El título de “Cordero de Dios” aplicado a Cristo, que encontramos de manera explícita en el Evangelio de Juan (Jn 1,29.36), es una de las designaciones más profundas y cargadas de significado en la tradición cristiana. Este título nos remonta a una rica historia de simbolismo sacrificial y profecía en el Antiguo Testamento, culminando en la persona de Jesucristo como el sacrificio perfecto y definitivo por el pecado del mundo.
Para entender por qué se llama así, tenemos que mirar hacia el Antiguo Testamento. En los tiempos del Antiguo Testamento, antes de que viniera Jesucristo a la tierra, Dios mandó a la gente traer un cordero al altar del tabernáculo como sacrificio por sus pecados. La persona que llevaba el cordero ponía su mano sobre el cordero y decía algo así: "Yo he pecado y merezco morir, pero Dios ha permitido a este cordero que tome mi lugar." Luego el sacerdote mataba al cordero. Dios permitía a un cordero inocente morir en lugar de aquella persona. Desde que pecaron Adán y Eva, Dios enseñó al hombre que alguien debía morir por el pecado del hombre.

El Cordero en el Antiguo Testamento: Figuras y Profecías
Los pecados no se pueden perdonar por hacer buenas obras, por dar dinero, por orar o rezar, o por derramar lágrimas. Por cientos de años los que querían estar bien con Dios ofrecían corderos como Dios les había instruido. ¿Qué estaba enseñando Dios a Su pueblo? Les enseñaba que algún día, vendría Su Hijo.
El Sacrificio Sustitutorio Primordial
Dios es justo y santo; Él debe juzgar el pecado y al pecador. El juicio por el pecado es muerte. Pero Dios no renunció a Su plan para la humanidad. En cambio, vemos en Génesis 3 que Él hizo túnicas de la piel de un animal para cubrir a Adán y Eva. Por supuesto, el animal tenía que ser sacrificado para que esto sucediera. Ese animal inocente fue sacrificado y murió por Adán y Eva, los culpables. A partir de ese momento, nadie podía acercarse a Dios sin ofrecerle un animal para que muriera en su lugar.
El Cordero Pascual: Un Símbolo de Liberación
Vemos un ejemplo claro de un cordero muriendo en nombre de la humanidad caída en la historia de la Pascua en Éxodo 12. Después de 400 años de esclavitud, los hijos de Israel por fin estaban a punto de salir de Egipto. Dios les instruyó a Moisés y Aarón hablar a toda la asamblea de Israel, diciéndoles que cada familia debía sacrificar un cordero sin defecto. La sangre de ese cordero debía ser puesta en los postes de la puerta y en el dintel de sus casas para que Dios la viera. “Pues Yo pasaré esa noche por la tierra de Egipto y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; también ejecutaré juicios contra todos los dioses de Egipto. Yo soy Jehová.” Esa noche los hijos de Israel hicieron lo que Dios les instruyó y comieron el cordero sacrificado dentro de sus casas.
La Pascua con el cordero como ofrenda es un cuadro vívido de Jesucristo como el verdadero Cordero de Dios. En esta Pascua, Cristo no es sólo el Cordero pascual sino toda la Pascua. Para ser nuestra Pascua, Él fue sacrificado en la cruz a fin de que nosotros fuéramos redimidos y reconciliados con Dios. Sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados. Este principio se vio en el Antiguo Testamento con Adán y Eva y con los hijos de Israel. Sin perdón de pecados es imposible que los requisitos de la justicia de Dios sean satisfechos para que el pacto sea puesto en vigencia.

