El pasado 23 de Octubre fallecía en Madrid José Lucas, a los 77 años, un pintor comprometido con todo lo que hacía pero, sobre todo, con la dignidad y con el arte, un creador apasionado hasta el extremo y con una libertad de verbo y pensamiento que lo significaban en todo aquello en lo que intervenía.
Era una persona de fuertes convicciones y muy comunicativa, solidario, empático, eterno amigo de sus amigos, pero, sobre todo, compañero leal, muy generoso, y siempre preocupado por lo que compartía con quien tuviera enfrente.

Le conocí allá por el año 1987, en una reunión donde, junto a otros grandes creadores de esta región como el pintor José María Párraga, el escultor José Hernández y otros muchos, se pergueñó la Asociación de Amigos del Faro, entidad que tuvo un protagonismo cultural importante en el estío mazarronero.
Pepe veraneaba en Mazarrón desde hacía muchos años, aquí pasaba parte de los meses de Agosto y Septiembre y no volvía a Madrid hasta que no asistía a las corridas de toros de la Feria de Murcia, porque era un aficionado que disfrutaba este otro arte.
En sus estancias en nuestro pueblo seguía pintando todos los días, era un trabajador incansable, muy prolífico y con una gran visión de futuro.
Se interesaba por todo y, de manera especial, por todo lo que aquí ocurría en el terreno cultural. Le gustaba, especialmente, la literatura y atesoraba lecturas de todo tipo. Era una persona culta.
En este tiempo participó unos años como jurado del Villa de Mazarrón de cuentos, actividad que no dejó de apoyar nunca.
Contertulio del Café Gijón, ha conocido a muchas de las personalidades de las letras españolas y ha compartido con ellos una gran amistad.
No voy a glosar su calidad artística porque es pública y ampliamente reconocida a todos los niveles, ya hay voces más autorizadas que la mía para este menester, pero si quisiera señalar su colaboración conmigo en la elaboración de una carpeta artística que editó el Ayuntamiento de Mazarrón y que llevó por título “A siete tintas”. Una magnífica obra de arte que pergueñó junto a su amigo y maestro serígrafo Pepe Jiménez y que vio la luz en 2014.

Nos deja un pintor excepcional que supo muy pronto con qué quería enriquecer su vida y aunque le costó, con etapas inciertas, acabó en manos de la pintura y fue feliz. Lo echaremos de menos, pero su talante y su hacer impregnarán largo tiempo el futuro. Entendemos el lance y ventura de una original vida apasionada.
Se inició en el mundo artístico a los 11 años. Recibió las primeras clases de dibujo del escultor Juan Solano en la academia local de su pueblo. Continuó su formación en la Escuela de Artes y Oficios de Murcia y desde 1969 fijó su residencia en Madrid, matriculándose en el Círculo de Bellas Artes y en la Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Trabó amistad con los principales pintores, escritores y poetas del momento.
Durante un año residió como becario en Alemania, donde entró en contacto directo con el expresionismo abstracto, cuyas enseñanzas, junto a las de expresionistas españoles como Luis García-Ochoa Ibáñez y Francisco Mateos se reflejaron en su obra.
Recibió numerosos premios de pintura y realizó un número importante de exposiciones, así como diversos murales monumentales.
Sus obras parten de un planteamiento personal y libre y se caracterizan por estar realizadas con un trazo enérgico y rotundo y por utilizar una paleta de violentos colores y técnicas de gran variedad (collage, óleo, dibujo, técnica mixta).

