El significado profundo de "nos lo comeremos como pan" y la espiritualidad del alimento

La expresión "nos lo comeremos como pan" va más allá de su significado literal, encapsulando una profunda enseñanza espiritual y una metáfora de la victoria sobre los desafíos. Este concepto se arraiga en la comprensión bíblica del pan como sustento, tanto físico como espiritual, y como símbolo de la provisión y el poder divino.

Pan sin levadura y pan leudado

La batalla entre lo correcto y lo incorrecto: el pan sin levadura como símbolo

Desde una edad temprana, se nos enseña la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, definiendo esta idea como "moral" o "valores". Esta idea proviene del Dios Creador, y Su Palabra define lo correcto y lo incorrecto, a veces denominando estas cosas como el "bien" y el "mal". En la terminología bíblica, el camino equivocado se llama "pecado", y el correcto se llama "justicia". El pecado, de hecho, es la transgresión de la ley (1 Juan 3:4), la ley de Dios. Una persona o una acción puede ser "pecaminosa" o "lícita".

Dios instituyó un festival que representa exactamente esto de una forma tangible y física: los Días de Panes sin Levadura. Estos días nos enseñan este concepto básico y global. El pan no puede tener un poco de levadura y a la vez ser sin levadura (1 Corintios 5:6; Gálatas 5:9). Es leudado o no es leudado. Este es un concepto que incluso la mente de un niño puede comprender.

La levadura, en este contexto, se convierte en un símbolo del pecado. Durante los Días de Panes sin Levadura, eliminamos físicamente toda la levadura de nuestros hogares, tal y como ordena la Biblia (Éxodo 12:19). Pero no solo se trata de abstenerse de comer levadura; Dios pone el énfasis en la "ausencia de levadura", un símbolo de justicia (Levítico 23:6). La lección que aprendemos es que el pan debe ser leudado o sin levadura; no puede ser ambas cosas, ni tampoco ninguna.

Esto implica que debemos hacer exactamente lo contrario del pecado: debemos hacer la justicia. Esta es, pues, una de las principales lecciones de los Días de Panes sin Levadura: para cada acción pecaminosa, hay una acción justa contraria. Estos días nos enseñan cómo vivir lo opuesto al pecado.

Vencer el pecado: más que una simple abstención

Vencer el pecado no es simplemente detenerse de cometerlo. No dejamos de pecar simplemente por no cometer más ese pecado, así como no simplemente no comemos pan con levadura por siete días. Debemos comer pan sin levadura durante esos siete días. Una manera en que podemos dejar de pecar es reemplazando la acción pecaminosa con la justicia, así como comemos pan sin levadura en lugar del pan con levadura que normalmente comemos.

El apóstol Pablo expuso este concepto en Efesios 4, citando varios ejemplos prácticos de pecados que tienen lo que podríamos llamar las contrapartes justas. Él amonesta al cristiano a despojarse de "la pasada manera de vivir [conducta]", a la que llama "el viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos", y a "vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Efesios 4:22-24).

Un cristiano convertido no se limita a despojarse del viejo hombre; debe reemplazarlo con el nuevo hombre, creado por Dios en "justicia y santidad de la verdad". Los ejemplos específicos que da Pablo demuestran que se trata de algo más que detener la acción pecaminosa; requiere hacer lo contrario.

Ejemplos de sustitución de acciones pecaminosas por su opuesto justo:

  • Robar: "El que hurtaba, no hurte más... Sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad" (Efesios 4:28).
  • Mentir: "Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros" (Efesios 4:25).
  • Lenguaje corrompido: "Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes" (Efesios 4:29).

Vencer el pecado significa ir en la dirección opuesta al pecado, realizando la contraparte justa. Al eliminar la levadura, nos convertimos en una nueva masa sin levadura, reemplazando la malicia y la maldad con sinceridad y verdad (1 Corintios 5:7-8).

"Nos lo comeremos como pan": la victoria sobre los gigantes

La expresión "nos lo comeremos como pan" adquiere un significado aún más potente en el contexto de la victoria sobre los desafíos y "gigantes" en nuestras vidas. En Números 14:9, Caleb, al enfrentar a los gigantes en la tierra prometida, declara: "Así que no se rebelen contra el Señor ni tengan miedo de la gente que habita en esa tierra. ¡Ya son pan comido! No tienen quién los proteja, porque el Señor está de parte nuestra. Así que, ¡no les tengan miedo!".

