer semejante afirmación: La primera es que así como al ver una escultura o una pintura, deducimos la existencia de su autor, aunque no lo conozcamos, al contemplar la Creación, no podemos menos que deducir que existe un Creador que, partiendo de ceros, lo hizo todo, pues de no ser así no existiría ninguna cosa, ya que la materia no se crea a sí misma, la nada produce nada. Es una de las pruebas más lógicas y evidentes de la existencia de Dios (ver Rom 1, 20). La perfección de la Creación, su genialidad, su ritmo, la manera como todo armoniza, no puede ser obra de la casualidad.

La segunda razón es que él mismo Dios nos lo reveló. En el libro del Génesis el autor bíblico narra po...

Imagen del cosmos y la naturaleza como obra creadora de Dios

La Iglesia: Fe en Dios y Fe en la Comunidad

Cuando estaba preparando un artículo, este día me tocaba la Eucaristía de noche. Y el Evangelio coincidió con el tema que escribía. Y es: que significa creer en la Iglesia de Cristo. En la reflexión saqué algo alusivo al tema. Una muchacha, que siendo de una familia muy religiosa, con mucho testimonio de sus padres, abandonó a la Iglesia. Recibió todos los sacramentos. Su boda fue por la Iglesia y muy bella, con tres sacerdotes y con tantos detalles. Pregunté a mi amigo sacerdote que estuvo conmigo en la boda por aquella joven, como le va. Resultó, que ya no estaba participando y no quiere nada con la Iglesia. Y dijo, que ahora es feliz, que “ha recuperado su libertad”, nadie le impone nada, no se siente agobiada. Trata de criar a sus hijos, en el mismo espíritu. Cuando los abuelos quieren llevar a sus nietos a la Iglesia - en seguida comienza una “guerra”. “Déjalos en paz, ¿por qué necesitan este ridículo adoctrinamiento? Después de la misa, apareció una doña, que decía llorando: Padre, usted ha tocado lo que pasa en mi casa. Estoy llorando, pues no sé qué he hecho mal, que mis hijos niegan a la Iglesia. Creer en la Iglesia es como creer en los ángeles. No siempre es fácil y el ejemplo de esta joven, representa casos de muchas familias de hoy. La presencia de Dios en la Iglesia a menudo está encubierta, oscurecida por el pecado. Y entre muchos, los escándalos de sacerdotes, es lo que duele y aleja más. Y quizás por eso la fe en la Iglesia es a veces más difícil que la fe en Dios trascendente.

En “Introducción al cristianismo” del Card. Romano). En este artículo, naturalmente, hemos de desarrollar la tercera respuesta. 1. sea violentando el castellano. enunciado, sino en una realidad»: la Realidad del Dios-Comunión. «salida de sí hacia el Padre, hacia el Hijo y hacia el Espíritu Santo». 2. Hacia el siglo II comienza a entrar la Iglesia en los credos. de fines del siglo II, aunque allí está en forma de preguntas2. Calcedonia, quedó concluido el 381, en el concilio de Constantinopla3. casi en seguida en la liturgia. expresiones filosóficas no fáciles de entender. 3. Iglesia como objeto de fe. contradistingue del ablativo (credo in Deo) y del acusativo sin preposición (credo Deum). castellano sólo conoce la fórmula «creo en», sin distinción de casos ni preposiciones. ¿Cómo aparece entonces la iglesia? b) El acusativo con preposición, pero sin la proposición «y». verbo «creo», sino al «Espíritu Santo». Iglesia»s. La Iglesia designa aquí un ámbito de fe, no un objeto de fe. constituye en Iglesia. eclesiástica ni la jerarquía, sino el pueblo santo de Dios. una complicadísima cuestión documental. 4. sentido arriba dicho, más allá de las obscuridades documentales. Santo que santifica a la Iglesia. papa san León» (2. creo que existe la vida eterna. hombre, lo cual es ilícito. Majestad» (PL 120, 1402. tanto, idolatría. hombre por la Iglesia, sino la Iglesia formada por hombres. El florilegio sería inacabable. hombre». designa el término final de nuestra fe» (Summa de Ecclesia, 1. I, c. «Hay que creer (que existe) la Iglesia, pero no creer in ecclesiam. toda nuestra fe. distinguir al Dios Creador de las creaturas» (Parte I, cap. 10, n. Iglesia. Pero no creemos en la Iglesia como en Dios, pues la Iglesia no es Dios. fieles obedientes. sanctum, sanctam ecclesiam» (sin preposición) para el credo romano. Sanctum... ecclesiam»7. 5. plena y total y que implica la ausencia de pecado y la vida eterna. Por tanto, la fe no es fe en la Iglesia; pero la fe es necesariamente eclesial. es ni puede ser objeto de fe. Sólo Dios es objeto de fe. necesariamente comunitaria. término, sino el modo de la fe. puede hacerse en comunión. que creamos en ella como en Dios. estar comprometido por lo que solicitan otros. Iglesia que entra en el credo es la Iglesia-comunión. Ésa es la Iglesia «santa». santos. esa comunión, estamos anticipándola y poniendo en acto la comunitariedad de la fe. bautismo para el perdón de los pecados. Iglesia es símbolo y señal. Da lo mismo. esperan», resultado de la fe hacia Dios Padre, Hijo y Espíritu. comunidades»11. En conclusión: la Iglesia no es objeto, ni término, ni contenido de la fe. intrínseca de la fe, una modalidad de la fe en el Dios Amor. fijas e intocables. Roma se ha valido demasiadas veces desde que los papas tienen poder temporal). acabó de encrespar a los orientales contra Roma. sólo fórmulas fijas. larga serie de creyentes que han venido proclamándolo durante más de quince siglos. derecho a entender su propia profesión de fe. Dios, luz de luz... que la catolicidad de la Iglesia es a la vez diacrónica y sincrónica. tal como la expresa 1 Cor 12,4ss. reza algunos domingos en alguna iglesia de Barcelona, alternándolo con el clásico. símbolo niceno-constantinopolitano, cuyo esquema mantiene con fidelidad. credo «clásico». Creemos en un solo Señor: Jesús, el Mesías. transparencia y calco del mismo Dios. misma del Padre. que sopla donde quiere. pecadora, universal y particular, que viene de los Apóstoles. bautismo. Dios. ·GONZÁLEZ-FAUS-JI _SAL-TERRAE/98/06 págs. 1. B. SESBOUÉ y J. WOI INSKI, El Dios de la salvación, Salamanca 1995, p. 2. Ver el n. 3. Por eso se le suele llamar «niceno-constantinopolitano». 4. dador de vida, que procede del Padre. 5. Santo en la santa Iglesia» (n. 6. PL 96, 127 D. se pueden encontrar en la obra clásica de H. Encuentro. Madrid 19983,pp. 7. Cf. DS 30 y 150. herejía de la traducción actual. pocas cosas más heréticas que una ortodoxia rabiosa. 8. 9. de hermano. Visión creyente del hombre, Sal Terrae, Santander 1991, 2ª, pp.

