El Nocturno del Poeta y la Arepa: Un Viaje por la Identidad Venezolana y Colombiana

En el amplio corredor latinoamericano, el maíz, producto ligado a la época prehispánica, ha sido el pilar de un sinnúmero de expresiones culturales. Reservamos hoy este espacio a contenidos que desnudan hechos cotidianos, primarios, referentes a actividades relacionadas con este cereal, y en especial, a uno de los platos tradicionales que de él se derivan: la arepa.

La Arepa: Historia y Tradición Prehispánica

La palabra “arepa” proviene del cumanagoto erepa, que en dicho idioma caribe era el nombre genérico del maíz. El uso de esta especie de pan en forma de disco, que hoy es providencia unánime de toda mesa venezolana, debe ser tan antiguo como la “cultura arcaica del maíz”, que se extendió por toda América no menos de cinco milenios antes de la llegada de los primeros europeos.

Los antiguos habitantes del río Cesar, en Colombia, dejaron rastros abundantes de piedras y manos de moler, así como de grandes platos discoidales para tostar, que indican un sistema agrícola basado principalmente en el cultivo de maíz. En esa época, la culinaria de los nativos usaba los sistemas universales de cocción: hervir, sancochar y asar, complementados con la técnica de conservación del ahumado.

Mujeres prehispánicas elaborando arepas

En todas las mitologías indígenas, en las leyendas cosmogónicas del Popol Vuh, libro sagrado de los mayas; en el culto azteca del dios Cinteotl y de la diosa Xilonen, los aborígenes veían en la dorada y nívea mazorca la más benévola y útil ofrenda que los dioses hicieron a los hombres. Solo la palma moriche en las leyendas de la Guayana compite mitológicamente con el maíz su calidad de extraordinaria dádiva celeste.

La mujer, como preservadora y transmisora de cultura, ha sido relacionada con el maíz desde la época prehistórica. En el primitivismo artístico europeo, la representaban en hermosas estatuillas que simbolizan ritos mágico-religiosos referidos a la fecundidad de la tierra. Lo mismo sucedió en varias culturas precolombinas. En la historia y cosmovisión de éstas, y en especial la maya, existen varias deidades femeninas vinculadas a la naturaleza, a la agricultura y en particular al cultivo del maíz. Según ellos, es la mujer quien cuida la semilla del maíz, quien garantiza su reproducción y conservación.

La Arepa en la Época Colonial y Actualidad

Ya en el siglo XVI, el jesuita español José de Acosta observaba en su Historia Natural de las Indias que “en todos los reinos de Indias Occidentales, en Perú, en Nueva España, en Nuevo Reino, en Guatemala, en Chile, en toda Tierra Firme”, el maíz era el primero y más variado de los alimentos. Su fina prosa describe y encomia todas las comidas que se elaboran con maíz: el “mote” de chilenos y peruanos; las “tortillas” de México; el vino que en “el Perú llaman azúa y por vocablo de Indias, común, chicha”; ciertos “bollos redondos y sazonados que duran y se comen por regalo”, y nuestras “arepas” de Tierra Firme. Una excepción en ese universal banquete eran las “islas de Barlovento: Cuba, la Española, Jamaica, San Juan (ahora Puerto Rico), donde los aborígenes preferían la yuca y el cazabe”.

El padre Acosta formuló un pronunciamiento caluroso a favor del maíz, que “en fuerza y sustento no es inferior al trigo, es más grueso y más cálido y engendra sangre”. Tan noble producto fijaba, así, y aun antes de la Conquista, un como parentesco y linaje alimenticio entre los pueblos continentales: entre la “tortilla mexicana” y nuestra “arepa” y las “humitas” del imperio incaico; entre la “chicha” y “azúa” del Perú y el áspero masato llamado “muday” por los araucanos de Chile.

Quizás algún arqueólogo que fuera también un poco poeta repararía en la circunstancia de que los dos más famosos “panes” de maíz de América, la tortilla y la arepa, tienen la forma del disco solar, como si en ellos las nobles razas que los crearon quisieran venerar a ese primero y más visible dios que calienta la tierra e hincha los frutos. Asimismo, el recipiente en que se cuecen “arepas” y “tortillas”, “comal” entre los mexicanos y “budare” en Venezuela, tiene la redonda forma del sol.