Los Sacrificios Diarios y las Profecías
Otro importante sacrificio que incluía corderos, era los sacrificios diarios en el Templo de Jerusalén. Cada mañana y tarde en el Templo, era sacrificado un cordero por los pecados del pueblo (Éxodo 29:38-42). Estos sacrificios diarios, como todos los demás, eran simplemente para señalar a la gente el futuro y perfecto sacrificio de Cristo en la cruz. A propósito, la hora de la muerte de Jesús en la cruz, corresponde a la misma hora cuando se llevaba a cabo el sacrificio de la tarde en el Templo.
Los judíos de ese tiempo, también estarían familiarizados con los profetas Jeremías e Isaías del Antiguo Testamento, cuyas profecías anticipaban la venida de Aquel que sería traído “…como cordero inocente que llevan a degollar...” (Jeremías 11:19; Isaías 53:7) y cuyos sufrimientos y sacrificio proveería la redención para Israel. Isaías describió la muerte de Cristo como el substituto del pecador. Isaías comprendió que Él sufriría y moriría, y el Espíritu Santo lo hizo entender la razón de los sufrimientos de Cristo. Fue por nuestros pecados, y por su llaga fuimos nosotros curados.
El Cordero en el Monte: La Prueba de Abraham
La Biblia narra que Abraham recibió la voz de Dios, que le decía, sal de tu tierra y de tu parentela a la tierra que yo te daré, y hare de ti una nación grande, y te bendeciré y serás bendición. Dios le dice a Abraham que nada hay imposible para él, y que su esposa quedaría embarazada y tendrían un hijo, el nombre de este pequeño fue Isaac. Pero cierto día, Dios le dice a Isaac, ve a un monte que yo te he de señalar, haz un holocausto, y sacrifica ahí a tu hijo, al que amas.
Abraham se levantó muy temprano, preparó su asno, cortó leña, lleva a su hijo y a dos siervos, y fueron hacia el monte donde Dios le diría. Leemos los vrs. 7-8: “Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos.”
Llegan al lugar, preparan el holocausto, y de pronto Abraham amordaza a su hijo, lo ata y lo coloca sobre el holocausto, y está a punto de degollarlo cuando Dios le habla: “Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único. Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá. Por tanto se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto.”
De este texto, tres cosas simbolizan a Cristo: 1. Isaac era el único hijo, hijo amado, de Abraham, que sería ofrendado a Dios, para satisfacer la voluntad de Dios. 2. Un carnero trabado por sus cuernos, que milagrosa y providencialmente apareció ahí. El carnero apareció ahí, en el momento justo y Abraham lo ofreció en lugar de su hijo, que significa en lugar de. Abraham entiende que la ordenanza es que su hijo tendría que morir, pero Dios provee un carnero para que muera “en lugar de Isaac”, no moriría el hombre sino un cordero. 3. El Monte de Jehová será provisto, el monte donde Dios quiere sacrificio será provisto con un cordero.
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Jesús, el Cordero de Dios que Quita el Pecado del Mundo
Juan el Bautista invitaba al arrepentimiento, despertaba una buena disposición interior, animaba a la práctica de la virtud, anunciaba la cercanía del Reino de Dios. El misterio de Cristo ya le había sido revelado cuando designó a Jesús como al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Juan proclama a Jesús como “el Hijo de Dios” y el “Cordero que quita el pecado del mundo”. Estas últimas palabras las pronunciamos dos veces antes de la comunión. No podía haber dicho más en menos palabras. Es una actitud preciosa de humildad por parte de Juan. Lo hace como testigo, dice lo que ha visto.

La Llamada de los Primeros Discípulos
Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: - Éste es el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: -¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: -Rabbí -que significa: «Maestro»-, ¿dónde vives? Les respondió: -Venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima.
Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: -Hemos encontrado al Mesías -que significa: «Cristo». Y lo llevó a Jesús. Jesús le miró y le dijo: -Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas -que significa: «Piedra».
La atracción de Cristo debió de ser tan fuerte como respetuosa de la libertad. Juan y Andrés estaban bien preparados por el Bautista: no dudaron en abandonar al último de los profetas, la “voz”, para escuchar al “Verbo” mismo.
El Sacrificio de Cristo en el Calvario
El plan eterno de redención establecía que un hombre tendría que morir por el perdón de pecados, que el justo muriera por los injustos, para darnos salvación. El Cordero inocente, con su muerte, puso su vida a disposición de Dios para liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, esta será la inauguración única y definitiva de la ofrenda grata al Padre del cielo. Jesús será nuestro modelo a imitar y el cristiano aprende de Él a ser testigo de la salvación y de la paz.
Mateo 27 narra el momento donde Jesús, es capturado luego de la traición de Judas. Sus discípulos salen corriendo abandonándole. Luego narra que fue juzgado injustamente. Jesús no era culpable ni de un solo crimen, sin embargo no se defendió. Le azotaron. Los soldados le arrancaron la barba a jalones, le escupieron en la cara, y se burlaron de Él. Una corona de espinas fue colocada sobre su cabeza. Le forzaron a llevar Su cruz a un lugar llamado El Calvario. Allí lo crucificaron. No le quitaron Su vida, pero Él de su voluntad la puso por nosotros: “...yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Jesús el cordero sustituye a Isaac, Jesús el cordero sustituye a Barrabás, y Jesús el cordero me sustituye a mí y a ti. Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos. Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado. Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo estaba en ese monte, pero en este caso, no hay otro carnero, él es el cordero. Él es el Hijo de Dios, y es así como, en la Misa, antes de la comunión, el celebrante presenta a Jesucristo, sustancialmente presente en la hostia santa: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.”

