La vida está llena de pequeños momentos, de recuerdos que se agolpan y de situaciones inesperadas que nos hacen reflexionar. A veces, estas reflexiones nos llevan a cuestionar aquello que dábamos por sentado, o a encontrar nuevas perspectivas en lo cotidiano.
De las bragas olvidadas a la búsqueda de la autenticidad
Uno cree que ciertas cosas ya no le pasan. Cuando tenía 10 años me levantaba para ir al colegio, como un autómata me ponía la camisa, la falda, el jersey, los calcetines, los zapatos. Iba a la cocina, desayunaba y salía detrás de mi padre que me llevaba al colegio. Siempre llegaba tarde, subía corriendo, me sentaba en la silla y en ese preciso momento me daba cuenta de que llevaba los pantalones del pijama debajo de la falda. Esta anécdota, que evoca una mezcla de inocencia y despiste, nos muestra cómo a veces la rutina nos absorbe y nos hace cometer errores curiosos.
Pero el despiste no es exclusivo de la infancia. Ayer fui a la piscina. Cuando salí de mi tercer round con El Sargento de Hierro (va ganando él), me duché y cuando fui a vestirme... se me había olvidado la ropa interior en casa... ¡casi lloro! ¿Cómo puedo ser tan desastre? Este incidente, más reciente, subraya la idea de que la vida adulta no nos exime de estas pequeñas "catástrofes" personales.
Hay otras cosas que creí que no volvería a hacer en la vida pero ahora ya no lo sé, si voy sin bragas por la calle todo es posible. Esta frase, cargada de humor y de una dosis de autoaceptación, nos introduce en una serie de reflexiones sobre los tabúes y las convenciones sociales. Es una invitación a liberarse de las expectativas y a abrazar la espontaneidad.
Lo que creíamos superado y lo que vuelve a sorprendernos
- Dormir en litera: No sé si sería capaz de trepar arriba como antes y además con 40 palos es un poco ridículo tener un dormitorio con litera. La idea de la litera, asociada a la juventud y a espacios compartidos, se enfrenta a la realidad de la madurez y la búsqueda de comodidad.
- Echar un polvo en un coche: Tenía su gracia y su romanticismo (o eso te parecía) cuando tenías 20 años, pero ahora la verdad es que creo que no soy tan flexible... lo veo físicamente imposible. Creo que habría alguna probabilidad si fuera un monovolumen... pero ¿hay algo peor para enfriar la pasión que tener que quitar las sillas infantiles y despejar el asiento de migas antes de ponerse? No creo. Para cuando tienes el coche preparado, supongo que te miras y piensas: ¿Qué coño hacemos aquí? Esta reflexión sobre el sexo en el coche, que pasa de ser una aventura juvenil a una tarea logística en la edad adulta, nos muestra cómo las prioridades y las circunstancias cambian con el tiempo.
- Morrearte en un portal: ¿Qué necesidad? Además con 22 años te pilla el vecino y te puede mirar con cara de “si yo fuera tu padre”… pero con 35… seguro que los pensamientos del vecino van más en plan “a tu edad no te da vergüenza”. El romanticismo del portal se desvanece ante la mirada crítica de la sociedad y la propia vergüenza, recordándonos que la edad trae consigo una mayor autoconciencia.
- Ir a fiestas cutres en garajes: Siempre pensaste que cuando tuvieras tu casa harías unas fiestas geniales… ahora ya tienes la sabiduría de saber porqué no hay que hacer fiestas en casa: copas por el suelo, canapés por el suelo, gente que no se va… etc. Una fiesta en un garaje con música ratonera, cerveza y gente amontonada… ¡allá voy! La nostalgia de las fiestas de garaje, que contrasta con la idealización de las fiestas en casa, sugiere una aceptación de la imperfección y una vuelta a lo simple.
Hay otras que pensé que nunca volvería a hacer y sin embargo ya las he hecho: tener miedo a un profesor. Sargento de hierro, no digo más. Ayer nadé a mariposa como una campeona… vale… hoy no puedo mover los brazos… pero ¿qué más da? Prefiero parálisis a que me grite. El miedo a la autoridad, que creíamos superado en la infancia, reaparece en la edad adulta, pero con una nueva perspectiva: la de la superación personal y la satisfacción de un logro, aunque tenga sus consecuencias.