Visceral, herido y alucinado, irónico, reflexivo, a veces melancólico... José Lucas (1945-2023) aparece retratado así en el texto que su hijo, el poeta y periodista de EL MUNDO Antonio Lucas, ha escrito para el catálogo de la exposición que reunirá su obra y su mundo en el Palacio de San Esteban en Murcia.
«La biografía de mi padre está en su pintura», explicaba Antonio Lucas en vísperas de la inauguración de José Lucas; expresionista en el laberinto barroco (desde mañana y hasta el 25 de noviembre) en la que el presidente de la Región de Murcia, Fernando López Miras, ejercerá de anfitrión.
La muestra, por tanto, es un relato vital narrado a través de los cuadros de Lucas y, junto a ellos, los libros de su caprichosa y bien surtida biblioteca. Los minotauros poderoso, los destellos expresionistas y casi abstractos, el color esencial y los dibujos casi picassianos de Lucas se exhiben junto a algunas de las primeras ediciones y una selección de retratos de los poetas que admiró.
«Era locuaz, divertido, cargado de anécdotas», cuenta Antonio Lucas de su padre. «Contaba bien el flamenco, la poesía, la pintura... Detectaba la poesía en gente ajena a la poesía. Embellecía a la gente. Hablaba muy bien. Quería que su obra fuese gramática, no solo forma».
Era uno de los referentes del expresionismo madrileño que cuajó en los años 80, como demuestran sus murales cerámicos de la Estación de Chamartín, ahora en proceso de reinstalación en ese espacio.

El texto de Antonio Lucas en el catálogo es más relato que ensayo. El hijo visita a su padre mientras éste pinta una tela de gran formato, Homenaje a Rilke: "Mirando fijamente el lino virgen removió con el pincel grande la pintura líquida y densa. Dio seis o siete vueltas muy despacio, casi buscando algo, casi dejándose buscar. Daba una sola pincelada y dejaba que la pintura escurriera por el lienzo. Quedó un rato explorando el resultado como si necesitara traducirlo para seguir, como si la huella primera tuviese la instrucción de la siguiente".
José Lucas era ante la pintura el torero y el toro a la vez. "La tauromaquía fue un tema al que dio muchas vueltas", cuenta su hijo. "Hay cierta violencia y cierta aspereza que viene de ella". Y la tauromaquia lo llevó al minotauro, como los que abren la exposición. "Sus minotauros están derrotados y a la vez son deseantes. Ahí está él mismo. Mi padre fue un ferviente deseante".
En el catálogo de la exposición aparece un texto del filósofo Francisco Jarauta (comisario de la muestra junto al profesor de la Universidad de Bolonia, Pedro Medina) sobre esos minotauros: "El minotauro de Lucas es, más que antropológico, expresionista; sus colores, proporciones y formas también. Lo que propone no es volver al Minotauro, sino a mirar el mundo desde él: desde su instinto, su ingenuidad y su pureza. Todos tenemos un Minotauro dentro".
Regreso al cuadro de Rilke relatado por el hijo: "Resoplaba y decía entre dientes músicas, palabras, cosas. A la manera del trance derviche entendía que estaba dentro de la combustión que había invocado un rato antes. [...] Y de golpe, porque ocurrió de golpe, se detuvo en seco. Dio dos pasos atrás y observó aquello sin saber cómo escapar de lo sucedido.
La Paella: Un Icono Gastronómico Español
Si existe un plato que nos identifica de una forma noble y carismática en todo el mundo, ese es la paella. Si existe un plato que describa sin palabras la idiosincrasia del carácter español y su manera de compartir la cocina; esa es la paella. Si tuviéramos que buscar un plato español capaz de adaptarse a los ingredientes de otros mundos, ese, sin duda, es la paella.

