La Revolución de 1917 marcó un punto de inflexión en la historia, dando origen a la Unión Soviética y dejando una huella imborrable en la política del siglo XX y el mundo contemporáneo. Aunque sus primeros pasos se dieron en el gélido febrero de aquel año, no todos los revolucionarios confiaban en su éxito inicial. La figura de Alexander Shlyapnikov, un destacado bolchevique, reflejaba este escepticismo al afirmar el 25 de febrero: «Dadles a los trabajadores medio kilo de pan y el movimiento se desvanecerá».
Sin embargo, las raíces del descontento ruso eran profundas. Bajo el zar Nicolás II, la hambruna en el campo y la creciente explotación en las ciudades, producto de la incipiente industrialización, habían creado un caldo de cultivo para la revuelta. La revolución de 1905, aunque reprimida sangrientamente, había logrado ciertas concesiones políticas, como la creación de un parlamento (la Duma) y la promulgación de una Constitución. Una década después, la conflictividad social y económica se exacerbó con la entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial en 1914. Petrogrado, la capital imperial, se convirtió en un hervidero de soldados y obreros hambrientos, agotados por la guerra y la escasez de alimentos, un polvorín donde la ira y la desesperación se dirigían contra el poder establecido.
El primer indicio de que algo trascendental estaba ocurriendo se manifestó en la celebración del Día Internacional de la Mujer, el 23 de febrero de 1917 (8 de marzo en el calendario gregoriano). En el corazón de Petrogrado, masas de mujeres trabajadoras de las fábricas salieron a las calles. A pesar de unirse a ellas obreros descontentos y hambrientos, algunos revolucionarios dudaban de la magnitud del movimiento.
Lo que se desencadenó no fue una única revolución, sino una multitud de ellas. Fue un rechazo no solo al Estado, sino a todas las formas de autoridad: jueces, policías, funcionarios, militares, clérigos, profesores, terratenientes e incluso a la figura patriarcal del padre y el marido. Lejos de disiparse, las protestas crecieron como una bola de nieve a finales de febrero, y pronto ondearon las pancartas y banderas rojas exigiendo el fin de la monarquía.
A pesar de los desórdenes, las autoridades zaristas podrían haber contenido la situación si hubieran evitado el enfrentamiento directo con las masas. Sin embargo, las fuerzas zaristas abrieron fuego, provocando muertos entre los manifestantes. La situación escaló a una auténtica revolución cuando los participantes irrumpieron en el cuartel del regimiento Pavlovski. Los soldados, en lugar de atacar a los manifestantes, se unieron a ellos, llegando incluso a disparar contra sus propios mandos. La propagación de la revuelta llevó a algunos a pensar que los partidos socialistas estaban detrás, pero la realidad fue que estaba liderada por soldados, obreros y estudiantes anónimos cuyas hazañas no quedaron registradas en los libros de historia.
El 27 de febrero, una multitud irrumpió en el Palacio de Táuride, sede de la Duma, buscando líderes. Allí se eligió un consejo de trabajadores, el sóviet. La mayoría de los líderes del Sóviet de Petrogrado no aspiraban a tomar el poder; deseaban que los líderes de la Duma, demócratas burgueses, formaran un gobierno. Esta postura se alineaba con la visión de Karl Marx, para quien la revolución burguesa debía preceder a la revolución proletaria.

El 1 de marzo se constituyó un gobierno provisional. El sóviet se comprometió a apoyarlo siempre y cuando este asumiera una serie de principios democráticos que cuestionaban la autocracia zarista. Ante el curso desfavorable de la guerra para Rusia, tanto el estado mayor como la Duma instaron al zar a abdicar. El 2 de marzo de 1917, Nicolás II, sin apoyos, renunció al trono. El fin de la monarquía fue celebrado con júbilo en todo el Imperio, y sus símbolos fueron destruidos: blasones, escudos, águilas bicéfalas y estatuas de zares.
