La Magdalena de Proust: Un Viaje a Través del Recuerdo Involuntario, de la Tostada al Bizcocho

Se conoce como la magdalena de Proust, o también fenómeno de Proust o efecto proustiano, al fenómeno humano memorístico en el cual una percepción -especialmente el olor- evoca un recuerdo o reminiscencia. Ello puede ser un objeto, gesto, imagen u otro elemento del día a día que transporta a la persona a un recuerdo que creía olvidado.

El nombre proviene del recuerdo que le provoca el sabor de una magdalena recién hecha mojada en té al protagonista de Por el camino de Swann, el primer volumen de la serie En busca del tiempo perdido, escrita por Marcel Proust en 1913.

Marcel Proust con una magdalena y té

El Poder de la Memoria Involuntaria

La magdalena que el narrador de En busca del tiempo perdido degusta con incomparable deleite tras mojarla en el té, puede ser la más famosa de toda la historia. Este fenómeno se caracteriza por ser un acto involuntario y está relacionado sobre todo con la memoria olfativa. Los sentidos pueden evocar de forma muy clara y emotiva recuerdos de nuestro pasado, liberando emociones positivas, como el placer o la felicidad, o negativas, como miedo o rabia. El cerebro guarda cientos de historias, sabores, olores, sonidos que de repente nos sorprenden y trasladan a otro momento.

Cualquiera de nuestros sentidos provoca una percepción que, a su vez, da lugar a una impresión consciente o inconsciente en nuestro cerebro. Sin embargo, el olfato tiene una conexión más cercana con las experiencias pasadas. Nos sucede a menudo, por ejemplo, cuando una marca de colonia nos lleva hasta una madre querida. Los que estudian el cerebro creen que esto se debe a que los olores y las emociones se procesan en el mismo lugar: el sistema límbico.

Cerebro humano mostrando el sistema límbico y conexiones olfativas

El motivo por el cual el olfato es el sentido que más nos provoca este efecto es que en el pasado teníamos que recordar bien los sitios donde recolectar, qué alimentos podíamos consumir o cuáles no, etc.

El Relato de Proust: El Despertar del Recuerdo

Así lo registró, para siempre, Proust, en Por el camino de Swann, la primera parte de su ciclo narrativo:

"Hacía ya muchos años que, de Combray, cuanto no fuera el teatro y el drama de acostarme había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso tomar, contra mi costumbre, un poco de té. Me negué al principio pero, no sé por qué, cambié de idea. Mandó a buscar uno de esos bollos cortos y rollizos llamados pequeñas magdalenas que parecen haber sido moldeados dentro de la valva acanalada de una vieira. Y acto seguido, maquinalmente, abrumado por aquella jornada sombría y la perspectiva de un triste día siguiente, me llevé a los labios una cucharilla de té donde había dejado empaparse un trozo de magdalena. Pero en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que dentro de mí se producía. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin que tuviese la noción de su causa. De improviso se me habían vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma forma que opera el amor, colándome de una esencia preciosa; o mejor dicho, aquella esencia no estaba en mí, era yo mismo".

Este es solo un ejemplo de los muchos que encontramos en la obra de Marcel Proust. Sabores y olores que despiertan sensaciones seguidas de emociones, recuerdos, sentimientos y afectos. En el cerebro se almacenan cientos de historias que no somos capaces de evocar de forma voluntaria.

La Metamorfosis del Recuerdo: De la Tostada a la Magdalena

Hoy se publica en Francia una recopilación de textos manuscritos del gran autor francés, que recogen varios borradores de algunos de los pasajes de su famosa obra. Gracias a estos excepcionales documentos descubrimos que en una primera versión, redactada en 1907, el narrador de la novela recuerda con emoción el gusto del pan tostado con miel de su infancia.

Desde otro pueblecito, Cambremer, 1.137 habitantes, en Normandía, parten mañana los primeros ejemplares de Les manuscrits de la madeleine (los manuscritos de la magdalena), para demostrar que la primera idea del autor de En busca del tiempo perdido fue mojar en el té una tostada. Más tarde, la tostada se transformó en bizcocho. Y en fin, apareció ese pastel, "sus estrías moldeadas en la concha de una vieira".

Etapa en los borradores Alimento que evoca el recuerdo
Primera versión (1907) Pan tostado con miel
Segunda versión Bizcocho / Galleta tradicional dura
Versión final Magdalena

Manuscritos originales de Marcel Proust

Marcel Proust (1871-1922) rellenó, en su habitación del parisino boulevard Haussmann o en el Grand Hôtel de Cabourg, miles de páginas: hojas sueltas, cuadernos escolares y las muy literarias libretas Moleskine. Tres de ellas contienen "el momento más emblemático del universo proustiano", según Jessica Nelson, cofundadora de la editorial Éditions des Saints Pères, con sede en Cambremer.