Caleb vio los gigantes en la tierra como pan, no como obstáculos. Esto implica que, en la medida que enfrentamos a nuestros gigantes y los vencemos, se convertirán en nuestra fuente de nutrición y fortaleza. Aquellas cosas ante las cuales nos inclinamos, aumentarán nuestra esclavitud, pero al resistir, nuestro destino está a punto de revelarse.

Caleb y Josué enfrentando gigantes

Esta es una invitación a la valentía, a tomar posesión de las promesas de Dios, sin negar que hay desafíos, pero con la certeza de que somos capaces de vencerlos. Así como Dios realizó milagros con una nube de día y fuego por la noche en Su Pueblo en los días antiguos, Él hará provisión y protección, y Su gloria irá delante de nosotros en todo lo que Él nos ha llamado a hacer.

La Misión de los 12 Espías: Gigantes en la Tierra y el Valor de Josué y Caleb | Historia Bíblica

Los gigantes pueden parecer inmensos en lo natural, pero lo que Dios nos ha dado es mucho mayor. Él traerá confusión a nuestros enemigos y enviará avispas para expulsarlos. Dios busca a aquellos que son valientes como Josué y Caleb, quienes estaban dispuestos a levantarse y decir: "Subamos y poseamos la tierra".

El pan de cada día: provisión y dependencia divina

La frase "orar por nuestro pan de cada día" proviene de la Oración Modelo o Padrenuestro (Mateo 6:9-13; Lucas 11:2-4). Significa simplemente pedirle a Dios que provea nuestra comida diaria y otras necesidades. Al orar por nuestro pan de cada día, reconocemos que todo lo que necesitamos para vivir este día es un regalo de Dios (Mateo 5:45; Hechos 14:17).

El "pan diario" incluye no solo nuestras necesidades físicas, sino también nuestras necesidades espirituales, relacionales y emocionales. Dios se preocupa por, y provee, la totalidad de nuestro ser, no solo el bienestar de nuestros cuerpos físicos. Este concepto también se remonta a la provisión diaria de maná de Dios para los israelitas (Éxodo 16:4-12; Deuteronomio 8:3; Juan 6:31).

Maná del cielo

Sin Dios y Sus dones, no podríamos sobrevivir un solo día. En Él, vivimos, respiramos y tenemos nuestro ser (Hechos 17:28). El aire que respiramos, el agua que bebemos y el pan que comemos dependen de la continua gracia de Dios. Todo don bueno y perfecto nos es dado por nuestro misericordioso Padre Celestial (Santiago 1:17).

Cuando oramos por nuestro pan de cada día, estamos enfocados en el presente. Al enseñarnos a pedir nuestro pan de cada día, Jesús enfatiza la importancia de vivir en el momento presente (Mateo 6:34).

Esta oración también protege nuestros corazones contra la codicia y el descontento (1 Timoteo 6:8-9). Al centrarse en el pan, nuestro Señor nos está enseñando que debemos pedir lo que necesitamos y no los excesos que anhelan nuestras naturalezas autocomplacientes. A menudo, sobreestimamos nuestras necesidades físicas y subestimamos nuestra necesidad espiritual (Colosenses 3:2-3).

La clave para la satisfacción no es tener más cosas, sino atesorar a Jesús por encima de todas las cosas (Mateo 6:24-33). Cuando oramos por nuestras necesidades diarias, reconocemos nuestra interconexión con los demás creyentes en Cristo. Al usar el plural "danos nuestro pan de cada día", nos identificamos como pertenecientes a la iglesia de Cristo (el cuerpo de Cristo - 1 Corintios 12:12-27).

En resumen, orar por nuestro pan de cada día significa pedirle a Dios que cubra nuestras necesidades hoy, reconociendo que dependemos totalmente de Él para la vida y todas sus necesidades, y confiando en que Él nos proveerá sin que nos preocupemos (Mateo 6:25-34). Dios ya nos ha provisto lo que más necesitamos: la salvación en Jesucristo. Romanos 8:32 dice: "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?" Jesús es el Pan de Vida (Juan 6:35).

La mesa como lugar sagrado y lenguaje de amor de Dios

Compartir una mesa es una de las cosas más especiales que hacen los seres humanos. No hay otra criatura que consuma su comida en una mesa. Las mesas son unos de los lugares más importantes para la conexión humana y, a menudo, nos sentimos más vivos al compartir una comida en la mesa.

No debería sorprendernos descubrir que a lo largo de la Biblia Dios aparece en distintas mesas. De hecho, en el centro de las vidas espirituales del pueblo de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos una mesa: la mesa de la Pascua y la mesa de la Comunión.