Al trasplantarse de su paisaje español, los colonizadores que venían debieron acostumbrarse a comer “arepas” o hibridizarlas con otros guisos de su tradición culinaria. Pero era tanta la fuerza del alimento autóctono que aun en regiones venezolanas -como los Andes- donde pronto se cosechó trigo, y el castellano y el extremeño pudieron disfrutar del pan blanco y de las “roscas”, “acemitas” o “mojicones”, de noble abolengo peninsular, se injertó como buena mestiza, junto a la de maíz, una “arepa” de harina que aún convive con la otra en las mesas de Mérida, el Táchira y los páramos trujillanos. El pan europeo se “arepizaba”, así, como impulso e ineludible voluntad de la tierra.

Ya en los cronistas coloniales se habla de la “arepa” como de la más obligada nutrición del país. Caliente regalo de las anchas cocinas coloniales, del legendario “pilón” y del budare de barro -antiguo como las más antiguas culturas de Tierra Firme-, sustento inaugural de la mañana acompañando a la jícara de chocolate, al meloso guarapo y, a partir del siglo XIX, al excitante café, la arepa evolucionó y aceptó múltiples metamorfosis y aliños a lo largo de su proceso histórico.

La Arepa en la Vida Cotidiana Venezolana: Más Allá de un Alimento

La arepa es el desayuno de todos los venezolanos, todos los días, desde oriente hasta andes, pasando por selva, planicie, estepa y ciudad. Pero, ¿qué es una arepa, más allá de ser una arepa? Simbólicamente, representa la identidad y la historia de Venezuela.

Argumento Trigonométrico y Cosmológico

Para empezar, es un círculo, no totalmente geométrico; es imposible que una arepa sea estadísticamente un círculo perfecto y matemático, porque está hecha con las manos, por medios naturales y jamás mecánicos. Su centro de gravedad nunca está en su medio perfecto, y siempre tiene cierto relieve en los bordes. Es decir, la arepa representa la tierra y los cuerpos celestes dada a su similitud geométrica. Cuando nos comemos la arepa, sucede una representación original de la teoría del pueblo hindú que luego la Física se encargaría de apropiarse: la muerte del mundo, el mundo devorado por fuerzas mayores: en un caso por la entropía, en otro por nuestras bocas. Y al otro día, la arepa seguirá allí, bien por la mañana. El mundo se ha creado, destruido y ha vuelto a resurgir de sus cenizas.

Esquema de la arepa como representación cosmológica

Argumento Historiográfico

Históricamente, la arepa es nuestra resistencia cultural. Han pasado quinientos años de españoles, católicos, judíos, emigrantes, extranjeros y transculturización. Sabemos que nuestra cultura originaria no se conserva tan bien como las ciudades Aztecas o los pueblos incaicos; arquitectónicamente, los palafitos de nuestros Caribes no hacen mucho bulto en nosotros. Pero a pesar de eso, de nuestro mestizaje, de nuestro idioma, de nuestra forma de ser que nada tiene que ver con aquellos indios que habitaban nuestra tierra de gracia, existe una conexión entre nosotros y ellos: La Arepa. Hecha de maíz, el material del que según el Popol Vuh están hechos los hombres, puesta al fogón, comida con las manos y sin cubiertos, y en el mejor de los casos, sin platos.

Argumento Religioso

Si la biblia hubiera sido sobre el pueblo venezolano, Jesús partiría la arepa, no repartiría el pan. Gastronómicamente, la arepa es el pan venezolano. Es de simple elaboración, pega con todo y en todo momento. Puede ser desayuno y cena, y acompañar al almuerzo. Es nuestra comida bíblica. Es nuestra hostia, nuestra comida bendecida; para los cristianos, es lo que la tierra para los panteístas y paganos nos ha regalado.

Argumento Cultural y Artístico

Culturalmente, hay muchísimos ejemplos de la trascendencia de la arepa a nivel artístico; el imaginario de nuestra literatura, poesía y pintura está indefectiblemente asociado, aunque sea en pequeños términos, con la arepa. La imagen de la Harina Pan, por mencionar un ejemplo, es la mascota del pueblo venezolano, mucho más que cualquier otro medio publicitario. Pero yéndonos hacia el arte, tenemos uno de los mejores poemas venezolanos jamás escritos: “… y ya al sueño entregado viendo va mientras sueña que el cielo es un budare, la luna es una arepa y un gran plato de queso rallado, las estrellas, en tanto que las nubes evocan de tan tiernas, lambetazos de fina mantequilla danesa”.

Conoce la historia de la arepa, uno de los emblemas de Venezuela

La Arepa en la Geografía Venezolana: Diversidad de Sabores y Tradiciones

Naturalmente, en la varia geografía de la “arepa” cada comarca del país se enorgullece y exalta las suyas. Hay cábalas y peculiares secretos, como el de las mujeres guaiqueríes de Margarita que frotan y humedecen el budare (que ellas llaman “aripo”) con grasa de tiburón antes de colocar la masa, pensando lograr una amalgama más perfecta.