Además, no cada uno de nosotros experimenta una gracia que tuvieron los santos, que tuvieron el encuentro personal con Cristo. Debemos saber que todo fluye de ahí. Si queremos alejarnos o sacar el mal, luchando contra el mal, será un gran fracaso. El secreto de vencer el mal es mi vida en gracia, es mi vida en santidad. La meditación, oración personal y vida en comunidad eclesial ayuda en ello y ahí lo practicamos. Por la gracia de los sacramentos, que es mismo Jesús nos salvaremos. No por propios méritos. Y esto es lo que debamos aprender. Cada uno de nosotros tiene, una obligación de luchar personalmente por la santidad personal y de la comunidad eclesial y no escandalizarse u alejarse cuando ve el pecado. Eso sería como que viéramos la película del pecado en la televisión y como no nos gustaría este programa lo cambiamos. No. ¡Nosotros no somos dioses! Yo debo participar en la Iglesia orando por los pecadores y su salvación, debo cumplir los mandamientos y con amor. Sin amor, es como vivir una pareja, llevándose bien, pero de manera seca. Si no aceptamos que todos somos pecadores y necesitamos constante conversión, sino huyamos como gallina, la obra salvadora de Cristo pierde el sentido. La cuaresma es un perfecto tiempo para verificarlo. El hecho de que muchos católicos no acudan regularmente al sacramento de la Confesión- casi como en Alemania - hace que, en vez de crecer en Cristo, nuestra Iglesia está muriendo. Mientras que en la Iglesia no se practique los sacramentos, ella seguirá muriendo. Sólo hay una fuente de la Iglesia: su Señor, Cristo.

Actualmente hablar de «crisis en la Iglesia», comienza a ser un tema habitual en muchos comentaristas, analistas, teólogos, incluso entre obispos o cardenales. Tal vez es la crónica de una crisis anunciada desde hace varias décadas: pero a la que muy pocos, especialmente entre los «mandos» de la misma, se prestó atención. Las causas de esta -al menos, «presunta»- crisis eclesial son muchas, endógenas y exógenas, complejas, ramificadas, históricas también, por supuesto. Baste leer alguna literatura del lejano siglo XIX, tanto en la novelística como en la ensayística, la filosofía o hasta en la poesía del XIX y de bien entrado el pasado siglo XX. No es mi intención entrar en las posibles causas que están en las raíces de esta crisis, que, si no es crisis, al menos es malestar. Muchos cristianos sufren, en desigual medida, este «malestar», que a menudo desemboca en el abandono de la Iglesia, en dudas dolorosas, en tristeza, o en ira, o en posturas de indiferencia hacia todo lo que «huela a Iglesia». Lo peor, desde mi punto de vista, no es esta «crisis eclesial» sino la «crisis de fe cristiana» que viene provocando en muchos desde hace ya varios decenios. Las desavenencias con determinadas actitudes, posicionamientos, acontecimientos, defendidos o protagonizados por la Iglesia, (léase por «la jerarquía»: obispos y clero, o incluso por el Papa, -porque lamentablemente cuando se habla de Iglesia, se habla sobremanera de la Iglesia jerárquica, institucional, en cualesquiera de sus cargos, organismos, documentos, etc.-). Dicho con otras palabras: la «crisis o malestar» con la Iglesia institucional suele llevar consigo una «crisis» más o menos profunda de la fe en el Evangelio, en el mismo cristianismo. Se abandona la Iglesia, y a la vez, se abandona la fe. La crisis en la Iglesia arrastra a una crisis y abandono de la fe. No hay capacidad para «separar» la fe de la Iglesia, la fe de la religión, distinguir entre «Dios, Jesucristo, el Evangelio» y la Iglesia, por otra parte. No se trata del malhadado eslogan de «Cristo (o Dios), sí; Iglesia, no» (cfr. Blázquez, entre otros). El «problema» surge de la falta de conocimiento teológico suficiente para saber distinguir a Cristo, a la fe, de la Iglesia.