El País Más Libre del Mundo
El gobierno provisional, aunque concebido como un ente interino para dirigir el país durante la guerra, llevó a cabo reformas de gran calado. Bajo el liderazgo del príncipe Lvov como primer ministro y Alexander Kerenski como ministro de Justicia -el único socialista en el gobierno y miembro del sóviet-, se abolieron las leyes zaristas sobre libertad de expresión y reunión. En palabras de Lenin, Rusia se convirtió en «el país más libre del mundo».
Desde su exilio en Suiza, Lenin seguía con frustración el vertiginoso curso de los acontecimientos en Petrogrado. Regresó a Rusia en un tren sellado, proporcionado por los alemanes, quienes esperaban que la oposición de Lenin a la guerra debilitara el esfuerzo bélico ruso. El 3 de abril, Lenin llegó a la estación de Finlandia de Petrogrado con su decálogo de propuestas, las famosas Tesis de Abril, reclamando «¡Todo el poder para los sóviets!».
Los escritos de Lenin, líder de los bolcheviques, contradecían la teoría marxista al rechazar la necesidad de una etapa «democrático-burguesa» previa a la revolución proletaria. A pesar de ello, Lenin logró la adhesión de su partido a sus ideas, y su carisma atrajo masivamente a obreros y soldados al partido bolchevique. Estos nuevos militantes, con escasos conocimientos teóricos marxistas, valoraban la eficacia de Lenin: ¿por qué alcanzar el socialismo en dos etapas cuando se podía lograr en una sola?
El descontento se extendía por toda Rusia, desde las ciudades hasta el campo. Las expectativas de los trabajadores se habían disparado, con huelguistas reclamando jornadas de ocho horas y el control obrero de las fábricas. En este contexto de crisis de autoridad, el sóviet tenía un control limitado sobre las revueltas en las provincias y el campo.
Los gobiernos regionales y municipales actuaban con independencia, y las comunidades campesinas se convertían en focos revolucionarios al incautar tierras y ganado. Los soldados formaron sus propios comités para supervisar las relaciones con los oficiales, y algunos se negaron a trabajar más de ocho horas diarias, reclamando los mismos derechos que los obreros. Los líderes del gobierno provisional temían que una derrota militar significara el retorno al antiguo régimen y la restauración de la dinastía Romanov.
La Insurrección de Julio
El 4 de julio, multitudes de soldados y obreros marcharon armados por las calles de Petrogrado, dispuestos a derrocar al gobierno provisional. Se congregaron frente al cuartel general bolchevique esperando instrucciones, pero en ese momento crucial, Lenin vaciló y no hizo ningún llamamiento a la rebelión. Tras esta fallida «insurrección de julio», llegaron las represalias. La policía asaltó la sede del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), detuvo a cientos de militantes y Lenin tuvo que exiliarse nuevamente, esta vez a Finlandia.
Alexander Kerenski, el único socialista del gobierno provisional, fue aclamado como la figura capaz de reconciliar el país y detener la deriva hacia la guerra civil. Gozaba de apoyo popular y era aceptado por líderes militares y la burguesía. El 8 de julio, sustituyó al príncipe Lvov como primer ministro.
El Gobierno de Kerenski
Al asumir el cargo, Kerenski adoptó un tono más autoritario. Decretó restricciones a las reuniones públicas, restauró la pena de muerte en el frente de guerra y reforzó la disciplina militar. El programa del nuevo gobierno de coalición ya no estaba supeditado a los principios del sóviet.
Mientras tanto, el recién nombrado comandante en jefe del ejército, el general Lavr Kornilov, buscó erigirse como «salvador de la nación», exigiendo medidas que implicaban la ley marcial. Kerenski accedió inicialmente, pero cambió de opinión y recurrió al sóviet, liberando a los líderes bolcheviques encarcelados para hacer frente a las fuerzas de Kornilov que avanzaban hacia la capital. La Guardia Roja bolchevique organizó la defensa de las fábricas, pero no fue necesaria la lucha, ya que agitadores soviéticos convencieron a los cosacos de Kornilov de deponer las armas. Kornilov fue encarcelado junto a otros 30 oficiales. Estos «kornilovistas», declarados mártires por los conservadores, formarían el núcleo del futuro Ejército Blanco, que se enfrentaría al Ejército Rojo en la guerra civil (1918-1921).