El colegio de monjas: Un espacio de recuerdos y reflexiones
Fui a un colegio de monjas. No tengo ningún trauma de entonces. Tampoco guardo un recuerdo especial. Jamás dije “quiero llevar a mis hijas a mi colegio”. Fue una etapa, mis padres escogieron ese colegio y había que ir. Ni me gustaba ni me dejaba de gustar, iba y punto. Esta descripción del colegio de monjas es neutral, sin grandes pasiones, lo que le otorga una autenticidad particular.
Del colegio recuerdo que la mayoría de las veces me parecía una pérdida de tiempo. Siempre fui buena estudiante, sacaba buenas notas sin tener que estudiar mucho. En matemáticas y ciencias lo sacaba como podía pero sentía que aquello era absurdo; por aquel entonces y a la tierna edad de 11 años ya sabía que aquello no estaba dejando la menor huella en mi cerebro. Y ahora se comprueba, ni siquiera sé dividir. La sensación de que el aprendizaje no siempre es significativo, y la constatación de que ciertos conocimientos se desvanecen con el tiempo, nos invitan a reflexionar sobre la eficacia de los sistemas educativos.

Iba de uniforme: falda de cuadros tableada marrón, camisa blanca y jersey marrón. Baby de rayas marrones y blancas. Horrible, pero te acostumbras. El azul siempre ha sido más bonito. De marrón pareces de la contrata de limpieza, que no es que sea malo ser de la contrata de limpieza, pero no se entiende que en un colegio de niñas pijas elijan ese color. Supongo que las monjas pensaron por un momento en ser originales, y dijeron pues si todos son azules y grises… ¡¡nosotras marrón!!... la originalidad mal entendida es peligrosísima. La descripción del uniforme, con su crítica humorística al color, nos revela cómo los detalles cotidianos pueden marcar nuestra percepción de un lugar.
Historias que marcaron la infancia
La fundadora de las monjas de mi colegio era “La Buena Madre” (jajajajaja), una pija francesa de la época de la revolución. Era una historia genial, recuerdo que cuando me la contaron con 6 años me dejó impresionadísima. Enriqueta Aymer de la Chevalier (dato absurdo que retengo en mi cerebro, jamás entenderé el funcionamiento de mis neuronas) era una aristócrata francesa de mucha pasta. Al empezar la revolución escondió a un sacerdote en su palacio… pero claro, la pillaron y se la llevaron para guillotinarla. Como era buenísima (obvio) se dedicó a enseñar a leer a la hija del carcelero y éste en agradecimiento la ponía siempre al final de la lista de gente para guillotinar. Así consiguió sobrevivir, y después fundó la congregación de las monjas de mi cole. ¿No es un historión? No entiendo que no hayan hecho peli. Esta historia, que combina elementos de aventura, heroísmo y un toque de ingenuidad infantil, es un claro ejemplo de cómo las narrativas pueden moldear nuestra imaginación.

El caso es que cuando te cuentan esto con 6 años te quedas flipando. Me mandaron hacer un dibujo sobre el tema y como yo todavía no conocía mis limitaciones me lancé a dibujar a Enriqueta moviendo el piano mientras el cura escondido salía de una trampilla del suelo… jajajaja… pagaría por ver ese dibujo ahora. La creatividad infantil, sin límites, nos transporta a un mundo de fantasía donde todo es posible.
Como la fiesta de “La Buena Madre” se repetía todos los años… la cosa perdía gracia. Y ya con 14 sencillamente deseabas que a Enriqueta la hubieran matado el primer día de la revolución o que hubiera sido un pendón y no le hubiera dado por esconder curas. Creo que llegué a dibujarla muerta. La repetición de las historias puede restarles encanto, y la madurez nos lleva a cuestionar los relatos que antes nos maravillaban.