Cuando en el Credo apostólico confesamos nuestra fe en el Dios Uno y Trino y en su Hijo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, y confesamos asimismo, que creemos en la Iglesia, no estamos haciendo «un acto de fe» exactamente igual. No es lo mismo «creer en Dios» que «creer en la Iglesia». Se trata de «actos de fe» de intencionalidad y contenidos distintos: como no es lo mismo «tener fe en una persona que tener fe en Dios». En realidad «sólo Dios es digno de fe». Sólo en Dios podemos creer. La fe en la Iglesia significa que «se cree a la Iglesia, se cree la Iglesia». En general, los símbolos históricos de la fe, dicen: «creo en Dios, creo en el Espíritu Santo», pero sólo «creo (acepto, admito) la Iglesia». La Iglesia se nombra casi siempre en el tercer artículo de la fe en conexión con la fe en el Espíritu Santo. Así dice, por ejemplo, en el ritual del bautismo, la llamada «Tradición apostólica de Hipólito de Roma», hacia el año 215, más antigua por tanto que el llamado «Símbolo o Credo de los apóstoles»: «¿Crees también ‘en’ el Espíritu Santo (que está y obra) ‘en’ la santa Iglesia para la resurrección de la carne?».

El pasado martes 12 de febrero tuvo lugar la octava sesión de las “Conversaciones de San Esteban", a cargo de Santiago Madrigal, SJ. Prof. de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas. Imbuido del espíritu eclesial ignaciano: “sentir en y con la iglesia”, el sacerdote jesuita Santiago Madrigal, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, fue desgranando de forma pausada y rigurosa el sentido y alcance de esta cláusula eclesiológica incorporada al credo cristiano tal como aparece en el Símbolo Apostólico (credo corto) y en el Símbolo Niceno-constantinopolitano (credo largo).

¿Podemos creer “en” la Iglesia? Sólo Dios (los misterios nucleares de la Trinidad, encarnación y deificación del ser humano) es objeto directo de nuestra fe. La iglesia es un misterio derivado. De ahí que en el título de la conferencia aparezca el “en” entre paréntesis haciendo referencia al credo ecclesiam (creo y confieso la Iglesia) que aparece en los credos primitivos cristianos, apoyados en el soporte bíblico de los grandes himnos cristológicos de las cartas a los Colosenses y Efesios.

Ahora bien, si el acto de fe está reservado solo para Dios: credo in Deum (creo en Dios), ¿cuál es el alcance teológico de esa cláusula sobre la iglesia? La iglesia no es Dios, en quien depositamos la fe, pero sí confesamos por la fe los dones que ella ha recibido como depositaria del Espíritu. Se explica así la formulación tradicional: creo en el Espíritu Santo, la santa iglesia católica. Creemos en la iglesia en cuanto vinculada con el Espíritu, origen de su santidad. Una iglesia en la que confluye nuestra fe en Dios Uno y Trino como llamada a la comunión en Dios Padre (1 Cor 1,9), en Jesucristo (1 Jn 1, 1-3) y en el Espíritu (2 Cor 13,13). En otras palabras, la aproximación a la iglesia como objeto de reflexión teológica requiere la fe como misterio derivado, pues la iglesia es de Dios y para Dios. Es así como reconocemos el puesto privilegiado que ocupa dentro del credo.

La comunicación histórica de Dios en Jesucristo que dio origen a sus primeros seguidores dentro de la historia de la salvación se prolonga ahora en la iglesia. Así lo confirman las imágenes alusivas a la estructura comunitaria del Reino de Dios en los relatos evangélicos. La iglesia, sacramento de Dios, nos muestra la salvación universal ofrecida por Jesucristo, ya que “a Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18). Si éste es el legado que ha recibido, no puede ser otra su razón de ser, consciente de que es la iglesia “santa” de los pecadores, “la pobre iglesia de los pecadores” (K. Rahner). El tono un tanto académico y magistral de la exposición no fue obstáculo para que los presentes captaran lo fundamental de este artículo de la fe cristiana.

¿Por qué tenemos 2 Credos en la Iglesia?

tags: #en #la #iglesia #se #dice #creeis