Buscar las raíces, indagar en la tradición de un recetario defendido a fuego y atreverse a innovar teniendo como base el arroz, es lo que precisamente han hecho autores de libros que exploran la verdadera historia de la paella y sus recetas infalibles.
“Durante décadas, la paella ha sido un punto controvertido y un tema de conversación interesante” -explica Omar Allibhoy-. “Los tradicionalistas creen que hay una forma verdadera de preparar la paella, sin espacio para la experimentación, y que todos los demás platos se llaman arroces (…) Creo que, fuera de Valencia, todas las recetas que yo he compartido en mi libro se pueden clasificar como paellas si se cocinan en una paellera”.
“Es incuestionable el hecho de que la paella procede concreta y puntualmente de Valencia”, apunta Méndez-Trelles, a lo que añade: “También es cierto que, si bien la paella se ha mejorado, variado y enriquecido de forma espectacular en los últimos años, se han cometido verdaderos estragos con lo más íntimo de su elaboración (…) como las paellas mixtas o las que aportan todo tipo de especias exóticas”.
Libros y Autores sobre la Paella
En 100 Paellas y una fideuá, Méndez-Trelles plasma con brillantez lo que podríamos bautizar como la verdadera historia de la paella: sus grandes mitos, aberraciones y aciertos. El libro, a medio camino entre un ensayo y un recetario, bien condimentado de sarcasmo, crítica y agudeza, está escrito con fundamento y un exquisito sofrito de sabiduría.
“Se podría decir que mi libro tiene una doble cara”, comenta el cocinero Omar Allibhoy, “por un lado, la de ser útil. Es decir, quien solo quiera hacer una paella, sin ir más allá, pues no tiene más que buscar la que desea, seguir el paso a paso de la receta y conseguir un resultado sorprendente. Pero, por otro lado, las 70 primeras páginas de mi libro están dirigidas a quien también quiere profundizar. Es ahí donde plasmo todos los años de investigación, mis viajes a Valencia y los errores cometidos”. El chef confiesa que el volumen nació por pura pasión: “He dedicado muchos años de mi vida a trabajar, investigar y comprender el proceso para hacer una excelente paella. Por eso tuve claro que mi último libro tenía que ser un homenaje al mundo del arroz”.
Junto con el libro de Allibhoy, acaba de llegar a las librerías El arte de un buen arroz, de Héctor Medina. “Creo que la mejor manera de ver y seguir una receta es a través de un libro. Todos me conocen en las redes sociales por mis arroces por eso quise hacer este libro para que transmitir no solo mis recetas sino todo lo que rodea al mundo de los arroces”, explica Medina. El resultado: un libro muy bien editado con más de 70 recetas de arroces, algunos entrantes y unos pocos postres. “El secreto para conseguir hacer una buena paella es, sin duda, la elección del grano. A la mayoría de la gente se le olvida que es el ingrediente fundamental. Cada grano tiene su tiempo de cocción y su calidad. Me gustaría hacer entender esto a través de mi libro”, subraya.
Esta misma filosofía la comparte el chef argentino Hernán Gipponi, autor del libro Arroz, quien dedica las primeras páginas al ingrediente, los sofritos, los caldos y los cultivos. “Seguramente más de un español podría el grito en el cielo al ver cómo se hace y vende aquí (en Argentina) la paella. Pero ese es el estigma que carga cada plato que se universaliza. La paella nos habla de la versatilidad del grano, que se instala cómodamente, para quedarse en el recetario del mundo, donde se cocina y trabaja de infinitas maneras”. El libro es una delicia en tapa dura, bien ilustrado y repleto de contenido.

En una idea coinciden todos estos libros y sus autores: en que no hay paella sin domingo, ni fiesta sin grano compartido.
Premios y Reconocimientos a la Paella
Juan José San Bartolomé ha explicado que el esfuerzo es diario “porque cada día en su restaurante ofrecemos cada día una amplia carta de arroces y poco a poco coges finura a la hora de realizar las paellas”. Para Bartolomé, “el secreto es cogerle el punto a todo el proceso, que parece fácil, pero no lo es, porque cada día el paladar está diferente, por lo que hay que fiarlo a los buenos productos de calidad, verduras de la zona y arroz de la albufera que coge mucho sabor y queda suelto, y muchos mimos, y estar pendiente”.
El responsable de Sequial 20 además explica una particularidad de la receta de paella con la que han logrado el premio y es que no es la que más consumen y elaboran en sus cocinas porque la modalidad de paella que se cocina en Sueca es con pollo, costillas y pimiento. De hecho, en la carta del restaurante distinguen entre paella valenciana y paella del concurso internacional, porque “la paella del concurso se vende muy bien, y la piden gente de fuera, clientes que quieren probar, pero los vecinos del municipio optan por la receta local”, explica Juan José.
Resto de premiados En el podium del concurso acompañan al Sequial 20, el Restaurante PaellaGuys, de Vancouver (Canadá) y el tercer premio, ha recaído en el restaurante Bon Aire, de El Palmar (Valencia).
El premio a la mejor paella cocinada por un restaurante a nivel nacional, ha sido para el Restaurante Los Reyes, de Málaga; el premio a la mejor paella cocinada por un restaurante de la Comunitat Valenciana ha sido para el Restaurante Paco Baile, de Santa Pola (Alicante) y en cuanto a la mejor paella cocinada por un restaurante de Sueca, el ganador ha sido el Restaurante Galiana.