La Imputación y la Obra Consumada
La “imputación” (el atribuir a uno lo que pertenece a otro) es doctrina básica del Calvinismo. Tiene tres pasos: el pecado de Adán es imputado al hombre; los pecados del hombre son imputados a Cristo; la justicia personal (obediencia) de Cristo es atribuida al creyente. Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu.
Cuando Jesús colgaba de la cruz, veía a aquellos que le habían golpeado, los que le habían escupido, los que se habían burlado de Él, y los que le clavaron a la cruz. Antes de morir, Jesús dijo, "consumado es". Quería decir que la obra de salvación estaba consumada o completa. Como el Cordero de Dios, Jesús llevó los pecados en Su propio cuerpo en la cruz. La preciosa sangre del Hijo de Dios había sido derramada por los pecados del mundo. “Mas Él herido fue por causa de nuestras transgresiones, molido por causa de nuestras iniquidades; el castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus llagas fuimos nosotros sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su propio camino, y Jehová hizo que la iniquidad de todos nosotros cayera sobre Él.” Jesús fue herido por causa de nuestras transgresiones y molido por causa de nuestras iniquidades. Mientras Él estaba siendo crucificado, Él llevó sobre Sí los pecados de toda la humanidad. Mientras Jesús cargaba con los pecados de todo el mundo, Dios lo juzgó como nuestro Sustituto. Así es como Jesús logró una redención perfecta y eterna para nosotros como el Cordero de Dios y nos trajo de regreso a Dios.
¿Qué quiere decir la Biblia cuando habla de "la sangre de Cristo"? Quiere decir Su muerte en la cruz. Redimir quiere decir comprar. Su sangre nos justifica. Nos hace estar bien con Dios. Aún después de ser salvos, todavía necesitamos la sangre de Cristo para limpiarnos cuando pecamos. Cuando primero nos arrepentimos y creímos en Jesús, el Cordero de Dios, fuimos salvos del juicio eterno de Dios. Lo recibimos como nuestro Salvador y fuimos perdonados de nuestros pecados. Y a medida que continuamos avanzando en nuestra vida cristiana, siempre deberíamos recordar que es sólo porque el Cordero de Dios derramó Su preciosa sangre por nosotros que podemos acercarnos a Dios y tener comunión con Él.
El Cordero en el Trono de Dios: Victoria y Eterna Redención
Luego de todo este sufrimiento y sustitución en el monte, el cordero tomó su lugar en el Trono. Si murió, si fue sepultado, pero resucitó y ahora está sentado a la diestra del Padre. Por eso no debemos sentir lástima, tristeza o luto. El sermón de hoy debe terminar con un grito de Gloria y alabanza al cordero que nos redimió. Que ha vencido la muerte y el pecado y compró vida eterna para nosotros.
Apocalipsis 5:9-11 nos dice: “y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.”
En el último libro de la Biblia, Apocalipsis, todavía vemos a Jesús como Cordero de Dios. “Del trono de Dios y del Cordero muestra que hay un solo trono para Dios y para el Cordero, lo cual indica que Dios y el Cordero son uno solo, el Dios-Cordero, el Dios que redime, Dios el Redentor. Jesús, nuestro Redentor, es el Cordero de Dios por toda la eternidad. El Cordero está en el trono, y nosotros los redimidos disfrutaremos del río de agua de vida que sale de ese trono para nuestro suministro y satisfacción eternos.”

Implicaciones del Cordero de Dios para la Vida Cristiana
El plan era que el padre dejara que su hijo exhalara hasta su último aliento y que sufriera el castigo de nuestra paz. El “yo” profundo toma la justa decisión: el don de sí. Porque se trata de un don libre y responsable, no se vive como un sacrificio. La felicidad no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Quien se da por amor no tiene mentalidad de víctima: es alegre.
La Eucaristía como Memorial
La celebración de la Eucaristía hace presente ese misterio. Hoy, la oración sobre las ofrendas, dirigida a Dios Padre, lo proclama: “cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra redención”. Son las bodas del Cordero con la humanidad, la plena instauración del Reino anunciado por el Bautista.
El Testimonio y la Misión de la Iglesia
A nosotros hoy nos toca la misma misión de Juan: dar testimonio de Jesús. La Iglesia, toda ella, está llamada a ser también luz de las gentes, es decir, signo creíble de salvación para las gentes de nuestro tiempo y en todos lugares de la tierra. “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. […]. Prefiero una iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades.”
Nosotros, los cristianos, tenemos la oportunidad de dar testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios, pero denunciando al mismo tiempo, como el Bautista, todo tipo de injusticias. La gracia de la misionariedad es la gracia de “salir de sí y del peregrinar”. La razón de ser de la Iglesia no es para los cardenales, ni para los obispos, ni para el clero. Podemos estar agradecidos a Dios, e incluso sanamente orgullosos, de pertenecer a una Iglesia en la que un gran número de misioneras y misionarios esparcidos por el mundo constituyen una fuerza espiritual radiante, cuya luz está indicando, como Juan el Bautista, que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que libera a la humanidad con el don del Espíritu, porque Él es el Hijo de Dios.

Vivir por Cristo
La respuesta de los hombres ante este amor tan grande debe ser: Arrepentimiento de mis pecados, porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que, si uno murió por todos, luego todos murieron. Vivir por Cristo (Obediencia y servicio) como hijos de Dios, del Rey que nos llamó para servir al rey y su gloria. Vivir como es digno de ese Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Es un momento muy importante para nosotros, porque se nos presenta a Jesús que no solo perdona los pecados, sino que quita los pecados del mundo como Cordero de Dios. Las lecturas nos invitan a considerar una síntesis cristológica, se nos presenta a la persona misma de Jesús. Él es el Enviado de Dios, que obedeció y cumplió su misión salvadora, anunciando a todos el amor de Dios, y lo hizo entregándose totalmente a sí mismo, hasta la muerte en cruz.