La edición de estas libretas -mil ejemplares numerados, 268 páginas y estuche; 249 euros- lleva prólogo de Jean-Paul Enthoven, quien escribe: "En esas libretas, Marcel, prudente, no escogió aún su pequeña magdalena. Duda entre un pan tostado, muy marceliano, y el bizcocho, de origen wagneriano: Proust lo detectó en la correspondencia del músico. Hasta que su madre le sirve una taza de té con magdalenas y desencadena el recuerdo de aquellas mañanas dominicales, en Combray, cuando tía Léonie le servía té o tilo".

Los 6.324 habitantes de Commercy, en la región de Lorena, pueblo francés famoso por ser la teórica cuna de la magdalena, pueden temblar: pierden a Proust. Pero la 'magdalena de Proust' es un recurso literario que ha pasado a usarse en otros campos. En el presente, la expresión da juego a expertos en marketing, neurólogos y psicólogos porque es la mejor forma de explicar un fenómeno que nos sucede con bastante frecuencia.

Proust Neurólogo: La Ciencia Detrás del Recuerdo

El 9 de noviembre de 1998 un proustólogo eminente, Jean-Yves Tadié, tituló Proust neurologue un informe a la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Neurólogos reputados aprovecharon la excusa para ensalzar la memoria olfativa. Y dudar: ¿la de Proust era o no memoria involuntaria? El autor se lo planteaba ya en 1913. "Mi obra -declaró- está dominada por la distinción entre memoria involuntaria y memoria voluntaria".

Hace dos años, Edmund Levin, animador norteamericano de una emisión matinal, ensayó recetas para comprender "cómo y por qué la magdalena de Proust no crujía, se desmigaba de una manera extraña y era sumergida en el té". Lo formuló así:

  1. El narrador rompe un trozo de magdalena y lo echa en el té.
  2. El trozo se desintegra total o parcialmente durante la inmersión.
  3. El narrador extrae una cucharilla de té mezclada con migas.

"La ciencia culinaria -escribe Levin- nos dice que para obtener un pastel seco hace falta menos humedad y menos grasa. Concretamente, menos mantequilla y menos huevos. Menos azúcar -higroscópica: retiene el agua- también. Si la masa reposa, en fin, la harina se impregna de humedad". Resultado: la peor receta es la más fiable a priori; la del libro Proust, la cuisine retrouvée (La cocina recuperada), de Anne Borrel, fundadora del Museo Marcel Proust d'Illiers-Combray. "Hace reposar la masa una hora y media y peor aún, añade miel, más higroscópica que el azúcar", se indigna Levin.

El Origen Histórico de la Magdalena

Pero ¿de dónde sale este pastel, tan famoso en Francia como en España? Una noche de 1755, el rey polaco Stanislas recibe en su castillo de Lorena. Banquete importante. Y pesadilla en la cocina: el pastelero se marcha, enfadado. Afortunadamente una criada lo reemplaza. Stanislas, goloso indirectamente responsable del bizcocho borracho -el baba au rhum-, quiere felicitar al responsable.

La criada, ruborosa y enharinada se presenta. -¿Cómo se llama este pastel -pregunta el monarca. -No tiene nombre, majestad. Lo hacía mi abuela. -¿Cómo te llamas tú? -Soy Madeleine Paulmier, de Commercy, majestad. -Pues tu postre se llamará madeleine de Commercy.

Bonito, pero quién sabe. Cuando la cocina está fechada, falta ratificar las fechas. Y acaso también el origen. Como en la polémica entre la filloa galega y la crêpe bretona, extensible a todos los alimentos que durante siglos transitaron por el camino de Santiago, el quién fue primero y el cuándo quedan pendientes.

Madeleines de Commercy en forma de concha de vieira

En busca del tiempo perdido: La Obra de una Vida

Marcel Proust (1871 - 1922) dio muestras de inteligencia y sensibilidad siendo un niño. Vivió su primera juventud de forma mundana y despreocupada, albergando dudas sobre su vocación literaria. Fue después de la muerte de su madre, que le sumió en una profunda tristeza, la que le empujó a comenzar a escribir su ciclo novelesco En busca del tiempo perdido.