El Momento de Lenin
El golpe de Kornilov debilitó a Kerenski y al gobierno provisional. Mientras la derecha criticaba a Kerenski por traicionar a Kornilov, la izquierda desconfiaba de su connivencia inicial con el general. Muchos soldados sospechaban de la complicidad de sus oficiales con Kornilov, lo que provocó un grave deterioro de la disciplina militar. Esto condujo a un proceso de radicalización en las principales ciudades industriales, beneficiando enormemente a los bolcheviques, que a principios de septiembre obtuvieron mayorías en los sóviets de Petrogrado, Moscú, Riga y Saratov.
Desde Finlandia, Lenin urgió a sus partidarios a una insurrección inmediata antes del Congreso de los Sóviets de toda Rusia, previsto para el 20 de octubre. «Si esperamos, echaremos a perder la revolución», escribió el 29 de septiembre. Sabía que si la transferencia de poder se realizaba mediante una votación en el Congreso, se formaría un gobierno de coalición con sus rivales, los mencheviques y el Partido Social-Revolucionario.
Lenin vio la oportunidad de tomar el poder y la aprovechó. Regresó de incógnito a Petrogrado y el 10 de octubre convocó una reunión del Comité Central de su partido, forzando la resolución (por diez votos contra dos) para preparar una sublevación inminente.
El 16 de octubre, activistas locales informaron al Comité Central de que los soldados y obreros de Petrogrado necesitaban incentivos más sólidos para rebelarse, sugiriendo medidas como «la disolución de la guarnición». A Lenin, sin embargo, le bastaba un pequeño contingente bien armado y organizado. Su opinión prevaleció: el golpe se llevaría a cabo en el futuro inmediato.
La Toma del Palacio de Invierno
Con la conspiración bolchevique convirtiéndose en un secreto a voces, los mencheviques y socialistas revolucionarios pospusieron el Congreso de los Sóviets hasta el 25 de octubre, buscando tiempo para recabar apoyo provincial. Esta demora generó sospechas sobre la convocatoria del Congreso. Los rumores de contrarrevolución se intensificaron cuando Kerenski anunció su intención de trasladar la guarnición de Petrogrado al frente norte.
Para impedirlo, el 20 de octubre, el Sóviet de Petrogrado constituyó el Comité Militar Revolucionario, la vanguardia organizativa de la insurrección bolchevique. Cuatro días después, el Comité controlaba la guarnición de la capital. Lenin, disfrazado con una peluca, salió de su escondite y llegó al Instituto Smolny, cuartel general bolchevique, donde dio la orden de iniciar el levantamiento.

Tras una serie de contratiempos y demoras, en la madrugada del 25 de octubre (7 de noviembre en el calendario gregoriano), se produjo el legendario asalto al Palacio de Invierno, sede del Gobierno provisional. Por la mañana, se anunció la detención de los ministros de Kerenski ante el Congreso de los Sóviets. Los 670 delegados, en su mayoría obreros y soldados uniformados, decidieron formar un gobierno con el apoyo de todos los partidos presentes. Sin embargo, la mayoría de los delegados mencheviques y socialistas revolucionarios abandonaron el Congreso en protesta por el golpe bolchevique, permitiendo a estos monopolizar el nuevo poder.
Pocos creían que los bolcheviques pudieran mantenerse en el poder por mucho tiempo. Su toma de poder en la capital provocó huelgas del funcionariado, de los servicios de correos y telégrafos, y de la banca. A pesar de que la toma del poder se realizó en nombre del sóviet, Lenin no tenía intención de gobernar a través de esta asamblea, donde otras facciones podrían actuar como freno parlamentario. Creó un nuevo órgano de gobierno, el Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom), que el 4 de noviembre se atribuyó la capacidad de legislar sin la aprobación del sóviet.
Una Paz Deshonrosa
A finales de noviembre se celebraron elecciones a la Asamblea Constituyente, convocadas por el depuesto gobierno provisional. Los comicios, considerados un referéndum sobre el gobierno bolchevique, resultaron en una derrota para el partido de Lenin: los socialistas revolucionarios obtuvieron el 38% de los votos, frente al 24% de los bolcheviques. Lenin, sin embargo, no respetó las reglas democráticas: cuando la Asamblea Constituyente inició sus sesiones el 5 de enero de 1918, los guardias bolcheviques la clausuraron menos de 13 horas después.
