Las lentejas en la Biblia: Alimento para el cuerpo y el espíritu

Las lentejas, un alimento humilde pero nutritivo, ocupan un lugar significativo no solo en la dieta de muchas culturas, sino también en las Sagradas Escrituras. Su presencia en diversos pasajes bíblicos nos invita a reflexionar sobre su valor, tanto nutricional como simbólico, y a extraer lecciones profundas sobre la vida, la fe y las decisiones humanas.

Las lentejas tienen un gran valor nutritivo. Destacan por su aporte en cuanto a hidratos de carbono y proteínas, hierro, zinc, magnesio, sodio, potasio, selenio, calcio y vitaminas, especialmente del complejo B: como la B2, B3, B6, B9 (ácido fólico), vitamina A, vitamina E además de ser una buena fuente de fósforo, manganeso, y ácido fólico, sin perder de vista la fibra, importante para favorecer el tránsito intestinal y evitar estreñimiento.

Tabla nutricional de las lentejas

Pertenecen a la familia de las Fabaceae, su tallo es endeble y solo alcanza de 30 a 40 cm de altura. Sus flores son blancas con delgadas venas moradas. Como la mayoría de las leguminosas, las lentejas poseen abundantes hidratos de carbono. El resto son vitaminas y minerales. De ahí que las proteínas de las leguminosas contengan moléculas de nitrógeno en su composición. Por eso se plantan periódicamente leguminosas en los campos con el fin de reponer el nitrógeno, en forma de nitratos, del suelo.

Las lentejas en la narrativa bíblica

La palabra hebrea empleada para referirse a ellas es adashim (Génesis 25:34; 2 Samuel 17:28; 23:11; Ezequiel 4:9). Todavía hoy los sirios las siguen llamando addas. El término hebreo fue traducido al griego como phakós, y al latín como lens, lentis. Los hebreos las consumían hervidas como potajes de color rojizo.

Las lentejas aparecen en varias ocasiones en la Escritura, destacando en relatos que ilustran decisiones trascendentales y momentos de necesidad. Como alimento, se mencionan en dos de ellas de forma más prominente:

El plato de lentejas de Esaú (Génesis 25:29-34)

La historia bíblica de los hermanos Esaú y Jacob nos ofrece una de las referencias más conocidas a las lentejas. Un día, cuando Jacob estaba preparando un guiso, Esaú llegó agotado del campo y le pidió de comer. Jacob le solicitó a cambio su renuncia a los derechos aparejados a la primogenitura, a lo que Esaú aceptó bajo juramento.

Esaú vendiendo su primogenitura por un plato de lentejas, pintura de Luca Giordano

Es cierto que crecieron juntos, pero tanto sus respectivos caracteres como sus vocaciones fueron desde siempre muy diferentes. Jacob era más pasivo, prefería quedarse en casa y cocinar al lado de su madre, por lo que es fácil entender que fuera el favorito de esta. Había, pues, entre los dos hermanos una profunda desigualdad y una competencia continua.

En este pasaje, Esaú menospreció su primogenitura y se la vendió a su hermano Jacob por un simple plato de tales guisos rojos de lentejas. Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, y se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura.

¿No era este un cambio desproporcionado? ¿Acaso no sabía Esaú la trascendencia de lo que le proponía su hermano? Ambos conocían bien lo que estaba en juego. Esaú debía heredar el doble de bienes materiales que Jacob y, sobre todo, iba a recaer exclusivamente sobre él la bendición paterna. Sin embargo, sorprendentemente, Esaú decidió cambiarlo todo por un menú de legumbres y su razonamiento fue: “Yo me voy a morir; ¿de qué me servirá la primogenitura?” (Génesis 25:32).

Mediante semejante cambalache, Esaú menospreció su herencia material; la posibilidad de ser el jefe, sacerdote y profeta de la familia, es decir, el líder espiritual de la misma; renunció a la importancia de su descendencia por generaciones; a que de su simiente naciera el Mesías; a que sus hijos, nietos y biznietos le recordaran en sus oraciones como “Dios de Abraham, de Isaac y de Esaú” ya que, en vez de eso, dirían: “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, por siglos y siglos. Hay quien cree que con la muerte se acaba todo y que no hay valores eternos.

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Provisión para David (2 Samuel 17:27-29)

En otro momento de la historia bíblica antigua, cuando David huía de su hijo Absalón al haberse levantado contra él, y su pequeño ejército estaba luchando contra los rebeldes capitaneados por su propio hijo Absalón, las lentejas fueron también una de las provisiones que los partidarios del rey le proporcionaron.