A ella se dedicó en cuerpo y alma, aunque también escribió artículos en prensa, ensayos, relatos y traducciones. No le fue fácil ser fiel a esa vocación, que en él luchaba por imponerse a su debilidad por las vanidades mundanas. No superó esa dicotomía hasta 1905, cuando la muerte de su madre -a la que quería tantísimo- actuó en él como un suceso catártico. Fue lo que le hizo “abandonarse” a su vocación. Los pasó encerrado en su piso del 102 del bulevar Haussmann de París, donde incluso mandó cubrir las paredes con corcho para que no lo molestaran los ruidos del exterior. Casi no lo logra, por morir antes de tiempo. De hecho, cuando una neumonía acabó con él en 1922, todavía le quedaban algunas páginas por escribir.

Sin embargo, no importó, pues la novela fue un éxito igualmente. La genialidad de En busca del tiempo perdido está en que muestra las verdades que se esconden tras la realidad. Algunas cosas de nuestro pasado nos parece que duraron una eternidad, como aquellos veranos de cuando éramos niños. Otras, en cambio, se nos antojan tan fugaces que somos incapaces de recordarlas. Por eso, Proust no siguió un hilo argumental -entendido como una sucesión de eventos- para tejer su historia. Lo hace con párrafos amplios y sosegados; usando metáforas, reflexiones filosóficas y geniales comparaciones; tomándose su tiempo para abordar los recuerdos, no directamente, sino en espiral.

En busca del tiempo perdido es la manera artística en que Marcel Proust nos recuerda que todo es finito, que el universo y la perpetuidad están en los detalles y de que solo nuestras ilusiones y sueños pueden aspirar a la eternidad. Una obra que nos lleva por la ruta de la verdad real e inesperada. Gran conocedor del corazón y la razón de los lugares abisales de nuestra alma e identidad y de nuestros deseos desconocidos y dormidos pero atentos a despertar a la más leve señal. Siete libros que nos muestran en un lenguaje convertido en arte la vida misma y, sobre todo, quiénes somos en realidad, qué queremos y anhelamos de verdad. Una lección magistral y cautivadora sobre el teatro que es la vida, sobre el simulacro que se necesita para que el mundo siga girando.

Portada de la obra maestra

Nostalgia: El Dolor del Regreso y la Felicidad del Recuerdo

Fue concretamente el 22 de junio de 1688 cuando el médico Johannes Hofer presentó su tesis en la Universidad de Basilea en la que acuñaba la palabra nostalgia. Daba nombre así a una situación que probablemente ha existido desde que el hombre es hombre y que en ese siglo XVII, una vez nombrada, se consideró una enfermedad. Es paradójico que la nostalgia como tal cobrara cuerpo estudiando la tristeza, el malestar, las palpitaciones y hasta la fiebre de los mercenarios suizos. Unos tipos rudos y temidos, que añoraban sus prados verdes y sus altas montañas cuando estaban de campaña en Francia o Italia, por citar algunos lugares. Es más, en ocasiones la nostalgia por la tierra de uno se ha llamado el mal suizo, en alusión precisamente a estos mercenarios y a la tesis del doctor Hofer. Este creó la palabra nostalgia a partir de los términos griegos nóstos (regreso) y álgos (dolor).

Mercenarios suizos del siglo XVII en un paisaje montañoso

No siempre mirar al pasado es triste, aunque uno recuerde tiempos mejores y más felices. Esto no sería nostalgia si nos remitimos a la RAE, ya que ahí todas las acepciones vuelan sobre la tristeza y la pena. Pero Proust nos contó que con una magdalena mojada en té la felicidad de la niñez alcanzaba al protagonista de Por el camino de Swann. El texto cuenta cómo al llevarse un pedazo de magdalena mojado en té a la boca al protagonista lo invade el placer y se le olvidan todos los pesares. Deja de sentirse mediocre y mortal y los recuerdos del tiempo pasado, feliz, le llevan de nuevo a ese estado de ánimo. Es más, pasa de la tristeza a la felicidad en un momento. Sin querer contradecir lo que dice la RAE, para mí esto también es nostalgia, y es nostalgia buena, feliz y positiva. Cuántas veces uno recuerda un buen momento pasado viendo una foto, por una charla o sin motivo alguno, y regresa efímeramente a esa felicidad.

El dulce importaba poco. De repente, en lugar de estar en una calle de mi ciudad estaba en una casa en la sierra con diez años jugando con mi hermano a escondernos por el jardín mientras mi madre cocinaba. Marcel Proust es considerado uno de los autores más influyentes del siglo XX y su importancia excede el mundo de la literatura alcanzando lo cotidiano; como cuando se utiliza la expresión francesa "la magdalena de Proust" para referirse a una señal sensorial provocada por un recuerdo generalmente agradable.

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