El "Niño del puchero" de Murillo: realismo y dulzura en la Sevilla del Barroco

Bartolomé Esteban Murillo, nacido en Sevilla y bautizado el 1 de enero de 1618, fue un maestro indiscutible de la pintura barroca española. Sus obras, reconocidas a nivel mundial, se distribuyen en museos de gran categoría artística. La fascinación que ejercieron sus pinturas, muchas de ellas sumamente populares, hizo que la iglesia católica utilizara sus imágenes durante los siguientes tres siglos. Murillo presentaba conceptos teológicos complejos en imágenes claramente comprensibles y sinceras, que ejercían una atracción inmediata en los sentimientos humanos. Su exquisito cromatismo y la manera en que aplicaba la materia pictórica son un paradigma de cómo adelantó soluciones dieciochescas, atrayendo a viajeros cultivados como Joseph Towsend, quien afirmó que "ningún español le ha igualado por la expresión y la dulzura".

"Niño del puchero": una ventana al alma infantil

El "Niño del puchero" es una obra de Bartolomé Esteban Murillo pintada al óleo sobre lienzo, con unas dimensiones de 104 x 124 cm, realizada en la segunda mitad del siglo XVII. Esta encantadora imagen de un niño apoyado en el alféizar de una ventana, aunque no cumple exactamente la definición estricta de retrato, la viveza de los rasgos y de la expresión hace pensar que Murillo pintó a un modelo real. Tal vez el niño que posó para esta pintura fuera el mismo que aparece a caballo en el "Moisés ante la roca de Horeb" de la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla (1667-1670). El objeto de su interés podría ser la muchacha de la pintura "Joven levantándose la toca", que probablemente fue concebida como pendant de esta.

El hombro descubierto transmite una sensualidad física que recuerda la de las obras juveniles de Caravaggio protagonizadas por muchachos, en particular las dos versiones del "Muchacho mordido por un lagarto", de mediados de la década de 1590. Sin embargo, en el "Niño del puchero" no se busca una lectura moralista. La factura es suelta y segura, demostrando la habilidad de Murillo para combinar pasajes de muy poca materia con zonas más espesas de pigmento pastoso. La pobreza del mendigo no es realmente tal, en su figura hay mucho de idealización y dulzura. Sus brazos y rostro no corresponden a la terrible situación en la que se nos presenta, marcando un punto de inflexión del barroco al rococó.

Niño del puchero de Murillo

La visión de Murillo sobre la infancia sevillana

Murillo siempre estuvo rodeado de niños, siendo padre de siete hijos. La temática infantil y de género popular fue recurrente en su obra, especialmente entre 1670 y 1675. A través de escenas inocentes e intrascendentes, el artista mostraba la triste y miserable condición de los jovencísimos mendigos que pululaban por las calles de Sevilla. Ejemplos de esto son "Niños comiendo uvas y melón" (cerca de 1650) y "Niños comiendo de una tartera" (1670-1675).

En "Niños comiendo de una tartera", dos niños ocupan casi toda la escena. Sentados, comen de una tartera que hay entre ellos, mientras uno levanta su brazo sosteniendo un trozo de comida que se dispone a devorar. Su compañero lo mira divertido y expectante, al igual que el perro, que espera ansioso alguna sobra. Murillo hace un uso increíblemente hábil de la iluminación, con una única fuente de luz que crea formas, volúmenes y distribuye los espacios con gran realismo.

MURILLO Y LA POBREZA INFANTIL - SIGLO DE ORO ESPAÑOL - OBRAS COMENTADAS

Niños jugando a los dados

En un marco difusamente arquitectónico, unos niños, que corresponden al modelo del naturalismo barroco y pertenecen a las clases populares por sus atuendos, se entretienen en un momento de su trabajo que sería vender fruta. El más pequeño, de pie, no se percata de que su perrillo lo mira con la esperanza de atrapar alguna migaja de pan. Esta figura se ha desentendido del juego y mira hacia fuera del cuadro, hacia el espectador. La maestría en la calidad matérica del bodegón se aprecia en la cesta y en el pelo del perro, realizada con trazos menos minuciosos y pinceladas más sueltas. Las figuras están dotadas de volumen con un gran modelado conseguido mediante el juego de luz y sombra, especialmente en el niño que se encuentra de pie.

Niños jugando a los dados de Murillo

El Niño espulgándose

Los recuerdos de niños callejeros venían a la memoria del maestro. Fue su "Niño espulgándose" una de esas obras que reflejaban la realidad de la época. Murillo quería plasmar la vida de los niños de Sevilla con pobreza visible e invisible, a los que siempre quiso dedicar una parte muy importante de su obra, como homenaje a los que menos tienen, a los invisibles para los que tienen todo.

Los niños de la concha

La obra "Los niños de la concha" es el reflejo de una forma popular de piedad que favorecía la representación de Cristo y San Juan Bautista en su infancia, poniendo énfasis tanto en su espiritualidad como en su condición humana. El cuadro siempre ha sido admirado por su especial encanto y por la maestría con la que el pintor logra una culminación de fluidez y sutileza en las figuras, bañadas por una luz límpida y argéntea. Aunque estos niños santos gozan de una belleza idealizada, ausente en cualquiera de los niños de las pinturas de género de Murillo, sus gestos y expresiones poseen una gran naturalidad. Lo más singular de esta anécdota es que anticipa, en términos infantiles, este hecho que ocurrió en la vida adulta de Cristo. El Niño Jesús sonríe y señala hacia la suave luz que emana de la neblina dorada formada por las nubes con las que parecen fundirse los ángeles. Al fondo, la nubosidad tormentosa, oscura y amenazante, semeja predecir el destino de ambos niños. En la cruz de San Juan, una cinta, a modo de filacteria, ondea con la inscripción ECCE AGNUS DEI, proclamando al niño Jesús como "cordero de Dios". Colocando el cordero en primer plano y mirando fijamente a los dos niños, Murillo destaca su dualidad como símbolo de Cristo y como compañero favorito de cualquier niño, llevando así el acontecimiento religioso al mundo doméstico.

Los niños de la concha de Murillo

Contexto social y artístico

En el lienzo se ven a dos niños en primer plano que ocupan casi toda la escena. Están sentados, parecen comer de una tartera que hay entre ellos y uno de ellos levanta su brazo en cuya mano sostiene un trozo de comida que se dispone a devorar con glotonería. Su compañero, mientras tanto, lo mira divertido y expectante al igual que el perro, que con gesto atento espera ansioso que caiga alguna sobra.

El maestro Murillo, conmovido por la situación de pobreza que observaba en las calles de Sevilla, reflejó esta realidad en sus obras. Las cifras de paro, la falta de recursos económicos, con especial incidencia en las familias más pobres y vulnerables, eran una realidad alarmante. Murillo, cuatrocientos dos años después de su nacimiento, volvería a pintar hoy con carácter preferente a los niños y niñas de Sevilla con pobreza visible e invisible, para que comprendamos que hay que fijar prioridades en estos momentos especiales y no olvidemos su mensaje pictórico.

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