La Última Cena

En un mundo acelerado y tecnológico, los cristianos debemos recuperar el arte de una comida alrededor de una mesa sin prisas y con personas que amamos. La comunión alrededor de la mesa no suele ser una de las disciplinas espirituales de toda la vida, pero en medio de un mundo que parece que cada vez ha perdido más el camino en relación con la comida y con el alma, la espiritualidad cristiana tiene algo importante que decir sobre la forma en que este tiempo compartido nos alimenta tanto a nivel físico como espiritual.

Mateo cuenta la historia de la última cena de esta forma: "Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo" (Mateo 26:26). Vemos el patrón de bendecir, partir y dar también en las historias de Jesús alimentando a las multitudes y en la escena en que los discípulos reconocieron a Jesús después de haber caminado con ellos de camino a Emaús.

Este patrón de bendecir, partir y dar se encuentra en el centro de la historia cristiana. La comida es un lenguaje del amor de Dios. La mesa es un lugar para recordar la bendición de Dios. Una oración antigua de la iglesia basada en una oración hebrea dice así: "Bendecido seas Tú, Señor Dios, Rey del universo, pues nos has dado comida para mantener nuestras vidas y para alegrar nuestros corazones".

Tenemos que recuperar la importancia de reunirnos con personas alrededor de la mesa con el propósito de disfrutar una comida como regalo de Dios. No tiene que ser nada lujoso, puede ser sencillo. Una de las escenas de comidas que más me gustan de toda la Escritura ocurre en la orilla del mar de Galilea después de la resurrección de Jesús (Juan 21). La fogata en la playa, donde Jesús había preparado el desayuno, fue un lugar de restauración para Pedro después de su negación.

La mesa es el lugar donde los pecadores encuentran un sentimiento de conexión y de pertenencia. Como creyentes, somos personas bendecidas, quebrantadas y dedicadas. Este último aspecto de nuestra identidad nos recuerda que, como pueblo de Dios, estamos dedicados al mundo, llamados a representarle. Nuestras mesas tienen el potencial de ser los lugares de misión más grandes de nuestras vidas.

Quizás antes de invitar a alguien a que crea en Jesús o antes de invitarle a ir a la iglesia, le deberíamos invitar a cenar. Jesús mismo tenía una reputación de "comilón y bebedor de vino" (Mateo 11:18-19), porque comía y bebía con "pecadores de mala fama". Para el Señor, esa comunión era una demostración de la venida del reino de Dios. Como sugiere Gordon Smith en su libro A Holy Meal: The Lord’s Supper and the Life of the Church, "comer para Jesús era una forma clave de proclamar la venida del reino de Dios y representaba su llegada".

La Eucaristía: una nueva Pascua y un llamado a la unidad

La Eucaristía es la nueva Pascua de los cristianos, la fiesta de la liberación porque recuerda y hace presente la Resurrección de Jesús, su paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad. Es una invitación a celebrar con un corazón limpio, alejado de las divisiones y soberbias. La Eucaristía es una comida entre hermanos, lo cual implica reconocer la igualdad de relaciones entre los miembros de esta comunidad.

La Eucaristía crea la Iglesia, cuando los que participamos en ella nos vemos sin distinción, tenemos los mismos ideales, hablamos el mismo lenguaje y compartimos los mismos sentimientos y padecimientos. La cena, en familia, adquiere una dimensión antropológica trascendente porque no solo se comparte un mismo alimento sino la vida misma. Es un espacio privilegiado para poner sobre ella las experiencias vividas cotidianamente, para entregar a los seres amados las victorias y logros del día, pero también las derrotas y fracasos para sobrellevarlas entre todos.

La Eucaristía, símbolo de unidad

San Pablo, en 1 Corintios 11:23-26, relata la tradición recibida de Jesús: "que Jesús, el Señor, la noche en que iba a ser entregado tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: 'Esto es mi cuerpo entregado por ustedes, hagan esto en memoria mía'. Igualmente después de cenar, tomó el cáliz y dijo: 'Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre, cuántas veces beban de él, háganlo en memoria mía'. Así pues, siempre que coman de este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor hasta que él venga".

Esta tradición tiene un valor sagrado, porque si se sigue tal cual es, conduce a la salvación, pero si no se hace como tal, comemos nuestra propia condenación (1 Corintios 11:27-29). Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre por nuestra salvación como símbolo de una nueva alianza, la cual implica, derechos y obligaciones. El derecho es que Dios nos va a bendecir abundantemente y el deber es que esa acción siempre tendrá que ser una conmemoración de la salvación realizada por Jesús, siempre en su Nombre.

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