DÍA DE LA BUENA MADRE ENRIQUETA AYMER - Biografía || Unidad Educativa "Sagrados Corazones"
Otro personaje ilustre que todos los años tenía su actuación estelar en mi colegio… era ¡¡El Padre Damián!! Otro ilustre de la congregación. Para que no se nos olvidara todos los años nos ponían la peli “Molokai”, que para el que no lo haya visto… es de terror. El Padre Damián era buenísimo y se va a Molokai que era una leprosería donde no quería ir nadie y allí se encarga de cuidar a todos y convertirlos de su vida de lujuria y desenfreno, porque los leprosos en vista de que la iban a palmar rápido se habían deslizado por la pendiente del hedonismo. Damián los convierte. Bien por él. La historia del Padre Damián, que es presentada con un humor negro, nos confronta con la realidad de la enfermedad y la moralidad.
La primera vez que veías la peli con 6 años tenías pesadillas un mes, a los 17 te sabías los diálogos de memoria. Creo que todavía sería capaz de acordarme de alguno (más información inútil). La repetición de la película, a pesar de su impacto inicial, se convierte en un conocimiento memorístico, lo que nos hace reflexionar sobre la asimilación de la información.
Es increíble lo normal que soy con todo este pasado. Esta afirmación final es una conclusión que resume la capacidad de adaptación y resiliencia del ser humano.
La lluvia, los sombreros y la dulce venganza: Placeres sencillos de la vida adulta
¿Hay algo que dé más buen rollo que Gene Kelly bailando "pisando charcos"?? A mí no. Y digo yo… ¿por qué los hombres ya no llevan sombrero? Esta escena sería impensable sin el sombrero, le chorrearía el flequillo y el agua por los ojos… y definitivamente no sería lo mismo. La imagen de Gene Kelly bailando bajo la lluvia, que evoca una sensación de alegría y despreocupación, nos lleva a una reflexión sobre la moda y cómo los accesorios pueden transformar una escena.

¿He comentado que me encanta la lluvia? Soy feliz con botas de agua y chapoteando. Placeres sencillos para el domingo por la tarde. La apreciación de la lluvia como fuente de felicidad nos conecta con la capacidad de encontrar alegría en lo simple.
Una de las cosas que más satisfacción producen es decir la frase: ¿ves cómo yo tenía razón? Vale, seguro que hay gente humilde, modesta y sin afán de venganza que no encuentra satisfacción en esta frase. Yo como no soy ni humilde, ni modesta y sí muy vengativa… le encuentro mucho encanto, la verdad. Esta declaración, cargada de una honestidad brutal y un toque de humor, nos revela la satisfacción que puede producir la vindicación personal.
Sobre todo produce satisfacción cuando el otro se está emperrando en lo contrario… y tú sabes que no es verdad. En un primer momento de bondad (que me dura poquísimo), intento explicárselo con buenas palabras, sencillito para que lo entienda. Pero no, cree tener la razón y además manda más y sabe más y blablablabla… vale, vale… pues nada… lo que tú digas campeón. La frustración de intentar razonar con alguien que se aferra a su postura, a pesar de la evidencia, es una experiencia común.
Para ser rencorosa como yo, hay que ser paciente. Así que nada, me siento a esperar mientras contemplo cómo el otro se desliza por la pendiente de su error y la va cagando cada vez más. En un ataque de bondad intento explicarle que las cosas no son así… pero no se deja. Bueno, pues nada, cojo palomitas y espero a ver la debacle. Y por fin llega el día. Han pasado meses pero ha merecido la pena la espera. Espero sinceramente (ja) que esto no suponga un problema para la buena marcha del proyecto. Atentamente. La metáfora de esperar con palomitas la "debacle" del otro es una imagen poderosa que transmite la satisfacción de la venganza, aunque sea de forma pasiva. La paciencia, en este contexto, se convierte en una virtud para el "rencoroso".