Hay la casi insoluble disputa -muy viva en ciertas comarcas andinas- sobre qué forma de arepa: la “pelada” con lejía, o la “pilada”, la de maíz amarillo o la de maíz blanco, complace más al paladar. Hay grandes diversidades morfológicas entre la arepita pequeña y muy abultada del centro de Venezuela y el extenso y delgado disco de los Estados de los Andes. Ya en la zona de Carora, en el Estado Lara, punto de encuentro de varias influencias culturales, la “arepa” de la antigua provincia de Caracas comienza a “andinizarse”, o a la inversa, la “andina” se centraliza. También en el Estado Lara se inicia una curiosa rama genealógica de la “arepa”: la de los dulces “panes de horno” caroreños que en Mérida originan las deliciosas “arepitas” de horno, regalada y primorosa invención de los antiguos conventos de la ciudad serrana. Las nuevas generaciones casi ya no las conocen, porque para su artística manufactura eran indispensables aquellos grandes hornos semejantes a casas de esquimal y calentados con leña fragantísima, que fueron desplazados por el uso del kerosene, el gas y la apremiante economía de espacio.

A pesar de ser merideño, y sin ánimo de ofensa o querella areperil contra ninguna provincia, daría mi voto por las del Estado Trujillo. No se han vuelto a ver en este universo mundo, que cada día se nos torna más uniforme y angosto, arepas que equivalgan en tersura y nitidez a las que hacía la rolliza negra Josefa en su fonda bautizada de Hotel del Comercio, en el pueblo de Motatán y cuyos extraordinarios guisos saborearon hasta el año veintitantos los viajeros que aguardaban los despaciosos y chirriantes convoyes del fenecido ferrocarril de La Ceiba. Toda esa tierra del Distrito Valera es privilegiada de arepas. Podría seguir extrayendo del desván de la memoria -especialmente de los primeros años mozos- la imagen y gusto de otras arepas, a ejemplo de las gordezuelas como manos de abad e hinchadas de cuajada de los páramos que hacía para el ilustre Obispo de Mérida, Monseñor Silva, su anciana y diligentísima criada Micaela. ¡Qué primores alimenticios que el virtuoso pastor casi no probaba, pero se ofrecían a los visitantes de aquel Palacio Episcopal de Mérida!

Tabla: Variedades de Arepas en Venezuela

Región Características Ejemplos de Rellenos/Acompañamientos
Centro de Venezuela Pequeña y muy abultada Mantequilla, quesos de mano, criollo, cuajadas
Andes Venezolanos Extenso y delgado disco, "pelada" con lejía o "pilada" Cuajada, "pasajero" (carne o aguacate), "arepitas" de horno
Estado Trujillo Tersura y nitidez excepcionales (según el autor) Guisos locales
Estado Lara (Carora) Influencia andina y central, "panes de horno" dulces Arepitas de horno
Llanos Acompaña al cazabe (hecho de yuca) Diversos guisos

La Arepa en Colombia: Un Mosaico de Riquezas Culturales

En Colombia, por fortuna, contamos con un sinnúmero de expresiones culturales que nos hablan de la diversidad de costumbres y tendencias, en ese mosaico ostensible de riquezas que es nuestro país. Del maíz obtenemos variedad de ricuras culinarias. Según la región, la hay de todos los tamaños, estilos, sabores, saladas, simples.

Valledupar cuenta con una tradición de familias dedicadas a la tarea de hacer arepas y diversidad de viandas derivadas del maíz, que durante años nos han deleitado en el desayuno, la merienda, la cena. Dolores Martínez, esposa de uno de sus hijos, continúa cultivando este quehacer. En este paseo no podemos dejar por fuera el merendero ‘El Hueco’ (Avenida Hurtado). Hace honor a su nombre. Esto es candela viva, en medio de frondosos árboles del patio poblado de árboles que lo hacen acogedor. Encuentra además los fritos tradicionales. Los clientes entran como Pedro por su casa. Sirviéndose lo que más les gusta, sin más, ni más.

Originaria de la exótica Guajira, la señora Edith Chassaine ha dedicado su vida a este oficio con su familia. Son muchos los sitios donde se puede degustar una buena arepa. Es una muestra de la economía informal. Al visitar Cartagena, sus anfitriones lo llevan de paseo vía carretera La Cordialidad hacia Luruaco, a degustar la arepa de huevo (‘arepaehuevo’) típica de la región, a quien el poeta Daniel Lemaitre le dedicó unos versos. Y los pueblos ribereños rinden honor a las pilanderas con la famosa canción del maestro José Benito Barros, ‘La Pilandera’. Carmen de Bolívar no podía quedarse atrás.