Lenin llegó al poder prometiendo pan, paz y tierra. Poner fin a la guerra, sin embargo, no era sencillo. Muchos bolcheviques consideraban que firmar la paz con una potencia imperialista como Alemania sería una traición a la causa internacionalista. Pero ante la rápida desintegración del ejército ruso y el ataque alemán a Petrogrado en febrero de 1918, Lenin no tuvo más remedio que buscar un acuerdo de paz. El 3 de marzo de 1918 se firmó el Tratado de Brest-Litovsk, una paz deshonrosa para Rusia.

La Revolución de Octubre, también conocida como Revolución bolchevique, fue la segunda fase de la Revolución rusa de 1917. La fecha del 25 de octubre de 1917 (7 de noviembre en el calendario gregoriano) corresponde al calendario juliano vigente en la Rusia zarista. La insistencia del Gobierno provisional en continuar la guerra, muy impopular, impedía la aplicación de las profundas reformas que exigía la población. La ausencia de estas reformas hizo que el programa bolchevique, reflejado en sus consignas de «Paz, pan y tierra» y «Todo el poder para los sóviets», ganara partidarios rápidamente en el otoño de 1917.
A pesar de la aparente debilidad del Gobierno provisional, la insurrección armada exclusivamente bolchevique, defendida por Lenin, sería rechazada por las masas. Defendiendo sus acciones como defensa ante la contrarrevolución, el nuevo Comité Militar Revolucionario de Petrogrado (CMR), controlado por los bolcheviques, fue tomando el control de las unidades de la guarnición. Se sucedieron choques incruentos entre el Gobierno y el CMR por el control de los puntos estratégicos de la capital, que terminaron con la victoria del segundo y el aislamiento del primero. El abandono del Congreso por los socialistas moderados en protesta por las acciones bolcheviques facilitó la formación de un Gobierno (el Sovnarkom) exclusivamente bolchevique. Las posteriores negociaciones para formar un Gobierno de coalición entre los distintos partidos socialistas fracasaron por la intransigencia de las partes. El poder del nuevo Gobierno se extendió por el país, con graves enfrentamientos en algunas zonas, como Moscú. La debilidad militar de la oposición y la popularidad de las primeras medidas favorecieron a Lenin y sus seguidores.
Trailer Pan, Paz y Tierra (1917-2017)
La Revolución Rusa, considerada el acontecimiento más importante del siglo XX, puso fin al largo siglo XIX y dio inicio al corto XX. Estableció un sistema novedoso de Soviets y presentó el primer desafío serio al capitalismo, inspirando revueltas y revoluciones a nivel mundial, y condicionando la geopolítica hasta finales del siglo pasado. Su eco resuena aún hoy en los discursos políticos contemporáneos.
La toma del Palacio de Invierno es vista por algunos como el inicio de una gran tiranía, mientras que para otros representa el mayor momento de progreso y el fin de la opresión. Más allá de las connotaciones morales, la Revolución Rusa sigue viva y su estudio revela cómo un partido marxista ortodoxo logró hacerse con el poder, establecer un nuevo Estado sobre las ruinas del Imperio zarista y cómo un mundo nuevo emergió con las contradicciones del antiguo.
La explicación de la Revolución y la subsiguiente guerra civil, que duró hasta 1920, es inseparable. Como afirmó Lenin en 1906, «un marxista no puede considerar en general anormales y desmoralizadoras la guerra civil o la guerra de guerrillas». La Revolución no puede considerarse triunfante hasta la victoria bolchevique en la guerra civil, que implicó la toma del poder en todo el imperio, no solo en Petrogrado o Moscú.
El principal motivo de la Revolución de Febrero de 1917 fue la Primera Guerra Mundial. Rusia combatía desde 1914 en el frente oriental, y a principios de 1917, las tropas alemanas ocupaban territorio ruso, la moral de los soldados era baja y la opinión pública era desfavorable a continuar la guerra. Millones de muertos y desplazados, sumado a la escasez de alimentos en Petrogrado, crearon un clima de descontento generalizado.