La defensa del campo de lentejas (2 Samuel 23:11)

Asimismo, Sama, uno de los valientes de David, defendió ante los filisteos un terreno plantado con lentejas, que eran consideradas como un tesoro alimenticio en aquellos tiempos. No sé si de ahí viene el dicho de que “cada uno debe defender sus lentejas”.

Mapa de los lugares bíblicos mencionados en la historia de David

El pan de Ezequiel (Ezequiel 4:9-17)

Incluso se llegó a hacer un “pan duro de lentejas” para preparar su pan siguiendo las instrucciones del Señor, el profeta Ezequiel. Este pan se elaboraba en tiempos de escasez, y aunque no era muy bueno, sirvió para mitigar el hambre del pueblo. «Toma trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y centeno; viértelos en un recipiente y amásalos para hacer pan, pues ese será tu alimento durante los trescientos noventa días que estarás acostado sobre tu lado izquierdo. Cada día comerás, a una hora fija, una ración de veinte siclos. También a una hora fija beberás la sexta parte de un hin de agua. Luego me dijo: «Hijo de hombre, voy a hacer que escasee el alimento en Jerusalén. La gente comerá el pan racionado con angustia; también el agua racionada, la beberán con terror.

Preparación del pan de Ezequiel

Las lentejas y sus propiedades espirituales

Muy bien podríamos hablar de las propiedades de las lentejas y compararlas con las propiedades espirituales en este caso de las Sagradas Escrituras (2 Timoteo 3:16). Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Corintios 10:3-5).

Las lentejas son uno de los alimentos más ricos y nutritivos; tanto que los que conocen bien sus propiedades podrían testificar, diciendo: “Yo sé que las lentejas son buenas”. Pero supongamos que compramos, por ejemplo, un quilo de esas lentejas que por su color se llaman “pardinas”, se las damos a un cocinero que es un “pardillo” en la cocina, y nos prepara con ellas un guiso incomible. ¿Qué haríamos nosotros? Seguramente que las rechazaríamos, y nos negaríamos a comerlas. ¿Diríamos, entonces, que las lentejas son malas? ¿Perderíamos nuestro testimonio sobre lo apropiado de esta legumbre? ¡No deberíamos! Porque el problema no son las lentejas, sino el cocinero.

De la misma manera, los que han probado el Evangelio restaurado pueden testificar de sus bondades. Pero, supongamos que algunas de estas personas leen o escuchan una presentación en la que la doctrina y la historia de la Iglesia se manipulan interesadamente hasta convertirlas en inaceptables. ¿Qué harían ellos? ¿Perderían su testimonio, o se negarían a aceptar esa forma de “servir” las enseñanzas de la Iglesia? Lo mismo se podría decir de la Iglesia como organización, con respecto a la forma como la gestionan o dirigen los llamados a servir: del apóstol al setenta, del setenta al presidente de estaca, del presidente de estaca al obispo, y del obispo a los padres de familia y miembros de la Iglesia en general.

¿Qué pasaría si uno de estos dirigentes, influido por un carácter poco equilibrado, utilizara su autoridad de forma impropia, ofendiendo a los dirigidos? ¿Abandonarían estos la Iglesia? Nuevamente: eso dependerá de su capacidad para separar la Iglesia de los eclesiásticos. Y, volviendo a las legumbres, ¿qué pasa cuando alguien dice que no le gustan las lentejas, aunque sean las mejores del mercado, y las prepare el mejor de los cocineros? Cuando yo era niño, mi madre preparaba unas lentejas buenísimas, pero a mí no me gustaban, y no las quería. Si las lentejas eran buenas y la cocinera también, ¿dónde estaba el problema? El problema era yo, que no había aprendido a disfrutar la comida nutritiva. Y tuve que aprender a educar el gusto por los alimentos saludables, dejando a un lado las golosinas; porque hasta que no nos guste lo bueno, no estaremos seguros. Y ahora que soy adulto, no solo disfruto las lentejas, sino que las cocino yo, y me ha tocado a mí educar el gusto de mis hijos por los alimentos adecuados.

Entre la verdad y nosotros hay multitud de obstáculos que tenemos que vencer, si queremos beneficiarnos del Plan de Salvación que nuestro Padre Celestial nos ha enseñado por medio de sus profetas. Los obstáculos pueden ser los demás, o podemos ser nosotros mismos.

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