Arepa de huevo típica de la Costa Caribe colombiana

Diego García Moreno: Cineasta Documentalista y la Cultura del Maíz

Diego García Moreno es director, productor y docente de cine y video documental. Antes de comenzar su trayectoria como cineasta, se desempeñó como músico, actor de teatro, ornitólogo, poeta y aviador comercial en rutas regionales de Medellín, su ciudad natal, hasta que en 1977 ingresó a la Escuela Nacional de Cinematografía Louis Lumiére de París (Francia).

Después de su estadía en París, García Moreno regresó a Colombia en 1985 y realizó La balada del mar no visto (ficción) y los documentales, Manrique mi viejo barrio y El Oro de María del Pardo. Ese mismo año, fundó la productora Alucine, donde produjo diferentes piezas para televisión y publicidad. A finales de 1989 vuelve a Francia y trabaja con diversas casas productoras y cadenas de televisión como productor y realizador de documentales como El espectador, Toupie or not toupie, El islote y Domingo de Feria, e inicia la producción de Las castañuelas de Notre Dame.

En 1992 se encuentra con Sally Station, compositora musical norteamericana, y deciden viajar juntos a Chicago por un corto período de tiempo. Allí se casarían en 1994 y nació el proyecto From Chicago to Medellín, documental ganador del Grant del Illinois Arts Council (1995) y de la Beca de Colcultura en 1996. Al acercarse el nacimiento de su hijo Tomás, regresa definitivamente a Colombia. Este acontecimiento inspiró Colombia Horizontal: la cama, la hamaca, la estera, la acera y el ataúd complementada luego con Los escritores de la ciudad, Colombia con-sentido, La canoa de la vida y Haciendo maletas.

En mayo de 2008 dirigió y produjo Y como para qué arte de qué, una producción del Ministerio de Cultura con el apoyo de canales regionales, universidades, artistas y curadores. Una memoria en forma de correo electrónico que cuenta los procesos de creación de los artistas y las curadurías regionales, así como el papel que juega el arte actualmente en un país azotado por el conflicto, la devastación ecológica, el irrespeto a la diversidad y el absurdo ciudadano.

Para terminar el año 2008, Lamaraca producciones, en asocio con la dirección de Artes del Ministerio de Cultura, produjo el documental ¡Danza, Colombia! -Trayecto región Zenú- Montes de María Cartagena-, un homenaje al cuerpo y al movimiento en períodos de guerra a través de la diversidad y riqueza dancística en la región Caribe; este 52 minutos es a su vez una propuesta para reconocer el cuerpo país, su diversidad, sus procesos de mestizaje y globalización.

En paralelo, produce y realiza el documental Beatriz González ¿por qué llora si ya reí? (2010) sobre la artista plástica Beatriz González, ganador de la convocatoria cinematográfica del FDC2006. Esta obra obtiene el premio Simón Bolívar de periodismo (mejor crónica audiovisual), y mejor película en el festival de cine de arte en Lisboa, Portugal. En el 2012 concibe el evento de distribución Proyectando Memoria, cine arte y reflexión por los espacios funerarios de Colombia. En el 2014 realiza Clan-destinos para el Idartes y en 2015, para el Teatro Libre, La Tragedia: Entre Telones.

García Moreno fue docente en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Medellín (1986). Dictó talleres de documental en la Escuela de cine de la Universidad Nacional de Colombia (2000) en Bogotá; en el posgrado en comunicaciones de la Universidad de Los Andes (2000); en la facultad Artes de la Universidad de los Andes (2005-2007); de dirección de Fotografía en el posgrado de cine de la Universidad del Rosario (1999-2000); producción de documentales en EICTV en San Antonio de los Baños en Cuba, y de realización en el Diplomado en Documentales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano (2005). Entre 1999 y 2016 dictó los módulos de realización y dirección de fotografía en los talleres organizados por el Ministerio de Cultura, INI, Imaginando nuestra Imagen.

  • Director de BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ?
  • Director de ¡DANZA, COLOMBIA!
  • Director de Y COMO PARA QUÉ DE ARTE DE QUÉ...?
  • Director(a) de Fotografía de BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ?
  • Director(a) de Fotografía de ¡DANZA, COLOMBIA!
  • Guion de ¡DANZA, COLOMBIA!
  • Guion de Y COMO PARA QUÉ DE ARTE DE QUÉ...?
  • Productor de Y COMO PARA QUÉ DE ARTE DE QUÉ...?

Diego García Moreno en la filmación de un documental

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