A pesar de que los principales líderes opositores estaban exiliados o detenidos, todos los partidos, desde los liberales hasta los bolcheviques, habían realizado propaganda durante años. La ciudad imperial estaba llena de una población que anhelaba reformas. El zar Nicolás II mismo buscaba modernizar el país. Sin embargo, la resistencia de la nobleza y los terratenientes, junto con el desarrollo desigual y combinado de Rusia, la convirtieron en el eslabón más débil de la cadena imperialista.
El 8 de marzo de 1917, miles de mujeres salieron a las calles de Petrogrado exigiendo pan y el fin de la guerra. A ellas se unieron obreros y trabajadores. Las mujeres portaron estandartes rojos y sus lemas resonaron en la ciudad. A pesar de los disturbios, la policía logró contener las manifestaciones, pero las tropas mostraron cierta simpatía por los manifestantes, un hecho clave para el triunfo de la revolución.
Las consignas de «Pan, Paz y Tierra» configuraron el programa de acción que motorizó la revolución rusa. Estas consignas, aunque teóricamente reformistas y compatibles con el capitalismo, generaron una revolución gigantesca al abordar las causas de la guerra, el hambre y la propiedad feudal de la tierra, originadas en la crisis del sistema capitalista en su fase imperialista.
La revolución rusa demostró que el capitalismo, a pesar de sus contradicciones, seguía siendo un sistema viable, y que el socialismo no podía alcanzarse en un solo país. Sin embargo, sí era posible obtener victorias parciales contra el capitalismo, incluidas revoluciones triunfantes que expropiaran al capital. El concepto de «era revolucionaria» de Marx implica que las nuevas relaciones de producción «se incuban en el seno de la vieja sociedad» y que la lucha anticapitalista es un proceso con avances y retrocesos.
Las consignas y el programa de los bolcheviques no eran categorías estáticas, sino planteamientos concretos en relación con la dinámica política y la lucha de clases. Partiendo de las reivindicaciones elementales de las masas -«paz, pan y tierra»-, se progresaba hacia la lucha por el poder. El método transicional se basaba en la realidad dinámica entre la vieja y la nueva sociedad, con el protagonismo activo de las masas como sujeto social.
León Trotsky refutó la idea de que la toma del poder por los bolcheviques fue un «golpe de estado», destacando la participación activa de las masas. Los soviets, surgidos en 1905, canalizaron el torrente multitudinario, caracterizados por una amplia democracia de bases. A diferencia de la democracia burguesa, donde las masas delegan el poder, la democracia obrera concentraba en los soviets las funciones de deliberación, resolución y ejecución, exigiendo una participación activa y un crecimiento en la conciencia de sus protagonistas.
El contraste entre la democracia burguesa y la democracia obrera se manifestó en el debate entre la Asamblea Constituyente y los soviets. Los bolcheviques tomaron el poder con mayoría en los soviets de las grandes ciudades, a pesar de ser minoría en la Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal. La violencia organizada de masas, a través del Comité Militar Revolucionario, se opuso al terrorismo individual.
El fracaso del intento de golpe de Estado de Kornilov a finales de agosto de 1917 fortaleció a los soviets y orientó a las masas hacia el bolchevismo. La paz no llegaba, el hambre persistía, los capitalistas cerraban fábricas y la tierra no se repartía. El Sóviet de Petrogrado acordó la transferencia del poder a los soviets, decisión que pronto siguieron otros soviets. La mayoría de los soviets de obreros y soldados pasaron a tener mayoría bolchevique.
El éxito del bolchevismo se debió a su trabajo incansable con las masas, su identificación con las necesidades de obreros y soldados, y sus consignas claras y prácticas: «pan, paz y tierra». Estas propuestas buscaban garantizar el alimento, una paz inmediata sin anexiones, y el reparto de tierras a los campesinos pobres, además del derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas. Para lograr estos objetivos, era indispensable arrebatar el poder a la burguesía.