Ser el hermano mayor: Una odisea de aprendizaje y paciencia
Dejando de lado todo lo bueno que hay en tener muchos hermanos… ser el mayor es una putada enorme. Tus padres son unos pipiolos con un total desconocimiento de la paternidad, pero deciden reproducirse… o no lo deciden y ocurre, pero eso da igual. El caso es que naces y aunque seas como Gollum, encogido, gris, arrugado, con unas uñas que ya las quisiera Camarón y no pares de llorar… les pareces el más de lo más… el top de la gama. Esta introducción humorística y autocrítica sobre el rol del hermano mayor establece un tono de desahogo y complicidad con el lector.
Y tu vida es todo armonía y amor. Eres el rey de la creación. Todo es perfecto. Tu logro más idiota como descubrirte las manos, a tus padres les parece digno del Premio Nobel y cuando consigues balbucear esa chorrada que llevan repitiéndote desde que naciste: maaamaaa… les falta poco para esculpir tu efigie en mármol y colocarte en el portal de casa. Tu madre por supuesto llora. La idealización del primogénito, que es objeto de todas las atenciones y admiración, contrasta con lo que vendrá después.
Todo es perfecto. Pero de repente tus padres se vuelven avariciosos y deciden que quieren tener otra maravilla de la creación. Y tu vida se jode. Ya no eres el top de la gama, ya no eres prioritario. Ya eres mayor. Una putada. La llegada de un nuevo hermano marca el fin de la exclusividad y el inicio de una nueva etapa, a menudo percibida como una "caída".

Si luego resulta que tienes más hermanos tu caída se precipita. El hermano mayor tiene que ser una especie de ejemplo. Tienes que ser más responsable… ¡¡pero si tienes 7 años!!!… más estudioso, supongo que por eso me acuerdo del diagrama de Benn, más ordenado… todo más. Y lo intentas… pero da igual… porque nunca es suficiente. La presión de ser un ejemplo, con expectativas desproporcionadas para la edad, es una carga que muchos hermanos mayores experimentan.
Además tus padres están aprendiendo a ser padres y educar contigo… y claro, les sale de angustia. Como no saben por dónde andan, deciden que el lema a seguir es “cuanto más mejor”. Esto se aplica así:
- Cuanto más le prohibamos mejor. Es decir, a las 10 en casa aunque tengas 23 años.
- Cuanto más exijamos mejor. Si sacas 8 sobresalientes te compro una moto.
Esta tabla resume las expectativas de los padres primerizos:
| Regla | Descripción |
|---|---|
| Cuanto más le prohibamos mejor | Límite de horario estricto, incluso en la edad adulta. |
| Cuanto más exijamos mejor | Altas expectativas académicas con recompensas materiales. |
DÍA DE LA BUENA MADRE ENRIQUETA AYMER - Biografía || Unidad Educativa "Sagrados Corazones"
Poco a poco consigues salir adelante… y superar la gincana. Pero cuándo llegas a la meta exhausto y te das la vuelta para ver cómo llegan tus hermanos te das cuenta de que han cambiado las normas a la mitad. El lema ahora es: “bueno… y total qué más da”. Que se aplica así:
- “No grites… tu hermano ha llegado a las 7 de la mañana vomitando y está agotado”.
- “Ha suspendido 4… pero es que el profesor le tiene manía”.
La injusticia de las reglas cambiantes, donde los hermanos menores disfrutan de una mayor flexibilidad, genera resentimiento y la sensación de haber sido "engañado".
Tú no sales de tu asombro, pero si intentas quejarte a los árbitros/padres te contestan cosas como: Es feísimo compararse. Y tú piensas… será muy feo… pero soy una pringada… mientras por el rabillo del ojo ves cómo tus hermanos se descojonan de ti. La negación de los padres a reconocer la disparidad en el trato, y la burla de los hermanos menores, acentúan el sentimiento de injusticia.
Si vuelvo a nacer, quiero ser hermano pequeño y pillar unos padres con experiencia. Esta afirmación final, cargada de humor y un deseo de revancha, resume la frustración de ser el "conejillo de indias" de la paternidad. Que conste que a ratos los adoro. Esta nota final de cariño, a pesar de las quejas, añade una capa de complejidad a la relación fraternal.